16.9.17

la memoria de los pulmones

jacob lambert




Esta mañana ya era septiembre
y un aire gélido
de sequedad desafiante
afirmaba la memoria del tacto.

Y no conformándose con agrietar los labios
ni sonrojar globos oculares
o erizar la piel
le ha parecido bien llevarme lejos
a lugares que fueron
por culpa del frío
y por culpa de los abrazos.

Porque es cierto:
siempre que he sido muy feliz
estaba tras una bufanda.

Y así han ido desfilando,
no por la mirada
(hace tiempo que la niego, ni me sirve)
sino por mis pulmones
henchidos de agujas
otras calles
otro tiempo:

Carrer del Taulat

Gordóniz kalea

Antoninus Prius

Sí.
Qué contento te quedas
cuando entiendes la historia del frío
(porque hay que escribir más sobre él)
imaginando
que morir congelado igual no duele mucho
que se entumecerán los miembros
y se ralentizará el pulso
sin más.
¿Qué rostro dejan aquellos que renuncian al calor?
Les encontrarán una mueca sonriente
y dirán
este idiota
en qué estaría pensando
para decir adiós tan feliz.

5.9.17

cómo te quise

Gerry Cranham, 1939




—¿Queda algo
de aquello que nos unió?—
te pregunté en el aeropuerto.
Tú volabas a Argentina
mi parada era Nueva York
—No lo creo— respondiste.
—Yo tampoco— me protegí.
Y entonces,
después de darnos la espalda
quizá por última vez
pensé en todas las cosas
que nunca te dije,
en todo el peso inerte
de las palabras
que con facilidad se me derraman
y no sé cómo limpiar.

Pensé
que siempre quedaría tiempo
para otros adioses porque,
sinceramente,
no me hubiese importado sacar la fregona de nuevo,
girarme
y gritar tu nombre
allí en medio,
ante la mirada estupefacta de todas las personas
que me importan mucho menos que tú.
Gritar tu nombre para decirte
—más bien confesar—
que sigo conservando un paraje
donde nuestro instante
(nuestro digo, ni tuyo ni mío)
aún mantiene a raya
la finitud del cariño.
Un lugar
que haces pequeño
donde aún te llamo amigo,
y donde reza un cartel
aquí
        se prohíbe sangrar.

1.9.17

esto nunca lo leerás

ximena




Eras tan inteligente
y sin embargo
no tenías ni idea,
nunca supiste que tu nombre
estaba escrito docenas de veces
en mis libros de texto.
No sabías
que por tu culpa amo las pecas
y que podía describir todo tu armario
por eso de que tu piel
santificaba las prendas.
Tampoco adivinarías
que aquel beso que me regalaste
de pintalabios negro
distraída, como quién se aparta el pelo
para beber de una fuente
aún lo recuerdo
como recuerdo
todos los que siguieron después.

Hace tiempo de eso. Y ahora que te he visto de nuevo
porque que eras la novia
de un amigo
del ex novio
de una amiga
-lo sé, es complicado, cosas de Facebook-
en esa foto grupal
con tu belleza hiriente
intacta tras quince años,
pensé
mírala
está besada por el fuego
como dicen de las pelirrojas
en las novelas de R.R. Martin
y te preguntaría
que si sabes eso
que si las has leído
que si te gustan
y de paso
que si sabes todo lo demás.

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