24.8.24

Diario XVII



Buenos días, tristeza 
Françoise Sagan, 1954 
Editorial: Plaza & Janés
Traducción: Noel Clarasó

Las buenas novelas son a menudo difíciles de categorizar, y ésta, que es por derecho propio un perfecto homenaje al hedonismo mediterráneo y a la frágil veleidad adolescente, tan pronto se transforma en ese verano idealizado con el que se sueña y que contadas veces se vive, -salvo en los años jóvenes-, repleto de salitre, oleaje y sudor; como se convierte en un melodrama de intensidad inusitada, sombrío y desangelado. El estilo de Sagan es irreprochable, y a él se le debe la facilidad con la que la narración cambia página tras página de humor; ese humor díscolo de Cécile con el que será muy complicado no identificarse, aunque sea a costa de desenterrar lo que creíamos ya olvidado.




Los miserables
Victor Hugo, 1862
Editorial: Alianza
Traducción: María Teresa Gallego Urrutia

Son obras así las que justifican haber aprendido a leer. Las que, intuyo, demuestran de forma fehaciente que aquello valió la pena. Cómo no iba a ser así, con semejante despliegue de humanidad, de tanta erudición sin parangón que recorre las 1600 páginas de Los Miserables. Al igual que otras grandes obras de la literatura universal, esta novela es de esas que encierran muchas más; aquí hay un poco de folletín y otro tanto de ensayo histórico, de Nuevo Testamento y de Manifiesto Comunista. Es una aventura apasionada, un estudio social profundísimo, un lienzo que se eleva por encima de la vida misma de sus dramáticos personajes. Y en todos ellos Victor Hugo imprime una fuerza de espíritu que hace imposible no adorarlos; sufrir con ellos si es que sufren, reír con ellos si es que ríen. Contagiarse de la paz y el perdón que ansían.

De poco sirve ahondar en los detalles de una trama adictiva y muy sensible a los spoilers; toda una montaña rusa emocional. Y, claro, cuando el tren llega a la última parada, efectivamente el vacío es considerable. Así son lo grandes libros, dejan a uno con una satisfecha sensación de abandono. Así son estas despedidas: un asunto hermoso y triste al tiempo.

No puedo dejar de mencionar a Gavroche. Qué elemento, qué chaval.




La guerra no tiene rostro de mujer
Svetlana Alexiévich, 1983
Editorial: Debate
Traducción: Ioulia Dobrovolskaia y Zahara García González

“En la pared del Reichstag escribí: Yo, Sofía Kuntsévich, he venido hasta aquí para matar la guerra”

Es difícil imaginar que haya existido en toda la historia un lugar más inhumano y trágico que el frente ruso durante la Segunda Guerra Mundial. Y, sin embargo, parece que hasta ahora no hemos tenido a nuestro alcance información verdaderamente completa y veraz; sólo fragmentos sesgados, parciales y, finalmente, interesados. Por un lado el mundo occidental, sus historiadores y cineastas que durante años afrontaron el esfuerzo de endosar la victoria final sobre Alemania en hombros anglosajones. Por otro, el estalinismo y sus lodos, censura mediante, fiel a su idea de que en la Gran Guerra Patria sólo cabía la épica, el honor y el arrojo. El hecho de que este libro de Svetlana Alexiévich se antoje como una crónica definitiva de tal momento en la historia del S.XX no sólo justifica por sí solo todo un premio Nobel (un esfuerzo titánico el de la periodista bielorrusa, recorriendo miles de kilómetros en su país, en las cintas magnetofónicas, para hacer cientos de entrevistas) sino que lo convierte en experiencia inolvidable.

Un millón de mujeres combatieron en las filas del ejército rojo: francotiradoras, pilotos, tanquistas, enfermeras, zapadoras... y lo hicieron en Kursk, en Stalingrado, en el paso del río Dniéper, en Leningrado y hasta el asalto final a Berlín. Sus testimonios son únicos: hay que leerlos, por la sencilla razón de que jamás pudieron explicar su guerra anteriormente (llena de miseria, de sacrificio, de sangre; de generosidad, valentía, amor) y porque probablemente no exista retrato más fiel del inmenso horror que se vivió en Europa oriental desde 1941 hasta 1945.

La primera parte del libro es cruda (un detalle de entre tantos que muchas de ellas repiten es cómo se congelaba la sangre en los uniformes, haciéndolos duros como roca); el último tercio, sencillamente estremecedor. 

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