Ahora no, claro.
Pero durante mucho tiempo, jamás escribí al amor. Ni sobre amor. Ni del amor. Por raro que parezca, dada la circunstancia que rodea mi paisaje vertebrador. Uno cree estar imbuído por el espíritu romántico al coger la pluma, poseído por la mismísima pulsión de Emily Brontë. Pero creo que había tanto amor en mis palabras como hay en Cumbres Borrascosas.
Y por qué iba a haberlo, si se escribe de lo que se conoce. El amor paterno me ha sido esquivo; el materno, una entelequia. El resto: conatos de emoción, fantasías, desengaños, cuando no el crudo instinto de supervivencia de entonces. En realidad, mi relación con el lenguaje sólo escondía un profundo anhelo de vida. Esa relación con el dolor que nos iguala con bestias y demás alimañas: hacer todo lo posible por evitarlo. Evadirnos de él. Esquivarlo, privarlo del nombre o, quiera Dios, otorgarle uno susceptible de ser olvidado. Siento perplejidad hacia ese exclusivo y no muy numeroso grupo de personas capaz de cantar al amor sin bajar al barro. Sin hincar las rodillas y hacer sangrar encías.
El dolor, la soledad, el instinto primigenio. Desde el principio fueron las razones. Narrarse uno mismo para dar una explicación. Crear la ilusión de una supuesta relativización capaz de ahuyentar fantasmas sin fracasar. Que el dolor es implacable, vaya; que hay gente que se mata para evitarlo.
Hubo una charla sobre el suicidio en la Escuela. Obligatoria de facto para todo el claustro. Impartida por la representante institucional del Plan de Salud del Gobierno en esta materia. Muy ilustrativa, fundamental diría. De todos los datos sobre los que arrojó luz, fue el más prosaico y obvio el que me inundó de escalofríos.
El, o la suicida, no se quiere morir. Nunca. Sólo acabar con el dolor. Dejar de sufrir.
Joder.
Y pensar en toda esa estrategia bien planificada, en ese plan de esquiva. Y que no salga. Pero escribimos, y quizás por eso la poesía no tenga nada de amor, ni de romántica, ni de afectos. Quizás sólo esconda el profundo e inaprensible deseo de no morir.
