Hay un poema de Märta Tikkanen que dice así:
A mi me fue fácil
al principio
bastaba con amar
Era bien fácil
amar
cuando una siempre había estado rodeada
de amor
y cuando había aprendido muy temprano
que el amor era lo más grande
y lo más alegre
y lo mejor que había
Mientras hubo amor
todo fue bien
Pero luego se convirtió en odio
y el odio estaba prohibido
cuando yo era pequeña
¿Cómo proceder
con un odio
que no puede existir?
No se dicen palabras feas
No se blasfema
No se pega
No se grita
No se dan portazos, desde luego
No se deja traslucir nada en la cara
No se tira ninguna cosa
naturalmente
Hay que tratar de ser verdaderamente amable
cuando se odia
Hay que tragarse el odio
comérselo
no manifestarlo
no admitir nunca su existencia
A mí no me fue fácil
odiar
pero lo fatal fue
no hacerlo.
De vez en cuando vuelve a mí, especialmente los últimos versos. Supongo que tampoco yo odié. Si eso fue fatal o no, lo ignoro. Pero es así; desde que recuerdo existe en mí una tendencia natural hacia el perdón implícito. Desde siempre un desconocimiento de sentimientos de rencor o venganza. No sé si ese rasgo tan catalán que es la abnegación, y que poseo en dosis masivas, tiene relación, o si esconde algún tipo de debilidad, una ausencia de amor propio.
Y ofensas hubo, igual que hubo daño. Rara vez perduraron mucho en el corazón; y en cualquier caso la edad me ha hecho apartar a todas aquellas compañías a las que ofrecí mi amistad, y cuya catadura moral era discutible, sino directamente personajes mezquinos, miserables. Mi desprecio hacia ellas nunca fue especialmente intenso ni acaparador, y la distancia impuesta colmó cualquier expectativa de satisfacción. Y aunque siempre disfrutase de esa condición tan humana que es olvidar lo malo, recordar lo bueno, el residuo acumulado a lo largo de la vida acaba desbordando.
Así que no odié, pero me puse a correr. Sólo tras mucho tiempo entendí que al someter a esfuerzos continuados mi cuerpo, éste era capaz de tolerar y canalizar la merma y una rabia que subyacía en el día a día. De repente, pero sin embargo de una forma natural y progresiva, salir a correr se convierte en un espacio propio y tan natural a mi persona, que me resulta extraño pensar que no lo he hecho toda mi vida. Hago cálculos con el kilometraje: ¿A dónde llegaría en un día? ¿en una semana? Esta he hecho unos 30 km., sería suficiente para ir de Tarragona a Reus, y luego volver. El que era mi cuerpo ya no está ahí, ha sido sustituido por otro que reconozco mío como si el anterior fuese un espacio impropio, una casa ajena. Y a cada zancada no se enterraba herida ni humillación alguna; se destruían bajo el peso de un orden nuevo.
Así que no odié, pero parece imposible que eso tenga ya importancia.

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