Siempre que recomiendo Pedro Páramo, lo hago indefectiblemente con este consejo: léanlo dos veces seguidas. Pues bien, La mucama de Omicunlé comparte con la obra de Rulfo esa necesidad de lectura duplicada. Y no sólo eso, hay otra cosa más que las hermana: ambas son magníficas.
Rita Indiana saca músculo con una trama en extremo cuidada; inteligente en su engranaje de líneas temporales que giran, se yuxtaponen, confunden y, finalmente, se consumen al unísono en un final agridulce, brillante. No es fácil poseer una voz propia; aquí la hay, y sale airosa de la ambición que supone tratar temas tan dispares como la herencia cultural extinta, la critica política, el activismo ecológico, la identidad de género o la naturaleza del arte. Y, por si fuera poco, todo ello a través de la ciencia ficción y la distopía, para envidia del mismísimo Neal Stephenson. Homenajes y guiños a la cultura de masas, ya sea Dragon Ball o el pop de Abba, se suceden sin que las páginas pierdan un ápice de integridad. Eso es lo mejor. A Rita Indiana te la crees a pie juntillas, una baza que justifica por sí misma esta lectura.
Elena Ferrante es una magnífica escritora, y es un placer situarla en mi panteón particular junto a nombres como Gornick o De Vigan, porque de hecho lo merece. Su prosa es delicada al tiempo que musculosa, exigente al tiempo que empática; leyéndola da la sensación de ser una autora capaz de enfrentarse a casi cualquier cosa con una seguridad granítica. Y estoy hablando de forma, pero el fondo también estimula. En el caso de La hija oscura, vuelvo a emparentarla con obras como Apegos feroces o Nada se opone a la noche, pues esta historia también trata de mitologías familiares, de arqueología emocional, de confesionario impío: Una madre que experimenta hacia sus hijas una animadversión a priori tan natural como habitualmente tildamos el sentimiento opuesto: amor incondicional hacia ellas. Una expiación de pequeño cosmos, de detalles de humanidad hiriente, y todo estructurado a una escala humilde, esas que sólo funcionan si detrás hay verdadero talento.
A Elena hay que leerla siempre, y siempre recordaré esta obra como la que me descubrió a una de mis autoras contemporáneas más queridas.
Anna Karénina
Lev N. Tolstói, 1877
Editorial: Alba
Traducción: Víctor Gallego
Si mañana mismo unos extraterrestres se presentaran en la tierra y quisieran entender sobre las pasiones que gobiernan las vidas de los seres humanos, sobre su naturaleza contradictoria y egoísta; si se preguntaran sobre la eterna insatisfacción de nuestros anhelos, sobre nuestra melancolía y sobre esa sombra que proyecta la muerte en nuestras almas, probablemente habría que recomendarles la lectura de Anna Karénina. Porque esa es la razón de ser de la novela: someter la imperfección del ser humano al preciso bisturí de Tolstói, desgajar el retrato psicológico de una galería de personajes perfectamente recreados para goce de la imaginación. Y en ese afán, su autor hace de esta una narración definitivamente inmovilista, cuyos protagonistas parecen ver continuamente coartados sus deseos y planes, dando una sensación cíclica de la acción; una acción contenida que a ratos hace amago de continuidad, pero que no va más allá para frustración de sus personajes y lector.
La prosa de Tolstói puede ser más práctica que elaborada, más económica que poética; sin embargo, docenas de pasajes se elevan sobre esa aparente sencillez: la escena en las carreras de caballos, el encuentro final entre Levin y su hermano, la descripción de los trabajos en el campo... Y por encima de todas ellas destaca la séptima parte por entero, esa disertación catártica de Anna que anticipa a Joyce, verdadero manifiesto de una misantropía que encierra sobre sí toda la fuerza de su personaje. Sólo por llegar a ella, intuyo que valen la pena estas 1000 páginas a ratos tan estancas.



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