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| Paolo Raeli |
Es cierto que de vez en cuando
oscurece
y que entonces uno entra en la ducha
y deja -tristemente-
más de un cuarto de hora
el grifo abierto,
quince minutos con la carne
bajo el chorro insistente,
con mi cuerpo
de ocho kilos menos
por si hay suerte
y esta vez
el agua arrastra hasta el desagüe
algo más
que suciedad y fantasmas,
por si ahoga esa contagiosa semilla
de un incipiente olvido.
No suele funcionar.
Y cuando después me deslizo hasta la cama
aún húmedo y breve
doy de bruces con ese lugar
donde frenar ansias
y morder puños,
donde mejor no estirar el brazo
para violar fronteras,
sábanas de cruel ecuador que demuestran
que esta noche
-como tantas otras-
no estás
porque estás muerta,
Que destierran por siempre esa duda
que acaricia el umbral
de tu ansiada presencia.

