21.6.22

Diario IX


Hace mucho que dejé la nostalgia por los objetos de lado, principalmente por inútil y agotadora; tampoco las mudanzas admiten de buena gana estas manías así que, aunque adquirido de forma natural, no puedo negar que se trata de un hábito de los llegados en el momento adecuado. El hábito de tirarlo todo, quiero decir.

Y no es que yo hubiese heredado el fetichismo enfermizo por la conservación de incontables bolsas de ropa que desde luego aún tiene mi madre, pero bien es cierto que de vez en cuando me sorprendía abriendo un antiguo cajón o altillo, con su consiguiente cargamento de textiles inútiles, suspendidos en naftalina. A día de hoy, ninguno de esos trastos me transmite el valor del tiempo pasado (si es que eso existe) y esas prendas no significan más que una concesión a algo que hace tiempo ya no comprendo.

Esta camiseta es una excepción. 

Calculo que me la trajo mi hermano allá por el 2006 de Honduras, país donde residía a la sazón. Ni es especialmente cómoda, ni tampoco bonita; aunque sí curiosa y duradera. Acostumbro a llevarla al gimnasio, quizás por esa necesidad de encontrarle un uso, aunque sea forzado. Sí. Nada menos que de Honduras. Hace más de 15 años.

Bueno, mi hermano siempre viajó mucho, desde muy joven, hasta el punto de convertirse en una de sus señas de identidad y conformar su carácter a partir de esa cuestión. El mío fue, pues, un hermano en cierto modo ausente durante la mayor parte de mi vida. Puesto que este fue un aspecto enseguida asentado en mi imaginario; una cuestión aceptada de forma natural, ya no puedo disociarla ni acertar a imaginar otro tipo de relación con él que no sea deudora de esa separación. Con el tiempo, entendí que ese deseo de viajar estaba presente en muchas de sus primeras lecturas favoritas, y al leerlas yo mucho más tarde, pude encajar algunas piezas que, por extrañas razones, no había echado de menos hasta entonces en el puzzle que daba forma al carácter de mi hermano. Así, recuerdo las aventuras de Corto Maltés, Lord Jim de Conrad, el Pedro Páramo de Rulfo, ese Desierto de los Tártaros de Buzzati y, por encima de todos ellos, el Barón Rampante de Italo Calvino, cuyo protagonista enseguida identifiqué como su alter ego. El hecho de que se lo regalara a mi padre parecía ser su forma (quizás la más efectiva que consideraba a su alcance, quizás la única que en ese momento sabía usar) de hacerse comprender ante sus progenitores. 

Nunca tuve esa pulsión por la evasión, por la aventura y los horizontes; creo que ni estaba impreso en mi persona, ni resultaba algo irremediablemente perdido para mí cuando tenía al alcance esa misma literatura, cine, fantasía. En efecto, hay que ver qué dos miradas tan opuestas le dimos a una misma materia prima. 

Ahora que estoy, por fortuna, relacionado profesionalmente con una escuela pública, anclado a un lugar en la tierra por una razón de fuerza mayor, me engaño un tanto pensando en qué vidas no viviré. Y no es que me importe mucho. Aceptar es más sencillo a cierta edad. Quizás por imposibilidad de discusión. 

10.4.22

Diario VIII





Eileen Gray fue una diseñadora durante mucho tiempo olvidada, o al menos no valorada como merecía; en todo caso de forma indirecta y gracias al prestigio cultivado por sus colegas, todos hombres, entre los que destaca Le Corbusier. El destino quiso que aquel que había vandalizado su casa con unos murales que Eileen jamás deseó, muriese ahogado en la playa, precisamente delante de esa vivienda, la E-1027, que Gray había diseñado y construido para ella y su pareja, en la costa sur francesa.

Esta historia la conocen bien mis alumnas, que sin duda asumen estas reivindicaciones como una consecuencia natural de los tiempos que corren, y a su vez las tienen como partícipes, testigos. Siendo así, consideré que fuese esa misma casa la que representar en la plaza frente a la universidad; una reivindicación más, nunca innecesaria ni superflua.  Había pasado ya un buen rato desde el fin de la sesión de la asignatura, pero igualmente desearon terminar el replanteo de la E-1027. Soy un profesor feliz con lo que hace, orgulloso de su alumnado.

Esta satisfacción que resulta de mi actividad laboral es un sentimiento nuevo del que lentamente pero sin pausa me veo imbuido. Sé que hago bien lo que debo hacer, sé que no me resulta complicado hallar esa difusa frontera que separa el conocimiento (en realidad el único modo de autoridad aceptable), la capacidad de transmitirlo; y la empatía, cercanía y la conexión con aquellas personas a las que deseo llegar. Así me lo transmiten, así lo siento yo. Consecuencia de ello es mi adicción a este desempeño, las horas extras exprimidas de buen grado. Fuera de ese entorno, el vacío es una realidad. Un vacío que parece expandirse hasta superar los límites del propio cuerpo; derramarse incontenible a través de superficies, objetos, palabras. 

Las relaciones con el otro devienen indefectiblemente en una mansa retahíla de formalidades estériles, de fórmulas largamente repetidas sin otro valor que la longevidad. La pasión es la enseñanza; la vida no contenida ahí recae en las hojas de los libros que leo. Y ya está. No sé por cuánto tiempo el cuerpo me permitirá seguir por aquí, pero al menos estará bien invertido.

Sigo muy enganchado a Elena Ferrante; quiero mucho a Lenù.

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