De nuevo Mariana Enríquez hablando con pasión, esta vez sobre Charlie Watts, y rescatándome de un letargo.
Lo cierto es que hubo una época en la que la música fue importante en mi vida; una filia protagonista, que casi pudiera hacerme pasar por melómano. Invertía yo, no hace tanto, mucho de mi tiempo y energías en descubrir nuevos álbumes, artistas y sonidos que merecieran un lugar en la discoteca. Esa misma discoteca de poco más o menos 300 discos (los he contado) ocupando un lugar privilegiado en la estantería junto a la biblioteca, pero sin contemplar movimiento alguno, si acaso alguna novedad testimonial. Así pues, la música ha sido relegada de forma natural; lentamente, pero sin pausa, a un vehículo destinado a ocupar espacios residuales de mi día a día. Ni siquiera el componente nostálgico que de forma inherente le otorgamos (componente que siempre le he negado; consideraba demasiado importante una buena canción como para que recuerdo alguno impidiese su escucha) tiene un valor perenne en estos momentos. El acto físico (buscar un álbum, abrirlo, introducir el disco en la minicadena, apretar el botón correspondiente) me inunda de cierta pereza; una liturgia cansada. Y esa otra forma de provisión auditiva que son las plataformas musicales en realidad siempre merecieron mi desconfianza.
En el constructo de una persona adulta, el maravilloso descubrimiento de música como la que practican Sharon Van Etten o Lana del Rey pudiera parecer algo reciente, pequeñas concesiones a la juventud del alma. Pero a la primera la escuché en el año 2013, y la segunda en el 2012. Tengo suerte porque ambas siguen en la brecha, y son, como lo fue hace tanto Kurt Cobain, talentos innatos para la melodía. Pero si me diese por establecer cálculos más rigurosos, me atrevería a decir que esa pasión que me empujaba a incorporar músicas que paliaran el hambre de mis pabellones auditivos se apagó en el 2015.
Y desde entonces poca cosa. Un puñado, quizás media docena de álbumes y otras tantas canciones que han incorporado durante este tiempo a mi imaginario, y que sólo la fortuna me ha permitido descubrir (una emisora, un hilo musical, un algoritmo con pretensiones).
No me siento mayor porque sencillamente lo soy; recuerdo con cierta ternura a una alumna de 2º de Bachillerato Artístico del 2019 que había decorado con pegatinas de Metallica o Iron Maiden su MacBook Air. Sentí un ataque de anacronismo, un estertor de nostálgica época pasada. No por ello mejor.
Dejaré constancia de ese puñadito de canciones que he agradecido descubrir.
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