Un carnívoro cuchillo
de ala dulce y homicida
sostiene un vuelo y un brillo
alrededor de mi vida.
-Miguel Hernández
No habitamos la ciudad.
Tan sólo nos dejaron caer aquí
como dados
en una mala partida,
en una apuesta desesperada
a todo o nada.
No anidamos en la vida misma,
porque sencillamente
no sabemos hacerlo,
no nos enseñaron.
Porque la envidia, los celos
el profundo asco
el dolor del otro
se han convertido
en nuestro legado
imperdonable.
Quisimos morir en un
abrazo
para tocar la superficie,
saciar los pulmones.
Zafarnos del preámbulo,
arroparnos
en la ventana de un autobús
en nuestra dieta de píldoras
que son
los carretes de 35 mm,
las pieles húmedas.
Burlar de poco en poco
a los depredadores
que nunca seremos
al miedo hecho carne, hecho
niebla
merced de un vientre blando
ya dispuesto a la mordedura.
Lo admito,
somos
demasiado
ingenuos para este juego
donde las trampas son la vida.
Casi perdidos a falta de un plan
para
desgranar los grises
e invocar cromatismos sagrados.
Sé (y no es justo saberlo)
del fracaso estrepitoso que es
calcular lo aprendido del miedo,
pronunciar los nombres.
Pero a pesar de todo,
ya no reparo en esta dictadura
que es para mí la incertidumbre.
Lo que asusta, lo que ciñe la soga es
que a esos ojos tan grandes
les quepa
demasiado llanto.