Fraguamos las palabras
pero
no supimos amar
para hacerlas valer.
Eso lo saben
hasta los hijos que no tendré.
Saben
que tuve garganta
para redimir tus clavículas
rogar su absolución
ante el pálpito de lo erguido.
Saben
que no olvido tu lengua
esa capaz de extinguir
el sabor a estaca
que horada la boca,
capaz de resucitar
la única prueba
de la perfección
de aquellas venas.
No
no es la nuestra
una ausencia sencilla
si nombrarnos es
como muerte lenta
y nombrarnos
es
lo parecido que tenemos
a estar vivos
aún hoy tan cerca
-tendremos que esquivarnos-.
Aún hoy
vecinos mudos
de un suburbio edificado
sobre las noches sin vértigo.
Habitantes de periferia con asco y fiebre,
donde los nudillos sólo existen
para ser destrozados
contra lo imposible ya.
Contra el fracaso.