Fiódor Dostoievski, 1848
Editorial: Nórdica
Traducción: Marta Sánchez-Nieves
Si emprendo un ejercicio de nostalgia —algo que, de un tiempo a esta parte, encuentro poco estimulante— y trato de señalar la lectura que considero fundacional en mi imaginario, una de las candidatas indiscutibles sería Noches Blancas, de Dostoyevski. Leída en varias ocasiones desde la adolescencia, degustadas diversas traducciones y ediciones, regalada otras tantas, conforma para mí un microcosmos literario que, en distintos momentos de mi vida, fue necesario preservar para dar a luz otras filias que me han acompañado: los autores rusos en general, y especialmente los tótems del XIX; la novela confesional, la tendencia al drama y la tragedia de baja intensidad, el autoexamen, el autoanálisis, el auto-lo-que-sea… y, por fortuna, el crecimiento personal.
Era inevitable, por todo ello, que en su momento me hiciese con la hermosa edición de Nórdica: bellamente ilustrada, traducida con rigor directamente del ruso. Me provocaba cierto sentimiento de infidelidad hacia las ediciones que siempre fueron “las mías”, las de Alianza y Bruguera. Pero no lo viví como una deslealtad, sino como la consecuencia lógica de mi espíritu completista. Sin embargo, a la feliz emoción de descubrir, por fin, esta reivindicación cumplida, se suma ahora un fastidio inesperado y reciente. Hace unas semanas, observé en la portada de la edición de Nórdica uno de esos inefables sellos que anuncian el éxito en ventas: 16ª edición. Bien. Pero, en los tiempos que corren, el éxito no se mide solo en ejemplares despachados. Hay, tras ese éxito, un ingente número de booktubers que la exhiben como el rescate literario del siglo. No es difícil imaginar mi incomodidad: la que se siente cuando manosean tu vaca sagrada, antaño reservada a los creyentes y elegidos. Reconozco que soy víctima de mis propios prejuicios —los admito, aunque no los subsano—, pero ahí están.
Es fácil comprender por qué Noches Blancas encaja en el constructo de las redes sociales: es un relato corto, clásico pero asequible, hermoso, actual a su manera, con ese punto de tragedia, paroxismo y afectación que lo vuelve inolvidable. Así me lo pareció en la relectura que le dediqué hace un par de años. Por fortuna, yo ya no soy el mismo que entonces. Por fortuna también, Noches Blancas sí lo es.

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