15.8.24

Diario XIII




Leí este libro porque no dejaba de recordar a mi abuela muerta. Acordarme no es en realidad el verbo más exacto y, consciente de ello, pensé que De Vigan podría ayudarme a poner en palabras más adecuadas la naturaleza precisa de mi congoja. Y así ha sido. Además, ya sólo quiero escribir sobre libros. En realidad, dado el carácter holístico de eso que llamamos literatura, suena a un eufemismo premeditado. Y así es. 

Las gratitudes es un libro pequeño, urdido con ese lenguaje en apariencia sencillo de la autora francesa. Pequeño si atendemos al número de páginas, pequeño en sus ambiciones. Me lo habría tomado mal de otro modo, si me hubiese topado con la impostura de lo afectado, del exceso. No, no (le) hace falta. Vejez, memoria. Deudas. Y esa absolución que quién sabe lo terrenal que puede ser. 
La ausencia que resulta de la muerte es irresoluble, pero las lágrimas por ésta pueden ser suaves, si la palabra lo permite. Yo las tuve para ella. Disfruto de esa paz.

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