Cuando cojo el tren, un medio de transporte que se ha convertido en un compañero fiel con los años, siempre sigo una serie de patrones de conducta preconcebidos.
Creo que hablan de mí, como también hablan de los demás habitantes de ese microcosmos que es el interior del vagón.
Mientras traquetea como un viejo quejumbroso, con ritmo marcial irresistible, me descubro absorto por el paisaje, encantado, en una rara paz que alguien pudiera llamar felicidad.
Siempre en el lado izquierdo. Siempre al lado de la ventana.
Al anochecer, el neón del interior convierte las ventanas en fríos espejos, que no soporto mirar.
Entonces invento las historias que arrastran a mis efímeros acompañantes, como si se tratara de un juego de niños. Los gestos les definen, relegando cualquier lenguaje verbal.
Algunos se antojan sobrios. Otros misteriosos, con aire lacónico. Los hay de presencias incómodas, sensuales, atrayentes, desagradables.
Mientras sueño en su honor, pasan los minutos y las estaciones van muriendo, apuñaladas por la vía.
Vuelvo a contemplar el espejo a mi izquierda, e intento imaginar cual es el gesto que me define a mí.
Aparto rápidamente la mirada.
2007
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