Fue delante de una de mis alumnas de TFG cuando me asaltó, de manera clara y prístina, una verdad de esas que seguramente no se revela a la mayoría: estaba donde quería estar, haciendo lo que siempre había deseado. El fogonazo, que duró algo más que un momento, no interrumpió la sucesión de folios, croquis, reflexiones y propuestas a las que dan lugar estas tutorías.
Al día siguiente, otra alumna acudía con un libro bajo el brazo, una suerte de ensayo que no me llamó especialmente la atención, pero que dio pie a conversar unos minutos sobre lectura. Me confesó que, de un tiempo a esta parte, está obsesionada con un tema: la muerte. Y, claro, yo me vengo muy arriba, como si hubiese algo que no esté atravesado por ella. A pesar de que la narrativa no es su género favorito, me permití recomendarle algunas de esas que jamás me dejaron en paz. Nada original: La muerte de Iván Ilich. Los rusos, siempre tan existencialistas. Y El extranjero, porque es difícil olvidar su comienzo. Y Pedro Páramo. Por todo.
La muerte de Iván Ilich
Lev Tolstói, 1886
Editorial: Nórdica
Traducción: Víctor Gallego
Leer a los rusos decimonónicos tiene algo de masoquismo. Salvando las distancias, no creo que los principios que me han llevado a su repetida degustación existan en coordenadas muy lejanas de los que me llevan a leer a King, Lovecraft o Clive Barker. Ese gran análisis psicológico al que siempre se alude cuando se habla de Tolstói o Dostoievski es de trago amargo. Tal vez La muerte de Iván Ilich no contenga la angustia exacerbada de Memorias del subsuelo, por decir algo, pero vaya tela. Porque aquí hay algo más cadencioso, letárgico, contundente. La crónica es tan aguda y exacta como la que debe vivir un desahuciado terminal en cuidados paliativos. No encontraremos luces de neón ni sábanas azules, pero el olor a hospital parece inundar la sucesión de revelaciones que, pasito a pasito, conducen al final inexorable. Y a nuestro Iván, la muerte le encuentra solo, asustado, aferrado a una vida falsa. Le da tiempo, eso sí, a fantasear sobre cómo podría haberla vivido. Y para qué, dirán. En fin, una agonía perfecta.
Pedro Páramo
Juan Rulfo, 1955
Editorial: RM
Fui a Comala a buscar a mi padre. Y yo a Sevilla, a hacerme con esta edición que, a la sazón, no era fácil de encontrar. Me da gozo pensar en la historia que lleva imbuida cada libro de mi biblioteca, y no olvido que fue en compañía de mi amiga Marina, y en ese sitio maravilloso que es la librería Caótica (y que pide apoyo para seguir con vida), donde di con la muerte convertida en territorio. Sí. En Pedro Páramo, la guadaña ha ganado. La novela no tiene muertos: está hecha de muertos. Comala es un pueblo sin presente, sin futuro, un purgatorio polvoriento donde la memoria se descompone. Rulfo nos invita a convivir con las voces de ultratumba. No hay moraleja, solo el lamento genealógico. Y esto qué fácil es decirlo ahora. En su momento, su lectura tan solo dejó en mí el hálito de lo deslumbrante, la infalible sensación de saberse ante una maravilla, pues apenas arañé la superficie de su significado. Al tiempo que volteaba su última hoja, lo comencé de nuevo. No hay otro modo de atravesar Comala de parte a parte.
El extranjero
Albert Camus, 1942
Editorial: Random House
Traducción: Amaya García Gallego
No había acabado la Segunda Guerra Mundial cuando Camus escribe esta especie de manifiesto existencialista, y qué bien anticipa el desarraigo del hombre al que daría lugar semejante tragedia. Su indolencia. Su expulsión del paraíso. "Ese personaje escéptico y desapasionado que ha abandonado su condición de sujeto autónomo". No es el asesinato absurdo de aquel árabe en la playa, bajo un sol aplastante, lo que deja tocado. Es otra cosa. Es ese desapego tan radical, tan brutal, que Meursault tiene con el mundo. Su indiferencia frente a la muerte de su madre. Frente al amor, o frente al crimen. El final es tremendo: Meursault, ya condenado, acepta su destino. Pero no lo hace con resignación, ni con esperanza. Lo acepta como quien acepta que el mar es salado. El caso es que sentí cierta identificación con el personaje. Y eso no deja de dar algo de miedo.


