Hablaré de esa huella, y de algunas más. (O, dicho de otro modo, el rescate de todo lo que escrito sobre mis lecturas desde el año 2017)
Nada se opone a la noche
Delphine de Vigan, 2011
Editorial: Anagrama
Traducción: Juan Carlos Durán
Su lectura deja tras de sí a un personaje memorable de carne y hueso como es Lucile, y la profunda sensación de que jamás olvidaremos su historia.
Qué huella indeleble.
Cumbres Borrascosas
Emily Brontë, 1847
Editorial: Alba
Traducción: Carmen Martín Gaite
Uno de los grandes enigmas de la literatura yace en torno a la idea que llevó a la extraña categorización de Cumbres Borrascosas como paradigma de la novela romántica. Entendiéndose romántica no como el movimiento cultural al que efectivamente las hermanas Brontë estaban circunscritas, —sin duda bebieron más de una vez de Byron o Mary Shelley— sino como género que hace las veces de receptáculo de historias cuyos equívocos, aventuras y enredos amorosos son las base del caldo. Y, si bien la terrible relación que se establece entre esos dos seres vivos que, en palabras de la narradora 'no parecían pertenecer a mi especie', está motivada por lo que alguien pudiera llamar amor; la naturaleza enfermiza, fantasmal y destructora del pulso que gobierna sus vidas no es otra cosa que asfixiante horror gótico, un torrente de oscuridad que envuelve al lector con la misma avidez que la niebla engulle el brezo y las rocas desnudas de los páramos de Yorkshire.
Heathcliff encarna, como bien señala Lovecraft en su ensayo sobre literatura de terror, el escalofrío ante lo desconocido; un niño sin pasado, de oscuro aspecto que apenas sí sabe expresarse en una extraña jerga, y con el que Emily juega extraordinariamente la carta de la narradora: ¿Dónde consiguió su riqueza?, ¿qué busca incesantemente en sus escapadas nocturnas?, ¿a qué dedica esas interminables horas encerrado en sus aposentos? Tan sólo podemos elucubrar. Lo sobrenatural invade la novela, y el vehículo con el que alcanza a todos sus protagonistas es el propio Heathcliff, atormentado hasta el paroxismo y la locura. No son pocos los ensayos y análisis que interpretan esta historia como un primerizo cuento sobre vampirismo. Tan vez no estén muy equivocados.
Cumbres Borrascosas es una novela única, fruto de un genio magnífico como fue el de Emily Brontë, cuya pluma de inmensa categoría dibujó a través de unos personajes inolvidables el infierno resultante de la pasión descontrolada y del egoísmo humano, como pocas veces se ha hecho. Y, por si eso fuera poco, tiene algo más: Es de esas que te agarran para no soltarte, sí, tal vez como aquella mano fantasmal a través de la ventana, suplicando entrar...
Las vírgenes suicidas
Jeffrey Eugenides, 1993
Editorial: Anagrama
Traducción: Roger Costa
Hay algo francamente gótico en esta novela; tal vez el misterio de las vidas de las hermanas Lisbon, intuidas, etéreas y carnales al tiempo; tal vez la atmósfera que despide el receptáculo físico de su universo, esa vivienda cuya decadencia material refleja esa otra espiritual, la de sus habitantes. Es posible que sea cosa también del empeño de Eugenides en empapar al lector con el aroma, los colores y sabores de la triste naturaleza que embarga ese exiguo espacio habitable de Michigan. Como ocurre en Nada se opone a la noche, la narración en primera persona nos hace partícipes de unas vidas tan melancólicas como atractivas, de las que apenas hemos podido saciarnos.
En las páginas finales, la novela habla del egoísmo como postrero ímpetu de las hermanas en la consecución de sus muertes; tal vez ese egoísmo también sea el de los espectadores, ávidos de unas existencias que, pese a su brevedad, parecían dotar de contenido a las propias, tan prosaicas y aburridas.



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