La maldición de Hill House
Shirley Jackson, 1959
Editorial: Minúscula
Traducción: Carles Andreu
Shirley Jackson insufla a su obra un insaciable anhelo de tangibilidad. Aunque la leí hace ya casi un año, permanece muy viva esa sensación material: la mansión, sus pasillos, su atmósfera, su volumetría, su espacialidad… todo parece poseer una vida propia que compite —o quizá dialoga— con los traumas que arrastran los protagonistas. Y ahí está, probablemente, el verdadero caldo de cultivo de ese terror que Jackson construye con una precisión casi clínica.
Los dramas personales, especialmente el de Eleanor Vance, se proyectan sobre la casa y encuentran en esa construcción victoriana un estímulo inquietante, casi una prolongación de sí mismos. Hill House no es solo escenario: es réplica, espejo y, en cierto modo, catalizador.
La narración es minuciosa, sostenida por una atención obsesiva al detalle que vertebra cada escena. A medida que avanzan las páginas, lo que se despliega es una despiadada exploración de la fragilidad psicológica de Eleanor, de su progresivo deterioro mental. Dilucidar qué es real y qué no lo es se convierte en una tarea deliberadamente imposible: Jackson no busca resolver esa ambigüedad, sino tensarla hasta el límite.
No hay aquí un clímax orgánico, una liberación clara. Pero sí un arranque que lo contiene todo:
Ningún organismo vivo puede mantenerse cuerdo durante mucho tiempo en unas condiciones de realidad absoluta (…) Hill House, nada cuerda, se alzaba en soledad frente a las colinas, acumulando oscuridad en su interior; llevaba así ochenta años y así podría haber seguido otros ochenta años más.
Y con eso basta.
Richard Matheson, 1973
Editorial: Minotauro
Traducción: Isabel Merino Bodes
Expectativas altas ante un clásico de esos que habitan en cualquier lista, incluidas las veneradas de Cyberdark. Aquí, como en Hill House, el asunto gira alrededor de una casa encantada. Y hasta ahí las similitudes. Lo que en Jackson es atmósfera, sutileza o evocación, aquí es contundentemente físico, plástico; como buen producto pulp, vaya.
Esa manera de afrontar la narración no es errónea en sí misma, pero hay algo que se pierde tras las primeras cincuenta páginas y que provoca una progresiva desconexión de ese terror pretendido. La novela acaba arrastrando al lector hacia un frenético intercambio de golpes de efecto, diálogos y pirotecnia tan cinematográfica como cabía esperar de Matheson, experto en esas lides.
Cuando todo comienza, siento que algo se está cociendo: el advenimiento de esa Casa Infernal, la crónica tremebunda de los hechos pasados, el equilibrio entre lo dicho y lo imaginado… En fin, los ingredientes adecuados para acomodar al lector y condicionarlo a base de ambiente malsano y miedo subyacente. Pero el encanto se rompe tan pronto como Florence, la médium coprotagonista, hace aparición; y con ella, su contundente anatomía al servicio del espectáculo y la lascivia, en un recurso ya muy anacrónico, que evidencia un envejecimiento problemático de la obra en algunos aspectos.
De manera que, a partir de cierto momento, ante el enésimo fenómeno poltergeist o golpe de efecto de componente sexual, uno empieza a desinteresarse por Belasco y su casa. En realidad, Matheson dedica pocas energías a que la consideremos tangible, amenazante, verdaderamente habitada por una presencia propia. Vuelca todos sus esfuerzos, en cambio, en hacer de esta una obra demasiado cinematográfica para ser, en fin, literatura.
Las últimas cincuenta páginas tienen ese remonte que casi siempre podemos achacar al desenlace y a su natural intensidad.
Al final, Hill House se recuerda como una presencia que siempre estuvo allí; esa casa infernal más bien como una sucesión de fuegos artificiales. Y en una historia de casas encantadas, esa diferencia no es menor.




















