23.2.25

Diario XXXII



Drácula
Bram Stoker, 1897 
Editorial: Valdemar
Traducción: Óscar Palmer

Es curioso cómo un libro puede ser por un lado canon, un pilar fundacional del género de terror y, por otro, una obra ambigua y contradictoria hasta la extenuación. (¿la obra o el propio Stoker?). Si se trata de una fábula moral sobre el bien y el mal, o una manifestación de los miedos victorianos; de una historia de dominación y deseo reprimido, o incluso de una advertencia contra el colonialismo, lo cierto es que me interesa muy levemente: las sobreinterpretaciones sesudas de la academia me dan cierta pereza. Por otro lado, sí me fascinan dos cuestiones que no necesitan de deliberación alguna para mostrarse como lo que son: magníficos hallazgos. 

La primera de ellas es su estructura: epistolar, coral, construida a base de diarios, cartas, telegramas y recortes de periódico, que se encadenan para reconstruir la presencia ominosa del conde. Es de una frescura narrativa alucinante, que exige un lector activo, capaz de ensamblar las piezas de un rompecabezas de voces y perspectivas que a buen seguro esconden trampas y triquiñuelas varias. Resulta absolutamente moderno (si acaso de forma literal: la fascinación de Stoker por la tecnología no cesa a lo largo de las páginas: telégrafos, máquinas de escribir, fonógrafos, etc.), y esa modernidad debe conciliarse con el que considero su segundo gran logro: formalizar un goticismo clásico, depurado hasta el paroxismo. El escritor irlandés recurre a los tropos tradicionales del género: el castillo en ruinas, el forastero que se adentra en lo desconocido, las fuerzas del mal que acechan a una sociedad confiada en su propia racionalidad… Pero, a diferencia de Mary Shelley o Poe, que se movían en terrenos difusos entre la ciencia y lo sobrenatural, Stoker deja claro que el vampiro es real y que solo puede ser combatido con una combinación de fe y tecnología moderna. Y ahí es donde Drácula se convierte también en un producto de su tiempo: en la tensa coexistencia entre la tradición y el progreso científico de la época victoriana.

Ignoro si la novela de Stoker es conservadora o subversiva. Quizás, ambas cosas, y ninguna. En sus páginas, Eros choca de lleno con la moral victoriana; la sexualidad que supuran las mujeres víctimas del Conde parece encerrar en sí misma la reprobación, la censura de lo impúdico. Pero, leyéndolo hoy, me parece intuir un deleite, un placer velado que imbuye al lector y lo congracia con un autor que parecía disfrutarlo con hipócrita placer culpable. El mismo que el mío, supongo.





El marino que perdió la gracia del mar
Yukio Mishima, 1963
Editorial: Alianza
Traducción: Jesús Zulaika Goikoetxea

Hay libros que dejan un leve rastro, una impresión fugaz que pronto se diluye en la memoria. Y hay otros que golpean con tal fuerza que parecen incrustarse en el cerebro, volviendo a uno como una marea insistente. El marino que perdió la gracia del mar es de estos últimos. Su lectura me ha dejado en un estado de embriaguez literaria, extasiado por la precisión con la que Mishima logra unir belleza y horror, lirismo y violencia.

Desde sus primeras páginas, la novela establece un tono perturbador. No hay en ella estridencia ni dramatismo desmedido; al contrario, todo avanza con una calma engañosa, como si se tratase de una ceremonia cuidadosamente orquestada. Pero esa calma es solo una máscara. Bajo ella palpita la fatalidad, el peso de un destino ineludible. La historia de Ryuji, Fusako y Noboru no es solo el relato de un triángulo extraño, sino la representación de una lucha más profunda: la de la tradición contra la modernidad, la del heroísmo contra la domesticación, la de un Japón que cambió para siempre tras su derrota en la Segunda Guerra Mundial.

Ryuji, el marino que durante años ha vivido con la convicción de que su vida está destinada a una grandeza trágica, encuentra en Fusako la tentación de la estabilidad. Pero el sueño de una vida burguesa, de un amor terrenal y concreto, no es más que una traición a su propio mito. Fusako, por su parte, es la encarnación de un Japón que ha abrazado la occidentalización sin reservas: dueña de un negocio de ropa importada y refinada, independiente, simboliza ese país que ha cambiado sus códigos y valores. Y en medio de ellos, Noboru, su hijo, cuya fascinación por la pureza y el sacrificio remite a la propia obsesión de Mishima. En él se condensa la inquietante mirada del autor: la admiración por la violencia como acto de restauración, la convicción de que solo la muerte preserva la esencia incorruptible de un ideal.

Mishima escribe con una precisión embriagadora. Su prosa es refinada hasta el extremo, pero nunca es fría; al contrario, cada descripción es un golpe sensorial; apela ahora al olfato, ahora al tacto o la vista. Lo más inquietante es cómo la belleza mitiga toda esa muda brutalidad. Incluso los momentos más perturbadores se nos presentan con elegancia, como si la violencia fuese, de algún modo, natural.

No volveré a Mishima de inmediato. Hay libros que necesitan reposo, que exigen distancia, tomar aliento. Pero ocurrirá. Porque pocas veces un autor logra capturar con tanta exactitud esa tensión entre lo efímero y lo eterno, entre la gloria y la ruina.

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