Es ahora, aquí en medio de una pandemia que no vivirás, delante del espejo donde ejercito mi cuerpo dolorido, que caigo en la cuenta de que llevaba más años de existencia contigo en mi vida, que fuera de ella. Y yo, que nunca he otorgado importancia a la antigüedad de una amistad cuando se trata de medir sus galones, me sorprendía ante semejante hecho, y rememoraba el día que te conocí, que fue el mismo en el que comenzamos 1º de bachillerato. Y aunque nada de aquella época me merezca apenas concesión alguna a la nostalgia, no puedo obviar el hecho de tu proximidad, de la categorización como amistad a la relación que nos tenia como protagonistas, a la mutua presencia en esos escenarios adolescentes que clavan con toda rotundidad su esencia (ruidos, aromas, sabores) en el córtex cerebral, y que oscilaban estacionalmente entre bares y conciertos, tugurios y partidas de rol, abrazos y risas.
Y sin embargo esa argamasa nuestra, a menudo granítica al fraguar, siempre echó en falta el elemento aglutinador por excelencia: la complicidad. En sustitución de ella, sin embargo, aparecía la inercia, que a ratos daba paso a esa extraña lealtad que me caracteriza, a un compromiso antiguo del que ya no recordaba los términos. No nos parecíamos; nuestras conversaciones apenas lograban tocarse cuando se individualizaban, una perplejidad primitiva levantada por tu tremendamente complejo carácter, me mantenía alejado. Y como las obras de un edificio de viviendas eternamente pausadas por la crisis del 2008, que dejan a la vista sus forjados de hormigón cual esqueleto; nuestra amistad, que hacía tiempo anunciaba su deceso, se resistía al derrumbe: ahí estaba; existía, seguía conservando la categoría. Inerte sin embargo, un pecio lleno de recuerdos compartidos. Pocas cosas resultan tan tristes como comprobar que nada tienes que decirte con otro ser humano, tras veinte años conociendo su nombre, compartiendo historia.
El pasado 24 de diciembre decidiste quitarte la vida. Mi penitencia parece ser la búsqueda de esa última conversación para reproducirla en mi cabeza, para representar un último acto de celebración que ya no tendrá lugar, entre dos viejos conocidos. Y la duda, la eterna duda en forma de pregunta: ¿tan sola estabas?
Hasta siempre, S.
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