28.8.10

Tenía la sensación de que nos conocíamos de toda la vida. De que durante aquel periodo de tiempo en que viviste a escasas manzanas de mi casa, en algún momento, un día cualquiera, nuestros pasos se cruzaron, nuestras miradas se reconocieron. O quizás, en un parque, siendo niños, habríamos jugado con una pelota multicolor de la tienda de veinte duros del barrio, o te habría ofrecido la mano justo después de que cayeras de algún tobogán...

Tenía esa sensación, y puede que tú también.

Más tarde, por culpa de ese corazón tan grande que tenías que no cabía en tu cuerpecito, por esa capacidad de hacer sentir bien a tus queridos, me enganché a ti. Y a veces te maldecía. Te maldecía por no estar a disposición de mis penas cada vez que te necesitaba. Es cobarde que lo diga ahora, aunque tú siempre lo supiste. Decías que no sabías nada, pero en realidad sabías todo, por todos. No creías en el amor, pero sí en la amistad. Y de alguna manera, que haya ocurrido así, en mitad de este drama, he agradecido que no estuvieras presente en mi infortunio, que no hayas tenido que ser testigo de como he acabado tan roto, en tan pequeños trozos.

Te quise mucho, te quise como a la hermana pequeña que nunca tuve, y sonrío porque al final, no me guardé esas palabras, siempre lo supiste. Lo sabías.

Hubiera querido contarte mis razones, mi camino, como fueron los días, como llegué y cumplí mi objetivo, como llegué a Santiago, y subí el puerto de Cruz de Ferro. Quisiera que vieras que ahora hay allí una piedra con tu nombre, que ha habido alguien en cuyo corazón depositaste el suficiente cariño, amor y confianza para llevarte una. 

Quisiera que vieras que ha habido cosas que he hecho, que han sido verdaderas. Tú, que siempre tenías palabras sabias, que decías cosas ciertas y buenas, tú, lo habrías entendido. Quisiera haberte explicado cuan importante eras, enumerarte todas las veces que me sacaste una sonrisa (cuando no era una carcajada) decirte que apenas eras la única persona que no fallaba en hacerme sentir mejor con dos palabras. Decirte que continuar viviendo se justificaba a menudo con tu existencia.

Ahora no estás, ni encuentro la forma de convencerme de que te pueden llegar mis palabras. Nunca supe cuál era el mejor modo de ayudarte, y siento que fallé de nuevo. Pero tú no. Sigo aquí. 
Quiero intentar seguir aquí. 


Y en tu honor lo haré.

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