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| jacob lambert |
Septiembre ondeaba
en la mañana
y aire gélido
de sequedad desafiante
reafirmaba la memoria del tacto.
Y no conformándose con agrietar los labios
ni sonrojar globos oculares
o erizar la piel
le ha parecido bien llevarme lejos
a lugares que fueron
por culpa del frío
y por culpa de los abrazos.
Porque es cierto:
siempre he sabido sonreir
tras la bufanda.
Y así han ido desfilando,
no por la mirada
(hace tiempo que la niego, ni me sirve)
sino por mis pulmones
henchidos de agujas
otras calles
otro tiempo:
Carrer del Taulat
Gordóniz kalea
Antoninus Pius
Sí.
Qué inmensa dicha
esconder la historia del frío
(porque hay que escribir más sobre él)
sucumbir lo congelado
que igual no duele mucho
-se entumecerán los miembros
y se ralentizará el pulso
sin más-.
¿Qué rostro dejan aquellos
que renuncian al calor?
Les encuentran con una mueca sonriente
preguntándose
qué caricia sucedió
para un adiós tan feliz.



