26.12.20

Diario IV

Hay un poema de Märta Tikkanen que dice así:


 A mi me fue fácil

al principio

bastaba con amar

Era bien fácil

amar

cuando una siempre había estado rodeada

de amor

y cuando había aprendido muy temprano

que el amor era lo más grande

y lo más alegre

y lo mejor que había


Mientras hubo amor

todo fue bien

Pero luego se convirtió en odio

y el odio estaba prohibido

cuando yo era pequeña


¿Cómo proceder

con un odio

que no puede existir?


No se dicen palabras feas

No se blasfema

No se pega

No se grita

No se dan portazos, desde luego

No se deja traslucir nada en la cara

No se tira ninguna cosa

naturalmente


Hay que tratar de ser verdaderamente amable

cuando se odia


Hay que tragarse el odio

comérselo

no manifestarlo

no admitir nunca su existencia


A mí no me fue fácil

odiar

pero lo fatal fue

no hacerlo.



De vez en cuando vuelve a mí, especialmente los últimos versos. Supongo que tampoco yo odié. Si eso fue fatal o no, lo ignoro. Pero es así; desde que recuerdo existe en mí una tendencia natural hacia el perdón implícito. Desde siempre un desconocimiento de sentimientos de rencor o venganza. No sé si ese rasgo tan catalán que es la abnegación, y que poseo en dosis masivas, tiene relación, o si esconde algún tipo de debilidad, una ausencia de amor propio.

Y ofensas hubo, igual que hubo daño. Rara vez perduraron mucho en el corazón; y en cualquier caso la edad me ha hecho apartar a todas aquellas compañías a las que ofrecí mi amistad, y cuya catadura moral era discutible, sino directamente personajes mezquinos, miserables. Mi desprecio hacia ellas nunca fue especialmente intenso ni acaparador, y la distancia impuesta colmó cualquier expectativa de satisfacción. Y aunque siempre disfrutase de esa condición tan humana que es olvidar lo malo, recordar lo bueno, el residuo acumulado a lo largo de la vida acaba desbordando.

Así que no odié, pero me puse a correr. Sólo tras mucho tiempo entendí que al someter a esfuerzos continuados mi cuerpo, éste era capaz de tolerar y canalizar la merma y una rabia que subyacía en el día a día. De repente, pero sin embargo de una forma natural y progresiva, salir a correr se convierte en un espacio propio y tan natural a mi persona, que me resulta extraño pensar que no lo he hecho toda mi vida. Hago cálculos con el kilometraje: ¿A dónde llegaría en un día? ¿en una semana? Esta he hecho unos 30 km., sería suficiente para ir de Tarragona a Reus, y luego volver. El que era mi cuerpo ya no está ahí, ha sido sustituido por otro que reconozco mío como si el anterior fuese un espacio impropio, una casa ajena. Y a cada zancada no se enterraba herida ni humillación alguna; se destruían bajo el peso de un orden nuevo.


Así que no odié, pero parece imposible que eso tenga ya importancia. 




No hay comentarios:

Publicar un comentario

- +