En casi todas las presentaciones del poemario, y haciendo gala de un talento que alguien pudiera llamar clarividencia, solía apuntar que lo único cierto sobre el siguiente que escribiera, es que sería muy distinto. Probablemente más en el fondo que en la forma, pero nos entendemos. Cronología es un puñado de versos cuyo grueso es la temática amorosa. Pero de un tiempo a esta parte he estado meditando sobre ese resto del poso, esa porción ocupada por la infancia, y por extensión, la familia. Y de repente me ha sorprendido que, ya finiquitando Náufragos, me obsesionaba de nuevo con la vida pasada, con los hechos sin documentar, con lo disfuncional y cruel que a veces nos rodea y da forma a lo que somos. Y producto de ese empeño nacían poemas en los que declaraba mi profundo amor a todos los pilares afectivos que se yerguen por encima de las circunstancias y las pasiones, esto es, mis padres y mi hermano. Pero también hacia mí mismo, una visión crítica y honesta de mi persona. Ya he empezado, me ilusiona sobremanera. Y en cierto modo coincide con una perspectiva menos amable hacia todo lo que había escrito; cada día le veo más las costuras al libro, especialmente en su tercio final. Me siento algo incómodo en su relectura, la voz presente excesivamente empapada por Vilariño y González. Pero está bien así. Creo que debe ser así.
Al fin y al cabo, uno escribe de lo que tiene. O de lo que no, que diría Machado.

