Quién podría envidiar el horario que me asignaron a principio de curso, especialmente en este primer cuatrimestre. Tardes ocupadas, desde las tres hasta las nueve de la noche, viernes inclusive. ‘A nadie le podría apetecer estar en el centro a esas horas, en la antesala de un fin de semana, pero lo que te puedo asegurar es absoluta tranquilidad’. Esto es lo que me decía Alicia, precisamente la jefa del departamento de comunicación, al que dedico esas tres últimas horas de los viernes.
Alicia me cayó bien desde el principio. Aunque le adivinaba unos años más que yo, todo lo que proyectaba hacia el exterior dejaba la impronta de una edad mucho más joven; desde la modulación de su voz, hasta su vestimenta, pasando por la gestualidad, la energía vigorosa de su persona, y unos ojos claros en constante sonrisa. Por otro lado, y más allá de filias artísticas compartidas, supongo que el hecho de ser ambos nuevos en el centro educativo favorecía el establecimiento de una complicidad no declarada, pero aceptada por las dos partes.
Nada de esta cuestión es, a pesar de todo, especialmente reseñable. La afabilidad y la diplomacia son aspectos que no he dejado de cultivar a lo largo de los años, sin duda de gran ayuda a la hora de relacionarse con el departamento, el claustro mismo.
En realidad, fue un detalle absolutamente nimio el que dotó el viernes pasado de un carácter extraordinario. Un viernes en el que, por unas u otras circunstancias, llevaba más de 10 horas en el centro. Igualmente, yo estaba decidido a cumplir el horario establecido hasta las 21h, tiempo restante que dedicaría a la preparación de algunos documentos relacionados con la redacción de un nuevo máster. Cuando llegué a la puerta del departamento a las 19:45, con mi llave en la mano, allí estaba Alicia saliendo del mismo y cerrándolo con la propia.
—¿¿A dónde se supone vas, P.??
—Aprovecharé para adelantar cosillas hasta las 21h.
Muestra una sonrisa en sus ojos a medio camino entre la jocosidad y la ternura (las mascarillas así intensifican nuestras percepciones)
—P., no pienso dejarte entrar; llevas desde las 10 por aquí, y hoy es el viernes de un puente. Cierro esto a cal y canto.
No tarda mucho en convencerme. Bajamos juntos, y en la puerta me agarra del brazo tiernamente, deseándome unos felices días libres.
Ignoro qué recóndita fibra tocó con su amable gesto, pero en ese momento no quise otra cosa que ponerme a llorar y abrazarla. Por supuesto, mantuve la compostura, preguntándome más tarde hasta qué punto algún tipo de carencia de afecto me ha dejado desarmado ante muestras desinteresadas de este tipo. Que el amor materno me ha sido esquivo no es ningún secreto insondable; sin embargo, no es hasta la llegada de estas escenas inesperadas cuando se es capaz de atisbar el tamaño de un vacío tímidamente doloroso, sorprendentemente profundo.