20.11.14

Cronología del óxido.

No sé si se ha hecho esperar, o ha sido todo muy rápido, pero en breve verá la luz mi primer poemario. 

Qué ilusión la de acariciar papel.

15.4.14

Escribiré otras cosas, en otro sitio. Por si pasa el tiempo y tal. 






10.4.14

Erosión



carpaccio magazine



El tiempo avisa, 
y aun así
uno lo sabe traidor.

Lo hace 
con la contundencia de un púgil 
curtido en la lona, 
lo hace
con el olor a hospital
que reconoces tuyo
(es que nunca lo fue)  
con esta ciudad
en la que hace tiempo que no vives, pero
te mueres un poco
cada día -mientras andas resignado,
quizás con macilenta mueca-
y piensas, ahora sí
soy mucho menos yo
y más
el que voy a ser.

Avisa en voz baja, sibilino,
cuando te anestesian el llanto y 
la felicidad es entonces
una película de Wilder 
a las dos de la madrugada,
un claro entre las nubes. Todas esas risas que habitan 
en los hijos de otros.


Antes me decía 
que era muy joven
para estar triste. Cierto es.
Pero como suele ocurrir
el tiempo ofrece razones
cuando ya es demasiado tarde.



9.3.14

Usted está aquí*

foto de Tim Barber


Pasaste de nombre propio
a vulgar pronombre.
Y pronto serías,
uno común 
o ni eso
un triste prefijo,
si llega.

Puede que cuando te elimine
de mi vocabulario
cuando no existan ya
las letras que te forman
ni hayas sucedido.
Pero de todas maneras,
igual te apetece
entre estas líneas, aún hoy
poder encontrarte
y ese nombre que te pusieron
tan común.


(*) mano a mano con Mon H

20.2.14

Vida cruda

foto de Zweifellos

Un carnívoro cuchillo
de ala dulce y homicida
sostiene un vuelo y un brillo
alrededor de mi vida.

-Miguel Hernández



No habitamos la ciudad.

Tan sólo nos dejaron caer aquí
como dados
en una mala partida,
en una apuesta desesperada
a todo o nada.
No anidamos en la vida misma,
porque sencillamente
no sabemos hacerlo,
no nos enseñaron.
Porque la envidia, los celos
el profundo asco
el dolor del otro
se han convertido
en nuestro legado
imperdonable.

Quisimos morir en un abrazo
para tocar la superficie,
saciar los pulmones. 
Zafarnos del preámbulo, 
arroparnos
en la ventana de un autobús
en nuestra dieta de píldoras que son
los carretes de 35 mm,
las pieles húmedas.
Burlar de poco en poco
a los depredadores
que nunca seremos
al miedo hecho carne, hecho niebla
merced de un vientre blando
ya dispuesto a la mordedura.

Lo admito,
somos 
demasiado ingenuos para este juego
donde las trampas son la vida.
Casi perdidos a falta de un plan 
para desgranar los grises
e invocar cromatismos sagrados.
Sé (y no es justo saberlo) 
del fracaso estrepitoso que es
calcular lo aprendido del miedo,
pronunciar los nombres.

Pero a pesar de todo,
ya no reparo en esta dictadura 
que es para mí la incertidumbre.
Lo que asusta, lo que ciñe la soga es 
que a esos ojos tan grandes
les quepa
demasiado llanto.

29.1.14

Blues ambulante

foto de steven



Dicen que los exiliados guardamos la pérdida
a medio camino entre los pulmones
y la esperanza.
Que trémula, nos dilata la caja torácica,
tienta a las costillas con un susurro,
queda envuelta en la sangre derramada
                  -por las rodillas a los 10 años,
                                                  los labios a los 15-
y acunada por el viento que sopla
desde la infancia.
Que hace las noches de insomnio
inventario de todas las luces,
de esas ilusiones nonatas
que nos hablan del abrazo del hijo,
del retorno a casa.

Son advertencias, quizás se diga. 

Yo creo que trampas.

Porque sabes,
es muy difícil volver
cuando ni siquiera
hemos aprendido a partir.


20.1.14

VPO

foto de Jordan Tiberio


Dejaron de amarse,
pero, al contrario de lo esperado
el mundo no se detuvo;
continuó su fatiga,
el festín de gusanos.
Toda esa indolente rutina
de la que evitan hablar
las sombras arrojadas.

Abandonaron aquella esquina de sus bocas
donde vivían con poco,
esa mansión entre las sábanas
de renta baja
y almohada breve.
Desempolvaron lentamente
sus ropas
de gente normal
porque la desnudez no es fácil, y
atrae a lo afilado
a todo lo que es árido.
Atrás dejaron el lenguaje
para volver a la palabra,
porque a veces ciega el sol
y no es edad para vivir
con la cabeza alta.
Porque siempre se vence el cariño
contra la abrasión del asfalto;
huelen su piel las bestias
de sonrisas hambrientas.

Y yo a veces los veo,
porque la luz les habita
aunque nada habite en ellos.
Y sé que les consuela
el aire compartido,
les consuela
la mirada
clavada al suelo.
Porque ellos saben
saben que son de esos,
esos mismos que igual se mueren
cuando ya nada tengan
por lo que morirse.


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