20.8.24

Diario XVI

Quizás, pensaba, debiera categorizar estas últimas entradas (y las que vendrán) como un diario de lectura. Pero es que no soy capaz de disociar la vida misma de los libros. 




La mucama de Omicunlé
Rita Indiana, 2015
Editorial: Periférica

Siempre que recomiendo Pedro Páramo, lo hago indefectiblemente con este consejo: léanlo dos veces seguidas. Pues bien, La mucama de Omicunlé comparte con la obra de Rulfo esa necesidad de lectura duplicada. Y no sólo eso, hay otra cosa más que las hermana: ambas son magníficas.
Rita Indiana saca músculo con una trama en extremo cuidada; inteligente en su engranaje de líneas temporales que giran, se yuxtaponen, confunden y, finalmente, se consumen al unísono en un final agridulce, brillante. No es fácil poseer una voz propia; aquí la hay, y sale airosa de la ambición que supone tratar temas tan dispares como la herencia cultural extinta, la critica política, el activismo ecológico, la identidad de género o la naturaleza del arte. Y, por si fuera poco, todo ello a través de la ciencia ficción y la distopía, para envidia del mismísimo Neal Stephenson. Homenajes y guiños a la cultura de masas, ya sea Dragon Ball o el pop de Abba, se suceden sin que las páginas pierdan un ápice de integridad. Eso es lo mejor. A Rita Indiana te la crees a pie juntillas, una baza que justifica por sí misma esta lectura.




La hija oscura
Elena Ferrante, 2011
Editorial: Lumen
Traducción: Edgardo Dobry

Elena Ferrante es una magnífica escritora, y es un placer situarla en mi panteón particular junto a nombres como Gornick o De Vigan, porque de hecho lo merece. Su prosa es delicada al tiempo que musculosa, exigente al tiempo que empática; leyéndola da la sensación de ser una autora capaz de enfrentarse a casi cualquier cosa con una seguridad granítica. Y estoy hablando de forma, pero el fondo también estimula. En el caso de La hija oscura, vuelvo a emparentarla con obras como Apegos feroces o Nada se opone a la noche, pues esta historia también trata de mitologías familiares, de arqueología emocional, de confesionario impío: Una madre que experimenta hacia sus hijas una animadversión a priori tan natural como habitualmente tildamos el sentimiento opuesto: amor incondicional hacia ellas. Una expiación de pequeño cosmos, de detalles de humanidad hiriente, y todo estructurado a una escala humilde, esas que sólo funcionan si detrás hay verdadero talento. 

A Elena hay que leerla siempre, y siempre recordaré esta obra como la que me descubrió a una de mis autoras contemporáneas más queridas. 




Anna Karénina
Lev N. Tolstói, 1877
Editorial: Alba
Traducción: Víctor Gallego

Si mañana mismo unos extraterrestres se presentaran en la tierra y quisieran entender sobre las pasiones que gobiernan las vidas de los seres humanos, sobre su naturaleza contradictoria y egoísta; si se preguntaran sobre la eterna insatisfacción de nuestros anhelos, sobre nuestra melancolía y sobre esa sombra que proyecta la muerte en nuestras almas, probablemente habría que recomendarles la lectura de Anna Karénina. Porque esa es la razón de ser de la novela: someter la imperfección del ser humano al preciso bisturí de Tolstói, desgajar el retrato psicológico de una galería de personajes perfectamente recreados para goce de la imaginación. Y en ese afán, su autor hace de esta una narración definitivamente inmovilista, cuyos protagonistas parecen ver continuamente coartados sus deseos y planes, dando una sensación cíclica de la acción; una acción contenida que a ratos hace amago de continuidad, pero que no va más allá para frustración de sus personajes y lector.

La prosa de Tolstói puede ser más práctica que elaborada, más económica que poética; sin embargo, docenas de pasajes se elevan sobre esa aparente sencillez: la escena en las carreras de caballos, el encuentro final entre Levin y su hermano, la descripción de los trabajos en el campo... Y por encima de todas ellas destaca la séptima parte por entero, esa disertación catártica de Anna que anticipa a Joyce, verdadero manifiesto de una misantropía que encierra sobre sí toda la fuerza de su personaje. Sólo por llegar a ella, intuyo que valen la pena estas 1000 páginas a ratos tan estancas.

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