24.11.09

Déjame amar




Alguien me dijo que ese debería haber sido su título, y seguramente esté en lo cierto. Porque Déjame entrar  (2008) es, por encima de todo, un retrato de soledades y necesidades, más allá del género en el que está considerada. Y, seguramente, esa sea una característica implícita de esta pequeña gran maravilla, su desmarque total de un género concreto (aunque el sello de película de autor es inapelable) para adentrarse en una historia pura, sin fisuras, en un ejercicio de estilo que ya es por derecho propio, puro culto.

Let the right one in es de esas películas que, una vez acabadas, el espectador se ve insuflado por un insaciable anhelo, una especie de redención con la pantalla grande al revelarse como un medio definitivo de expresión y belleza. Más allá de cualquier estilismo vacuo, de esa especie de dictadura formalista impuesta por algunas ramas del cine oriental (Won Kar Wai) el director Tomas Alfredson desnuda una historia de belleza y horror, y la presenta en la pantalla de manera tan elegante, real, pausada y sincera, que es inevitable tratarla como algo absolutamente verdadero. Los paisajes suecos, la nieve, la noche cuasi perpetua se revela como el, no ideal, sino sencillamente único escenario imaginable de una película en la que uno de sus protagonistas es ni más ni menos que un vampiro. Y es que Déjame entrar es una de las interpretaciones de este arquetipo centenario más maravillosas y convincentes que se ha visto. El drama del aislamiento, de la necesidad, de la marginación está presente por partida doble en la joven pareja Eli y Oskar (impresionantes los dos) y casi de manera alegórica convierten su nueva relación, su proceso de conocimiento, de amor, en un discurso sobre la realidad de la sociedad actual, su lugar, el lugar de la patria que es la infancia y su pérdida en el mundo adulto. En definitiva, un libro abierto del que aprender de una manera bella y brutal. Llamarlo cuento de hadas, es casi un eufemismo. Más bien poema visceral.




Decir que la fotografía, la música o la dirección son perfectas, es quedarse corto. Incluso el ritmo lento, casi tedioso que desesperará a algunos, hará disfrutar a aquellos fascinados por el placer contemplativo de una historia que habla por sí misma. A ratos, la película de Tomas Alfredson recuerda al cine que lleva practicando Takeshi Kitano en los últimos años, si bien aquí hay un sello muy europeo en cuanto a la sobriedad, a la economía de medios, y a la composición. Y con todo, formalmente será de esos films que creará escuela, con una lista de escenas, no maravillosas, sino sencillamente inolvidables, tan hermosas como terribles. (la final, colosal)

Déjame entrar es única, no se repetirá en años algo tan apoteósico, tan contundente en su discurso, y tan desnudo. Probablemente haya gente que prefiera Crepúsculo cuando quiera disfrutar de una historia de amor y vampiros. Pero la historia de Eli y Oskar no se disfruta. Se vive. Se toca. Se sufre.

Memorable.

4 comentarios:

  1. Dame una tregua K1, ten piedad, cuando menos tiempo tengo, pones cosas más chulas en la Caja. Jolinesss.
    Esta peli también me pareció imprescindible para todo aquel con un mínimo de sensibilidad. De sensibilidad artística, comprometida y de todo tipo :)
    Crepúsculo sería su antítesis.
    Y aún así las vemos las dos. Aunque no las disfrutamos por igual claro.

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  2. Si es que los suecos no son de este planeta! ;p

    A mi me encantó, estoy de acuerdo con muchas cosas de las que has dicho. Y obligatoriamente tenía que ser lenta o de lo contrario no nos dejaría con la misma sensación.

    El otro día leí que los yankees van a ponerse (o están en ello ya) con el remake. Miedo me da :S

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  3. Sí, tengo conocimiento de ese remake. Me sorprende la incapacidad de aceptar por parte de los yankis que algo tan perfectamente terminado no necesita de revisiones, buenas o malas.

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  4. Memorable, si señor. Pocas películas he visto con una fotografía tan bonita y que reflejen tan bien la psyche sueca.
    Es una historia sobre el amor, los extremos que puede llegar alguien (en este caso el niño) a aceptar por el ser amado y también sobre el bullying.

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