5.8.25

Diario XXXVII





Pese a que no ha pasado tanto tiempo, me sorprende la relación que he establecido con el recuerdo de nuestro viaje a Japón. Pocas veces antes me había asaltado un sentimiento de añoranza tan agudo, tan cierto: la sensación abrumadora de haber dejado atrás un lugar al que, de algún modo, pertenece un fragmento de tu alma, por pequeño e irrisorio que sea. Y, como ocurre con todo sentimiento compartido, su verdad se intensifica hasta alcanzar una condición casi sagrada. Sí, mi mujer y yo descansábamos de igual modo nuestro espíritu sobre esa experiencia en el archipiélago, no solo porque fuera nuestra honeymoon. Lo hacíamos porque allí aprendimos y saboreamos aquello que, ahora lo entendemos, necesitábamos para existir y que ahora nos falta: el silencio, la amabilidad, el gesto pleno de significado. La convivencia. La Paz. Esta última, quizá nunca antes experimentada con tanta claridad. Tal vez una de las pruebas más sugestivas de esa ligereza del espíritu se reflejó en el ritmo lector que nos acompañó allí: es cierto que los largos trayectos en tren bala daban para mucho, pero la calma absoluta, la ausencia de distracciones más allá de la magnificencia del paisaje que asomaba por las pequeñas ventanas del Shinkansen, nos hizo devorar a los Mishima, Sōseki y Kawabata que llevábamos en las mochilas.



Lo cierto es que durante bastante tiempo evité esa sensibilidad literaria nipona que asociamos a la pausa, al talante contenido, a la contemplación. Y así ocurrió hasta que Yukio llegó a mi vida con El rumor del oleaje. No sé si era Mishima quien me hablaba con una voz a la que yo, erróneamente, asignaba una occidentalización, o si, al contrario, sus valores encontraron eco en un lector que había cambiado mucho, que sentía sus inquietudes renovadas por una serie de temas y principios que, ahora sí, le apelaban. No puedo desentrañar esta cuestión sin analizar los cambios que, desde 2017, se han operado en mí y que, entre otras cosas, han espoleado mi ritmo lector de una manera extraordinaria. Apartar el foco de todo aquello que me había distraído; de lo superfluo, de esa autocompasión que entendía que me debía a mí mismo, me permitió ahondar en aquello que merece el tiempo invertido y que, a la postre, no es un menú demasiado copioso: la integridad, la lealtad (los demás), el sentido de justicia. Es difícil construir principios morales de cierta altura sin la consecuente autoestima, el conocimiento y la pausa. Las vidas extra que concede la literatura hacen mucho por eso, y creo que era un entusiasmo de lo más placentero pasar las páginas de El pabellón de oro al tiempo que observaba su reflejo desde el otro lado del estanque, allí en Kioto. Mishima habla de un puñado de cosas que siempre son las mismas y que, por mucho que su sesgo ideológico sea peliagudo, no nos parece demasiado arriesgado coincidir en su nostalgia por ciertos valores olvidados, y que querríamos tener de vuelta. Comparto con él mi desprecio por la cobardía, por esa banalidad que nos empapa en este día a día. Y comparto, también, su obsesión por la culpa y la vergüenza, lo que me lleva a la lectura que más disfruté en mientras recorríamos el país del sol naciente: Kokoro, de Natsume Sōseki.



Kokoro 
Natsume Sōseki, 1914  
Editorial: Satori  
Traducción: Carlos Rubio

A menudo pienso en lo mucho que miramos hacia dentro, hacia ese yo que todo lo mancha y que, si tuviésemos siquiera una vaga idea, un mínimo conocimiento útil de lo que somos y cómo encajamos, seríamos mucho más felices interesándonos más por el modo en que nos relacionamos con el mundo, con el prójimo. Es uno de los temas que más frecuento en los últimos tiempos: el ego, la construcción del carácter, la forma del amor propio, la generosidad de quien ofrece su tiempo. Tiempo y dinero, que es casi lo mismo. Así es. Y en ese ofrecimiento desinteresado he situado las coordenadas de mi comportamiento. En Kokoro, esa tensión entre el yo y el otro, entre lo que damos y lo que ocultamos, se convierte en el eje de una historia que, bajo su apariencia contenida, vibra con una fuerza emocional difícil de olvidar.

No imagino una correcta existencia sin la culpa y vergüenza antes mencionadas: es difícil concebir cierto código sin ellas. Del perdón entiendo menos; es un constructo con el que me cuesta empatizar. Quizá el perdón sea, como podría pensar el sensei protagonista de Kokoro, una bagatela útil para los débiles de espíritu. O para quienes buscan olvidar sin comprender. También Jim, el héroe trágico de mi lectura más reciente, parece habitar esa misma frontera donde el perdón se vuelve imposible. Por eso siento que debo establecer algún tipo de conexión entre ambas lecturas.

Sensei vive bajo el peso de un pasado que condiciona cada gesto de su existencia. Sōseki lo presenta como un hombre marcado, alguien que ha elegido una vida retirada, con una desconfianza hacia los vínculos que parece imposible de reconducir. Su relación con el joven discípulo, narrador de buena parte de la historia, es casi un espejismo: parece tender un puente, pero en realidad prepara el escenario de su confesión final. Pese a todo, no es un acto de liberación, sino una sentencia. Al compartir su verdad, Sensei se destruye, porque en el universo moral que habita no hay perdón posible. Esa incapacidad de aceptarse, esa lealtad feroz a una culpa que se ha vuelto identidad, es lo que hace de Kokoro la lectura dolorosa que es. Por otro lado, con un estilo mucho más occidentalizado de lo que se pudiese pensar, y que la hermana con algunos clásicos europeos del S.XIX. Sensei, a través de su autor, me hace vislumbrar de manera clara el porqué de mi dificultad al lidiar con el yo de mi pasado, mi imposibilidad de tolerarlo. Y eso, entre otras tantas cosas, es lo que hizo la lectura de Lord Jim tan emocionante para mí: esa dificultad para reconciliarse con el error, con el defecto. Si en Kokoro el escenario es la intimidad contenida de un Japón en histórica transición, en Conrad el drama se despliega en océanos lejanos, en colonias remotas, en un mundo exótico que rezuma aventura, pero donde la oscuridad es poderosa y el ser humano, en el fondo, poco bienvenido. Jim, como Sensei, es un hombre marcado: su vida queda definida por un solo acto de cobardía, el abandono del Patna, y todo lo que viene después no es más que un intento de redimirse. Conrad construye una narración compleja, de múltiples voces, con ese Marlow que ya conocemos de El corazón de las tinieblas, y donde la figura de Jim se va tejiendo a partir de recuerdos, testimonios y silencios —tantos silencios—. En ambas novelas rebosa la misma pregunta: ¿puede un hombre perdonarse a sí mismo (y por tanto, construirse de nuevo) cuando ha fallado a aquello que consideraba sagrado? 





Lord Jim
Joseph Conrad
, 1900  
Editorial: Pre-textos 
Traducción: José Manuel Benítez Ariza

Quizá lo que une a Sensei y a Jim, más allá de los océanos y las épocas, es que ambos se asoman demasiado hacia el abismo de sus almas. Sus vidas están dominadas por una conciencia que no les concede respiro, por un yo que se convierte en cárcel. Me pregunto si esa mirada tan interior, tan cerrada sobre sí, no es en realidad lo que nos aparta de lo esencial: del otro. Y en ambas novelas tenemos muchos de esos otros, que se quedarán.

En fin, que no sé si uno debe buscar la paz a cualquier precio. Habría que preguntarle a los habitantes de ese país ficticio que es Patusan, donde Tuan Jim decide redimirse, de un modo u otro. En cualquier caso, qué dos libros. Qué obras maravillosas. Qué perfecto viaje.





 

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