20.1.26

Diario XXXIX






Memorias de Leticia Valle
Rosa Chacel, 1945
Editorial: Comba

Recuerdo con nitidez lo que sentía de pequeño, en la escuela, al observar a las niñas que compartían conmigo el aula. Al ser consciente de que, de repente, manejaban un código que me era absolutamente ajeno. Yo habitaba un mundo plenamente infantil, del que no sentía ni deseo ni posibilidad de emanciparme, y que parecía discurrir en paralelo al que ellas frecuentaban. Era inevitable verse invadido por la curiosidad, por el profundo deseo de encontrar una puerta de acceso, que era concedida a aquellos que abandonaban el lenguaje del juego, del niño. La madurez me provocaba miedo, su seducción nunca espoleó mi carácter. Para bien, también para mal.

Recordaba, pues, esas escenas en el aula al conocer en primera persona a la protagonista de Memorias de Leticia Valle, que abre esa puerta vedada al mundo interno de una mujer-niña que observa más de lo que debería y comprende más de lo que dice. Una consciencia precoz, pero no impostada; nunca condescendiente.

Lolita jamás me gustó. La voz de Humbert me desagrada, nada de lo que me cuenta me interesa más allá del aspecto formal de su prosa como vehículo. Aunque la obra de Rosa Chacel pueda parecer que transita territorios similares —el deseo, la mirada sobre la infancia, la deconstrucción de un mundo moral—, creo que la diferencia esencial reside en quién posee la voz. Aquí, Leticia escribe. Transita las páginas su mirada, aunque sea con la vacilación propia de una edad que no debería poder comprender lo que comprende. Su inteligencia es real, me subyuga, me seduce; a ratos la temo, como se teme a los objetos cuya naturaleza escapa a nuestra comprensión. Sin duda ese es uno de los deseos de Chacel, porque no es esta una lectura amable, sencilla. Hay en esta novela una carga enorme en lo que no se dice. Es una narración sesgada y construida a base de silencios, ausencias; de elipsis y huecos que el lector debe rellenar a su manera, con la intuición por bandera. En la ambigüedad moral, en la omisión, se construye gran parte de su fuerza literaria.

Leticia me intriga, como me intrigaba el mundo de mis compañeras. Nunca ababa de ocurrir. De suceder. Me acobarda. Pero la prosa sutil, sin aspavientos, depurada de Rosa Chacel, hace que no sea gran problema capear ese miedo, y dejarse llevar por el disfrute que proporcionan las grandes obras. Que esta lo es. 



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