23.2.17

noches rotas, flores dobladas



Antes, escribía cuando estaba triste, 
y recuerdo haberlo estado a menudo.

Ahora, ni siquiera esa excusa me alcanza. 
La soledad intrínseca a mi naturaleza ha devorado todo atisbo de léxico y voz, si es que alguna vez lo hubo. 
Observo el día a día desde un limbo situado a medio camino entre mi profundo desprecio por la realidad, y el amor que siento por la vida, por la posibilidad de ella.

Es agotadora la belicosidad que hallo en ese intersticio, en esa hendidura a la que nadie ha de acudir. 
Me viene Pizarnik a la cabeza:


          Los que llegan no me encuentran, 
          los que espero ya no existen.


Las noches magnifican con cruel virulencia todo lo extinguido. Erosionan. 

Tanto.

2.2.17

ornitología



Sin duda este cansancio
me agota la mirada;
ya plenamente conquistada,
manoseada
rectificada
por las espaldas
de aquellos que aún quiero:

Padre,
madre;
el hermano
y sus pájaros.

Sabed que
tengo un sueño
donde os grito,
un sueño donde soy
el niño que fui
y donde mi voz es un hilo
sin aguja enhebrada
y mi afecto, menudo
pero deseando asfixiarse
apenas consumido,
como un pozo
rebosante de agua dulce.

Déjenme seco, suplico, y yo podré escribir

de papá y su tabaco,

de mamá
y su ausencia,

del hermano
y sus pájaros,
-que él miraba tanto
y yo ahora miro
por si encuentro en ellos
lo que en él quiero-.

                                             Azores, milanos,
                                                  garzas,
                                                      una alondra común

Y yo en el sueño confundiendo buitres leonados
con quebrantahuesos,
y la mirada orgullosa de ellos
sin espaldas, todo ojos
en el sueño donde soy
el niño que fui.



Pero al despertar ya no confundo aves carroñeras,

y la aguja mide bien 
sus puntadas,

y ya no soy el niño que fui,

y todo espaldas,

y el pozo que aún rebosa

y esta tristeza atónita
del que envejece
sin ser encontrado. 
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