15.12.25

Diario XXXVIII

Pienso en los rostros de Diane Keaton, de Robert Redford, de Claudia Cardinale, pienso en que nunca olvidaré el año en que desaparecieron, en si en realidad es un homenaje que interpreta mi corazón, un acto de misericordia, de solidaridad que sólo yo puedo percibir, porque este ha sido el año en que ha muerto mi madre.

El rostro de mi madre, el rostro hermosísimo de su juventud, que yo relacionaba con los grandes mitos de Hollywood, que me agarra con fuerza.

La pérdida arrastra consigo una época entera. Se resquebraja no sólo un vínculo, sino el marco en el que ese vínculo tenía sentido: mi juventud, o mi no vejez, esa de futuro incierto y por ello pleno de posibilidades, de continuidad casi despreciable. De pronto, la biografía propia deja de parecer una línea más o menos recta y se vuelve quebrada, con un antes y un después difíciles de confundir. Mi después es la plena aceptación de mi efimeridad. De la tragedia suprema. Repleta de pequeñas tragedias en miniatura, más íntimas, menos visibles: me descubro pleno de todos los silencios, y en ellos muy vivo el duelo irrenunciable. Pleno de la certeza material de lo que queda, todo lo que se deja atrás en forma de objetos. Joyas, los ropajes que han tocado su piel, su caligrafía sobre el papel, fotografías, cuadros: una geografía material inmensa, asfixiante. El sistema de signos que hay que interpretar, ordenar, guardar o soltar. ¿qué se deja ir?, ¿y qué dice de quien ya no puede explicarse? ¿Por qué la inmensa angustia de lo indescifrable?

Leías Cumbres Borrascosas, el último de los libros que me pediste. Mi mirada se agota mirando el punto de lectura ahí donde se ha quedado. Busco una explicación a todo esto. A su vida.  Sabiendo que yo mismo no me explico sin ella. 

Será tiempo y vacío. Y la tarea de reescribir quién es uno cuando la voz que lo nombraba ya no está.


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