Archipiélago
Mariana Enriquez, 2025
Editorial: Ampersand
Cuando leí Archipiélago, de Mariana Enríquez, no tenía dudas de que mi lista de lecturas deseadas aumentaría de forma exponencial. Sé que no todo lo que a ella le marcó tiene por qué ejercer el mismo efecto sobre mí, pero, ya fuese por simpatía, por afinidad electiva o, sencillamente, por la genial experiencia que me ofreció su lectura, me plegué a sus filias de forma voluntaria, genuflexión incluida.
Pero por Meridiano de sangre no solo bebía los vientos la autora argentina: mi amigo Fer, de gusto literario granítico, y mi hermano, también se habían encargado de hacerme llegar noticias de la novela. Y, en fin, ahora que la he terminado, no puedo decir que su entusiasmo estuviese desentrenado.
Cormac McCarthy, 1985
Editorial: Random House
Traducción: Luis Murillo Fort
Uno se aproxima a este libro con prudencia, dadas las advertencias sobre sus dosis de violencia y crudeza. Sin duda, la novela está bien surtida de escenas que corroboran esos avisos. Pero yo he leído westerns descarnados y he visto el cine de Sam Peckinpah; entiendo lo que es la representación física de la violencia, su estudio a través de imágenes y palabras. No, yo creo que en esta obra monumental de McCarthy hay algo más peligroso, más terrorífico y más inaprensible que las vísceras que adornan el desierto de Sonora, por decir algo.
Como cualquier gran novela, esta historia posee ese carácter inabarcable, esa ambición narrativa y simbólica que la sitúa más cerca de Moby Dick que de los relatos de Dorothy M. Johnson. Y no es una comparación gratuita. Eso sí, el océano ha sido sustituido por el escenario que nos ofrece el western.
Y qué escenario. Un marco paisajístico de enorme belleza en cuya descripción McCarthy invierte no pocas energías, mediante sorprendentes digresiones narrativas, casi barrocas, a veces oníricas o desquiciadas. Hay momentos en los que la propia narración queda en suspenso ante un vocabulario interminable. Ese contraste, deliberadamente construido, establece una frontera entre la vida y la muerte de los seres que pueblan las páginas, y el mundo que los contiene. Una tierra salvaje que ya estaba antes de que llegaran los hombres, que seguirá estando cuando hayan desaparecido y que ignora por completo sus sufrimientos, sus ambiciones y sus atrocidades. Le es indiferente. Y eso es, también, muy lovecraftiano.
El desierto descrito tiene, además, esa dimensión bíblica que Cormac desea pervertir. Es el territorio de la revelación; el lugar donde el hombre encuentra la Iluminación. Pero en Meridiano de sangre solo hay una terrible ausencia de Dios. Y ese vacío acaso lo ocupe uno de los personajes más extraordinarios e inquietantes que haya leído en mucho tiempo: el Juez Holden.
McCarthy lo presenta como un gigante albino sin un solo pelo en el cuerpo, extraordinariamente culto, políglota, violinista, bailarín, conocedor de las ciencias naturales y mil cosas más, dotado de una inteligencia superior. También es un asesino despiadado, un manipulador, una criatura de la que sospechamos, es capaz de las atrocidades más abominables. Holden parece exceder los límites de lo humano con su omnisciencia: conoce lenguas, culturas, acontecimientos y personas que, en principio, no tendría por qué conocer. Una sabiduría anterior a cualquier experiencia. Un ser sobrenatural, acaso.
Tiene, también, algo de demiurgo. Cuando dibuja plantas, animales, objetos arqueológicos o inscripciones en su cuaderno, no parece hacerlo tanto para documentarlos como para realizar un acto de apropiación simbólica. Conocer algo equivale, para el juez, a someterlo a su voluntad. Y aquello que no puede dominar, aquello cuya existencia no ha autorizado, está condenado a desaparecer. Hay algo monstruoso en esa necesidad de posesión absoluta, que encuentra su expresión más espantosa en algunos episodios de crueldad gratuita. Tremenda, por ejemplo, la escena de los cachorros.
Holden no creo que personifique el mal absoluto, como he leído por ahí. Su naturaleza escapa a valoraciones morales de ese tipo (volvemos a Lovecraft). Es algo más antiguo, perteneciente a un universo anterior a cualquier distinción entre el bien y el mal. Es la ausencia de un código, de un Dios al que rendir cuentas. Y, sin embargo, no es difícil intuir un sustrato en él puramente demoníaco. Como pasaba con la ballena Moby Dick (ambos con esa blanquecina piel como carta de presentación) el juez resulta esa presencia monstruosa sobre la que proyectamos nuestras propias concepciones de la maldad, pero cuya verdadera naturaleza permanece fuera de nuestro alcance.
Todo aquello que existe sin mi conocimiento, existe sin mi permiso.
Es solo una de las muchas citas que he subrayado en un libro rebosante de párrafos prodigiosos:
Viviría lo suficiente para ver el mar occidental y puesto que en todo momento se sentía acabado le dominaba la indiferencia. Tanto si su historia era concomitante a hombres y naciones como si terminaba allí. Hacía tiempo que había desistido de sopesar las consecuencias y concediendo como lo hacía que el destino de los hombres está fijado se arrogaba no obstante la facultad de contener en sí mismo todo lo que alguna vez sería y todo lo que el mundo le depararía alguna vez y puesto que la carta de su destino estaba escrita en la piedra original él se atribuía la autoridad y así lo manifestaba y conduciría al sol inexorable a su definitiva extinción como si lo hubiera tutelado desde el inicio de los tiempos, antes de que existieran los caminos, antes de que existieran hombres o soles por los que pasar.
Y es que la prosa de McCarthy posee una cualidad difícil de describir. Puede ser seca, desnuda, casi telegráfica, para entregarse unas líneas después a una exuberancia verbal incontenible, con frases que pretenden abarcar el mundo entero. Hay una belleza deslumbrante en esas páginas, al tiempo que desoladora. Y la afirmación de que la violencia no constituye ninguna anomalía dentro del orden natural de las cosas. Que la crueldad humana no contradice las leyes del mundo: todo lo contrario, a ese mundo hermoso le importa muy poco lo que hagamos. Como dice Holden, la guerra lo es todo. La guerra ya estaba antes del hombre. Existiría sin él.
Todo acaba en un desenlace inolvidable, de una potencia simbólica y una capacidad de perturbación que prolongan la experiencia de la lectura mucho después de haber cerrado el libro. Una novela monumental, en definitiva, cuya ambición y calidad literaria están al alcance de muy pocas plumas.

















