10.1.21

Diario V

No es lo mismo huir que marcharse: El que huye siempre mira atrás mientras lo hace; el que se marcha, dejó de observar a su alrededor hace tiempo, incluso antes de partir; mantiene fija la vista en un espacio a medio camino entre el horizonte y su imaginación. Un lugar feliz, como lo es todo nuevo escenario. Pienso en ello; en paisajes cambiantes, luces inéditas, lenguajes crípticos. Tanto es el miedo paralizador de la incertidumbre cuando ésta nos escoge, que parece una sabia decisión agarrarla por las solapas con algo de antelación, alcanzarla de lleno y tal vez de ese modo transformar la huida en una suerte de marcha.  Leo a Eva Baltasar; escudriño las decisiones de Boulder, la protagonista que da nombre a su última novela. E identifico algo que puede parecer envidia; tal vez admiración. Ambas cosas. La valentía es un asunto muy seductor. Leo también a Dostoievski, Memorias del subsuelo, y trazo rápidamente lazos imaginarios entre ambos protagonistas; identifico el peso de sus decisiones, la fuerza que requieren, la enorme voluntad que exige hacerse dueños del futuro más próximo. Esa lucha interna de ambos personajes es agotadora, y deja incluso exhausto al lector. A mí. 


Es curioso, pero a veces no es otra cosa que puro miedo el sentimiento que espolea el coraje de una persona, y la empuja con vigor hacia el día siguiente. Decía Ángel González: 


Hay que ser muy valiente para vivir con miedo.

Contra lo que se cree comúnmente,

no es siempre el miedo asunto de cobardes.

Para vivir muerto de miedo,

hace falta, en efecto, muchísimo valor.


Hay poemas que persiguen, y este es uno de ellos. Tal vez perseguir no es la palabra; en ingles tendría más sentido: haunted by.

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