Tetralogía Dos amigas
La amiga estupenda
Un mal nombre
Las deudas del cuerpo
La niña perdida
Elena Ferrante, 2011, 2012, 2013, 2014
Editorial: Lumen
Traducción: Celia Filipetto Isicato
Siempre he considerado un pequeño logro acercarme a ciertos libros sin saber prácticamente nada de ellos. Ha sido el caso de La amiga estupenda, primera parte de esta tetralogía, y de la que intuía poco más que el relato de una amistad entre dos chicas. Pero, ¿en qué puede convertir eso la pluma de Ferrante? Una autora que ya me había ganado para su causa irremediablemente con Los días del abandono y, sobre todo, con La hija oscura. Aquí, además, se coloca en un tono neorrealista, como si antes de acometer las tribulaciones de Lenù y Lila se hubiese empapado del cine de Visconti y De Sica. Ferrante traza con detallismo el pequeño cosmos de un barrio napolitano de posguerra, un escenario sórdido y brutal, donde la violencia –directa, estructural y cultural– es omnipresente y apenas deja resquicio a la esperanza. Son precisamente los anhelos de las dos protagonistas, sus esfuerzos por sobreponerse a un entorno que las maniata, lo que dota de sentido a sus decisiones y a su amor propio. La escritora italiana no duda en deslizar un mensaje poderoso: el acceso a la educación y la cultura es una vía hacia la libertad individual.
Con Un mal nombre, el segundo volumen, la historia no solo mantiene su coherencia, sino que sus ambiciones se expanden sin aparente límite. Como ondas que crecen tras arrojar una piedra en el agua, la historia de Lenù y Lila reverbera en el lector, conquistándolo en cuerpo y alma. Este es, sin duda, el libro que más me ha emocionado de la tetralogía y quizá uno de los mejores que he leído en los últimos años. Bastante con esta subjetivísima opinión tiene que ver la profunda identificación que siento con su narradora; no precisamente en sus logros y triunfos, pues carezco del tesón del que hace gala. Más bien en sus fobias, inseguridades y oscuras reflexiones sobre la culpa, la valía de lo propio o la pérdida.. Hay libros de los que no se sale igual que como se entra; este es uno de ellos. Para empezar, porque sales llorando.
El tercer volumen, Las deudas del cuerpo, resulta al mismo tiempo el más político y el más melodramático de la serie. De repente la voz de Lenù adquiere de forma definitiva una autonomía respecto a todo lo que le rodea, y le sirve a Ferrante para sumergirse en todos aquellos temas que le interesan y que, de hecho, están presentes de una forma u otra en toda su obra; entre los que destacan principalmente la naturaleza de la maternidad y de las construcciones sociales. Por supuesto hay mucho más, pero tal vez mencionarlas significaría destripar la trama. Quizá no deslumbra tanto como la entrega anterior, pero sigue siendo sobresaliente. Ferrante te obliga a reflexionar, a emocionarte y a sostener el vértigo de una ficción que, a estas alturas, ya parece estar viva.
Y así llegamos al final, con La niña perdida; uno de esos libros que parecen saber todo sobre su lector. Leer no es vivir lo leído, pero se parece mucho. Llegar al último capítulo deja un cúmulo de sensaciones encontradas: plenitud, tristeza, un vacío que se instala en el pecho. Paladeé con placer el cierre de esta narración, aunque sentía la necesidad de que todo terminara, de que Lenù, Lila y el mundo que habitan encontraran algo parecido a la paz. Las doscientas últimas páginas son pólvora. Y cuando todo acaba, ¿qué queda? El deseo de olvidar para poder volver al principio. Y eso es lo mejor que puedo decir. Que se puede decir.




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