Eileen Gray fue una diseñadora durante mucho tiempo olvidada, o al menos no valorada como merecía; en todo caso de forma indirecta y gracias al prestigio cultivado por sus colegas, todos hombres, entre los que destaca Le Corbusier. El destino quiso que aquel que había vandalizado su casa con unos murales que Eileen jamás deseó, muriese ahogado en la playa, precisamente delante de esa vivienda, la E-1027, que Gray había diseñado y construido para ella y su pareja, en la costa sur francesa.
Esta historia la conocen bien mis alumnas, que sin duda asumen estas reivindicaciones como una consecuencia natural de los tiempos que corren, y a su vez las tienen como partícipes, testigos. Siendo así, consideré que fuese esa misma casa la que representar en la plaza frente a la universidad; una reivindicación más, nunca innecesaria ni superflua. Había pasado ya un buen rato desde el fin de la sesión de la asignatura, pero igualmente desearon terminar el replanteo de la E-1027. Soy un profesor feliz con lo que hace, orgulloso de su alumnado.
Esta satisfacción que resulta de mi actividad laboral es un sentimiento nuevo del que lentamente pero sin pausa me veo imbuido. Sé que hago bien lo que debo hacer, sé que no me resulta complicado hallar esa difusa frontera que separa el conocimiento (en realidad el único modo de autoridad aceptable), la capacidad de transmitirlo; y la empatía, cercanía y la conexión con aquellas personas a las que deseo llegar. Así me lo transmiten, así lo siento yo. Consecuencia de ello es mi adicción a este desempeño, las horas extras exprimidas de buen grado. Fuera de ese entorno, el vacío es una realidad. Un vacío que parece expandirse hasta superar los límites del propio cuerpo; derramarse incontenible a través de superficies, objetos, palabras.
Las relaciones con el otro devienen indefectiblemente en una mansa retahíla de formalidades estériles, de fórmulas largamente repetidas sin otro valor que la longevidad. La pasión es la enseñanza; la vida no contenida ahí recae en las hojas de los libros que leo. Y ya está. No sé por cuánto tiempo el cuerpo me permitirá seguir por aquí, pero al menos estará bien invertido.
Sigo muy enganchado a Elena Ferrante; quiero mucho a Lenù.