5.9.24

Diario XIX



Fahrenheit 451
Ray Bradbury, 1966
Editorial: Minotauro
Traducción: Francisco Abelenda

Leído de nuevo 25 años después, la impresión no puede ser la misma; ni el lector es aquel adolescente que devoraba toda la ciencia ficción que caía en sus manos, ni el mundo en el que vivía un lugar profundamente interconectado. Y en ese sentido, Fahrenheit 451 no sólo no ha envejecido, sino que su poder profético se ha elevado asombrosamente. 

La mayoría conocemos la historia de su protagonista Guy Montag, y del lugar que habita: ese futuro distópico donde los bomberos jamás apagaron fuego alguno, pues su trabajo es -y siempre fue- quemar libros; objetos totalmente vetados por una sociedad que sólo ve en ellos discordia, sufrimiento y disidencia intelectual. El infierno que describe Bradbury en su novela tiene aroma de S.XXI: pantallas gigantes ocupan las paredes de las casas, donde se despliega un constante bombardeo de música, noticias y entretenimiento a la carta de tal efectividad que los ciudadanos ya son incapaces de escucharse a sí mismos, mucho menos al prójimo. La sociedad esclavizada por el conformismo y la resignación, anulada en su capacidad de relacionarse afectivamente. Terrorífico. Real. Fahrenheit 451 sigue pareciéndome la mejor obra de su autor, pues engrana en sus escasas páginas una poderosísima visión futurista con el aliento poético de su prosa, todo ello espoleado por una idea magnífica de relato cuyo poder fascinador ha hecho de este librito clásico entre los clásicos.




Mujercitas
Louisa May Alcott, 1868
Editorial: Austral
Traducción: Gloria Méndez Seijido

Leer de nuevo el clásico de Alcott se antoja una cuestión imperativa, dadas las recientes ediciones que recuperan el texto íntegro, acompañadas en su mayoría por nuevas traducciones, —esfuerzo siempre de agradecer en novelas con cierta edad—. Y, por si eso fuera poco, la última adaptación a la gran pantalla, por eso de no visionarla sin tener el texto fresco. 

Dicho esto, y habiendo disfrutado tanto de las tribulaciones de las hermanas March, como es normal teniendo en cuenta su madera de jugadoras del rol a lo hermanas Brontë, no puedo sino maldecir hasta quedarme afónico a los editores y demás personajes que sometieron a May Alcott a presión suficiente como para modificar una historia para la que, a buen seguro, la escritora tenía preparado un final muy distinto. Es increíble que conversaciones absolutamente modernas como las que protagonizan Jo, Amy y Laurie, coherentes con el diseño de sus caracteres, den paso a semejante colección de relaciones “deus ex machina” con sobredosis de moralina. Indigna un poco.

Hace unos meses leí un artículo en que su autor defendía el importante papel de los editores, poniendo de ejemplo obras como 'Moby Dick' o 'Los Miserables', y cuánto habrían ganado con la tijera. Me pregunto qué pensará de ‘Mujercitas’. O no. El artículo me horrorizó.




La pasión según G.H.
Clarice Lispector, 1964
Editorial: Siruela
Traducción: Alberto Villalba Rodríguez

La pasión según G.H. es, probablemente, la novela más difícil a la que me he enfrentado en los últimos años. Tal es el reto que impone Lispector al lector con este relato, que resulta sencillo imaginar cualquier alusión a su contenido como un acto absolutamente prosaico y superficial, por no decir innecesario. ¿Qué se puede decir ante esta obra? Para empezar, se trata de una prosa altamente sensitiva; sensitiva a la manera de los jardines renacentistas, cuya razón de ser era estimular a través de olores y sonidos; paisajes y texturas. Aquí Lispector construye su jardín particular, no sé si como caos ordenado o con precisión de relojero, pero con el que sin duda logra hostigar los cinco sentidos hasta alcanzar cotas de profundo terror psicológico y angustia material. Bien podría alojarse entre estas páginas tanto la claustrofobia de Repulsión, como las mentes pensantes de Silent Hill. El soliloquio kafkiano de la protagonista es capaz de atraparte ferozmente para expulsarte de la narración acto seguido, en la siguiente página. Es así su complejidad.

La escritora juega constantemente con la dualidad: infierno y paraíso, sol y oscuridad, dentro y fuera, futuro y pasado... y su empeño de verbalizar lo indecible conduce exactamente a un imposible espacio intersticial que pudiese existir entre todos esos polos opuestos; lo que a su vez lleva hasta uno de los conceptos más recurrentes de la obra, 'lo neutro'. Y ahí cabe todo lo que pueda desear Clarice, que se muestra ambiciosa en cada uno de los embates que propone para dar forma al miedo y sus consecuencias más primitivas.

Ni para todo el mundo, ni para cualquier momento. Pero profundamente impactante.

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