Si lo pensaras bien dirías, como yo, que medir el tiempo
es otra de esas cosas extrañas
que acostumbramos a hacer los humanos.
Igual que dormir o besar, medir el tiempo así,
en base al movimiento de los cuerpos celestes,
de sus rotaciones, órbitas y transiciones
es algo bien raro,
y bien bonito.
Puede ser que a veces recurramos a otras fórmulas
que también obnubilan con su ingenua magia; quiero decir, hacerlo, por ejemplo
celebrando la caída de los dientes de leche,
a la espera de que crezcan
los que acompañan para los restos.
Hacerlo midiendo la distancia que separa los grandes amores,
esos de los que habló una vez Peri Rossi, hacerlo
desde la vida de nuestro perro o gato
por eso de sobrevivirles
y quedarnos tan solos.
De medir desde hace cuanto los padres
ya no son los papás.
Hace cuanto olvidaste una voz
y hace cuanto peleas por lo contrario.
Medir el tiempo parece natural e inevitable
aunque no sepa si en realidad significa
que echamos mucho de menos a los muertos.
