20.3.25

Diario XXXIII




El que susurra en la oscuridad y otros relatos del ciclo blasfemo de Cthulhu 
H.P. Lovecraft, 1926 - 1935 
Editorial: Valdemar 
Traducción: Francisco Torres Oliver, Juan Antonio Molina Foix

En mi firme empeño por finiquitar la relectura de las obras completas de Howard Phillips Lovecraft, incluidas sus colaboraciones y textos más periféricos, pocos acontecimientos me parecen más coherentes que ser asaltado, quizá por vez primera, por sueños intensos en los que la cosmogonía del autor de Providence se erige como protagonista o, al menos, en los que sus escenarios más recurrentes se insinúan con una inquietante fidelidad. Dada la importancia que tenía la actividad onírica en la facturación de muchos de sus relatos, me parece importante apuntar esta cuestión, aunque no me despertase en mitad de la noche entre sudores fríos.

Mencionaba la relectura; no del todo cierto. No me importa admitir que, a mi edad, uno de los relatos fundamentales de su producción aún me era inédito. Hablo del que da nombre a esta antología: El que susurra en la oscuridad. El resto de historias que conforman este compacto volumen, excelentemente editado por Valdemar, son, en su mayoría, aquellas que consideramos imprescindibles los creyentes: La llamada de Cthulhu, El horror de Dunwich, Los sueños de la casa de la bruja… Los Mitos en su máxima expresión.

En mi recuerdo, la certeza de que pocas historias me habían inquietado tanto como La sombra sobre Innsmouth, también incluida en este negro librito de marras. Como si se tratara de un autorregalo largamente postergado, en busca de esa hedonista prolongación del instante en que se abre la puerta del placer, esta era la relectura a la que más aspiraba. En La sombra está todo: la visión materialista del terror, el bombardeo sensorial a través de la recargada retórica de Lovecraft, que arrasa con la vista, el olfato y el oído; la tensión perfectamente medida de los acontecimientos, la desesperanza y el miniaturismo de una especie—la nuestra—que no pinta gran cosa en los tejemanejes del universo.

Sí, sigue siendo un cuento inolvidable. Pero donde antes solo quedaba la inquietud, ahora vislumbro con prístina claridad otra de sus virtudes, tantas veces negada por la academia: su calidad como escritor, que es lo único que quiso ser. Outsider de tomo y lomo, quizá su estilo fue una de sus múltiples autoafirmaciones, un manifiesto contra el mundo y contra la vida, del que siempre se enorgulleció (del manifiesto, no de nuestra especie).

En El susurrador en la oscuridad, por otro lado, lo que realmente me vuela la cabeza—una vez más—es su capacidad para dar a luz todo un vocabulario visual sin apenas comparación entre sus coetáneos o predecesores; ese asombro tecnológico que se engarza con precisión en el puro body horror marca de la casa. Un genio, sin más.

Un volumen excelente para darse de bruces por primera vez con el bueno de Howard, aunque la traducción de Juan Antonio Molina Foix me deja algo frío. En ese sentido, sigo considerando insuperable la labor de Alianza Editorial con su antología Los Mitos de Cthulhu y el inmenso trabajo del recientemente fallecido Rafael Llopis. Lástima que la calidad de sus cubiertas difícilmente permita que sus ediciones sobrevivan hasta el resurgimiento de R’lyeh.






La familia 
Sara Mesa, 2022  
Editorial: Anagrama 

Que en esta casa se venera a Sara Mesa lo sabe hasta el tato, lo que hace aún más sorprendente que este librito haya estado tanto tiempo esperando en la estantería. La propia autora, con la publicación reciente de La oposición, nos ha metido prisa. Así que tocaba.

La familia: ese constructo, concepto, penitencia… escrutado por la mirada de quien considero una de las mejores autoras españolas vivas. Ahí es nada. Sé que mi objetividad salta por los aires en cuanto me declaro un auténtico admirador ya no solo de su literatura, sino de su persona: su carácter, su altura moral, su postura granítica, ajena al ruido y al afán presuntuoso. Vamos, que bendito el día que Cicatriz cayó en mis manos.

Dicho esto, y aunque La familia es un placer por lo que dice y por cómo lo dice, deja un regusto de obra inconclusa, de retrato incendiario a medias. Pienso en las imágenes que me han dejado Gornick, De Vigan, Gaite… y no puedo evitar imaginar el voltaje emocional que habría alcanzado esta materia prima en manos de una autora que domina con tanta precisión el sórdido cariz de los espacios y las almas. Pero aquí todo son conatos de un clímax que no termina de llegar. Más sutil, sí. Más contenido, tal vez. Pero a mí —insaciable crónico de su obra— me ha sabido a poco. Lo he leído con interés, incluso con placer, pero no con esa perturbación lúcida que suele dejar Mesa. Es un retrato que promete desgarro, y tal vez se queda en esbozo. 

En nada, eso sí, leeremos Oposición.
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