13.6.12

El incendio que te obligó a vivir en el suelo

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Heridas como estaban de muerte
todas las cosas hermosas,
no quedaba refugio
ni alma
más allá del armisticio que prometía
una pausa interminable 
entre tus piernas.

Nos entregamos
como quien devuelve
la correspondencia pasada,
como quien ofrece
invitación
a entierro ajeno,
todo por saber
amiga, no es posible
evitar la vida
por mucho tiempo,
dejar la sangre y los huesos
de un lado.

Ahora es vivir
tejiendo con lo que no dijimos
una manta para los sueños,
memorizar
con las yemas de los dedos
los tajos cicatrizados.

Lo sabes,
la ausencia no devuelve
las fichas de esta apuesta.

Hoy
pajaritos de frágiles sienes lamentan
la tragedia de sobrevivir,
lloran 
por el humo que habita 
sus osarios vacíos.

12 comentarios:

  1. "los pajaritos de sienes frágiles lamentan
    la tragedia de sobrevivir,
    lloran por el humo que habita
    sus osarios vacíos"

    el final me entusiasma

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  2. Hoy, no tengo mecanismo de defensa para sobrevivir...
    Nunca me dejan indiferente tus poemas. NUNCA

    bsos

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  3. "Nos entregamos
    como quien devuelve
    la correspondencia pasada"

    (suspiro)

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  4. A lo mejor la felicidad es eso, las pausas.

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    Respuestas
    1. ¿Compartidas? Puede que sí...

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  5. Puede que perdamos compañeros de mesa, pero "la partida" nunca termina. Seguimos tirando fichas, ganando y perdiendo.
    Impresionan estos versos.

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  6. esta lúgubre manía de vivir
    esta recóndita humorada de vivir
    te arrastra alejandra no lo niegues.

    hoy te miraste en el espejo
    y te fue triste estabas sola
    la luz rugía el aire cantaba
    pero tu amado no volvió

    enviarás mensajes sonreirás
    tremolarás tus manos así volverá
    tu amado tan amado

    oyes la demente sirena que lo robó
    el barco con barbas de espuma
    donde murieron las risas
    recuerdas el último abrazo
    oh nada de angustias
    ríe en el pañuelo llora a carcajadas
    pero cierra las puertas de tu rostro
    para que no digan luego
    que aquella mujer enamorada fuiste tú

    te remuerden los días
    te culpan las noches
    te duele la vida tanto tanto
    desesperada ¿adónde vas?
    desesperada ¡nada más!
    (Alejandra Pizarnik, de La última inocencia, 1956)

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