Las hebras que lo conforman resultan de tal forma sorprendidas por el resultado, por su valía, que apenas sí pueden salir de su incredulidad. Pero cada una de ellas ha valido la pena, ha pertenecido de forma rotunda a la consecución de todo lo que tengo. Me inundan los sentimientos de paz, de agradecimiento para con la vida; sin revanchismo, sin rencores insulsos. Cuando me dice alguna alumna que soy el mejor profesor que tuvo, pienso en esas hebras, y el castillo que sostienen; finalmente, sus cimientos arribaron a tierra.
Ya soy lo que soy. Un docente, un marido. Alguien que ilustra y ama. Que a veces escribe. Que lee y hace fotos a Gema. Que piensa en la futura biblioteca de Alma y Marina. Que no imagina otra mirada, ni puede segregar la propia. Que se pregunta cómo alguna vez las cosas no fueron tal y como son hoy, aunque sea precisamente esa rara lógica la que me ha traído hasta aquí. Que abraza la suave ironía que es existir.