12.12.09

a María

Hay una cosa que siempre me gustará de ti, y es esa capacidad innata de frivolizar hasta con los temas más graves. Ya sabes que soy un firme defensor de esa teoría que dice que no hay que tomarse nada en esta vida demasiado en serio, excepto una o dos cosas. Ahora que las circunstancias te han hecho para bien o para mal, convertirte en una persona extraordinaria, déjame decirte una cosa. Déjame pedirte perdón por todos los años en los que no te he dedicado un abrazo cuándo lo necesitabas, todas las horas en las que mis banales y estúpidos problemas han ocupado tu tiempo, y los has hecho propios, como si tú no tuvieras ninguno. Confío en que en el futuro (cercano, lejano) podamos reírnos a gusto, yo de mis granitos de arena, tú de tus montañas. Confío en contagiarte algo de mi visión esperanzada de la existencia, aunque sea un inexperto aún en esto que llaman vida. En hacerte reír de manera que te salga la coca-cola por la nariz, con mi humor absurdo.

La risa también puede ser una patria. ¿no? Pues eso, riamos un rato. Que no te pare nada. Anda.

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