14.4.23

Diario XI




Ahora no, claro.

Pero durante mucho tiempo, jamás escribí al amor. Ni sobre amor. Ni del amor. Por raro que parezca, dada la circunstancia que rodea mi paisaje vertebrador. Uno cree estar imbuído por el espíritu romántico al coger la pluma, poseído por la mismísima pulsión de Emily Brontë. Pero creo que había tanto amor en mis palabras como hay en Cumbres Borrascosas. 

Y por qué iba a haberlo, si se escribe de lo que se conoce. El amor paterno me ha sido esquivo; el materno, una entelequia. El resto: conatos de emoción, fantasías, desengaños, cuando no el crudo instinto de supervivencia de entonces. En realidad, mi relación con el lenguaje sólo escondía un profundo anhelo de vida. Esa relación con el dolor que nos iguala con bestias y demás alimañas: hacer todo lo posible por evitarlo. Evadirnos de él. Esquivarlo, privarlo del nombre o, quiera Dios, otorgarle uno susceptible de ser olvidado. Siento perplejidad hacia ese exclusivo y no muy numeroso grupo de personas capaz de cantar al amor sin bajar al barro. Sin hincar las rodillas y hacer sangrar encías. 

El dolor, la soledad, el instinto primigenio. Desde el principio fueron las razones. Narrarse uno mismo para dar una explicación. Crear la ilusión de una supuesta relativización capaz de ahuyentar fantasmas sin fracasar. Que el dolor es implacable, vaya; que hay gente que se mata para evitarlo. 

Hubo una charla sobre el suicidio en la Escuela. Obligatoria de facto para todo el claustro. Impartida por la representante institucional del Plan de Salud del Gobierno en esta materia. Muy ilustrativa, fundamental diría. De todos los datos sobre los que arrojó luz, fue el más prosaico y obvio el que me inundó de escalofríos.

El, o la suicida, no se quiere morir. Nunca. Sólo acabar con el dolor. Dejar de sufrir.

Joder. 

Y pensar en toda esa estrategia bien planificada, en ese plan de esquiva. Y que no salga. Pero escribimos, y quizás por eso la poesía no tenga nada de amor, ni de romántica, ni de afectos. Quizás sólo esconda el profundo e inaprensible deseo de no morir. 



6.1.23

Diario X





Me pidió la psicóloga algo de información respecto a mis primeros años de vida. La conversación fue tal que así:

-Haz un repaso de cómo fue tu infancia.

-Tengo buena memoria, la recuerdo bien.

-Igual te ayuda ver álbumes de fotos antiguas.

-Tengo buena memoria y mi madre siempre ha sido una fotógrafa entusiasta.

Así que eché un vistazo a los álbumes, esos donde figuran documentados los humildes hitos de la familia que son, a saber, los veranos en Sinarcas, las playas de Tarragona; Prades, Barcelona, y toda la lista de lugares que configuran mi atlas visual. En una de esas, encontré esta foto. Las fechas acompañan, así que la rescaté. Funció de Nadal en el colegio Mare de Déu del Carme, Tarragona. Corría el año 1988. Llevo colorete en las mejillas, creo que me queda bien.

No es que me deje llevar por la nostalgia, pero ha pasado mucho tiempo. Si tiro del recurrente símil de la estacionalidad, ahora mismo estoy estrenando el otoño de mi vida. O acaso apurando el verano, ante la improbable posibilidad de alcanzar los 100 años. Una edad, que diría Karmelo Iribarren. Me gustaría poder cogerla y crear algún tipo de narrativa interesante sobre lo que ha sido últimamente mi paso por la existencia, pero sin tener nada demasiado meditado, más bien a salto de mata. De hecho, en esta entrada sólo pretendía escribir por escribir, que es muy sano. Caigo últimamente en esa singular ironía que es pontificar sobre las bondades de esta sana actividad que es contarse uno mismo mediante la palabra, yo, que apenas lo hago ya. Pontifico en el aula, con mi alumnado.


-Quiero que escribáis. Que narréis. Que os hagáis dueñas del relato, que proyectéis la historia que os acompaña. Me da igual la excusa. Simplemente escribid, y que os salga de muy adentro. El diseño siempre es una historia que contar.


Más o menos me expreso en estos términos. Tengo la habilidad de colar este discurso en casi cualquier asignatura, porque creo en él. Al principio, parte del aula recibe la cuestión con reticencia, pero con el paso de los ejercicios entienden que les ha hecho bien -al menos una parte- y que lo han disfrutado. Que están descubriendo cosas. Y que las faltas de ortografía hay que cuidarlas en el ámbito universitario. Cuando eche la vista atrás, sé que este tipo de experiencias contarán con muchísimo mas peso en esa narrativa crepuscular; que las publicaciones, premios, exposiciones, y demás éxitos, de los cuales cada día me siento más ajeno. El paso del tiempo es casi una cuestión de distanciamiento y cercanía. Un juego orbital que hace alejarte y acercarte constantemente a una serie de cuerpos celestes. Así lo pensaba hoy, a través de esta basiquísima analogía. 


“Wow, cómo de lejos veo la poesía… Estuve muy cerca de ella hace nada. Igual que el cine, que la música. Igual que esa conocida de ahí lejos, creo que si la saludo ni me verá. Pero cómo se acerca mi hermano por ese otro lado. Y cómo se aproxima la docencia. Y las novelas. Y esa persona de ahí; sí, creo que la voy a considerar una amistad para toda la vida”


Y así pasa. O como diría Leonard Cohen, that's how it goes.

Me gustaría dedicar la próxima entrada del blog a los libros que más me han hecho disfrutar estos últimos años. Pero no sé si lo haré. Soy una persona orgullosamente desilusionada, lo cual me proporciona una inusitada libertad creadora. Es decir, la libertad de no crear en absoluto.

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