Neige Sinno, 2023
Editorial: Anagrama
Traducción: Neige Sinno
A lo largo del tiempo, impulsado quizá por una inclinación consciente hacia la categorización y la clasificación, he desarrollado una suerte de cartografía personal que organiza mis lecturas en función del impacto que ejercen sobre mí. Esta taxonomía literaria ha ido tomando forma con el transcurrir de los años, enraizada tanto en el ejercicio persistente de la lectura, como en periodos de aridez e introspección en los que apenas leo. De esta sistematización han emergido tres categorías fundamentales, ni excluyentes ni rígidas, que definen el modo en que ciertas obras logran acomodarse en mi fuero interno.
Triste tigre, de Neige Sinno, se inscribe en la tercera de estas categorías, aquella reservada a las obras que avivan en mí el deseo de escribir, que despiertan la necesidad de articular en palabras pensamientos íntimos, reflexiones difusas o relatos personales. La habilidad de Sinno para navegar entre la biografía confesional y el ensayo, tejiendo ambos géneros con una precisión notable, convierte su obra en un detonante inevitable de la empatía, interpelando al lector desde una honestidad desnuda que desarma y conmueve.
La autora reconstruye, desde la adultez y con una lucidez implacable, los abusos sexuales que sufrió durante casi una década a manos de su padrastro. Este relato se despliega desde la perspectiva de una Neige ahora madre, capaz de diseccionar las múltiples capas de su experiencia traumática, revelando las huellas indelebles que este abuso ha inscrito en su vida. Sinno aborda este proceso con el afán de desentrañar, a través del lenguaje, la manera en que se aprende a coexistir con el peso de una tragedia que se resiste a ser silenciada o superada, terminología que la propia autora no duda en despreciar.
Uno de los rasgos más notables de Triste tigre es su rechazo absoluto a la pornografía emocional o a los relatos de victimización exacerbada. Sinno rehúye tanto la autocomplacencia del sufrimiento como las narrativas de resiliencia que, en ocasiones, derivan hacia el pantanoso terreno de la autoayuda. Su prosa, despojada de sentimentalismos, resulta cruda e inteligente, transitando esa rara economía del lenguaje en la que aflora una cualidad poética sutil, deliciosa entre la amargura reinante.
El texto, como les pasa a lo grandes textos, despliega interrogantes en lugar de ofrecer respuestas cerradas. Esta riqueza reflexiva se ve reforzada por la propia revisión continua que la autora hace de su testimonio, un ejercicio que revela tanto la fragilidad como la fortaleza inherentes al acto de recordar y narrar: no hay aquí certezas inamovibles. En su lugar, Sinno presenta una exploración sin concesiones de la monstruosidad humana, de esa dimensión oscura que rara vez se desvanece por completo. Puede que, en última instancia, es lo que pretenda la magnífica puesta en escena de la lucha entre subjetividad y objetividad de una escritora con semejante carga.
El desierto de los tártaros
Dino Buzzati , 1940
Editorial: Alianza
Traducción: Esther Benítez
A menudo, cuando reflexiono sobre lo que me aporta la lectura, concluyo que me permite vivir muchas vidas, más allá de esta que tengo: física, limitada y temporal; apenas un borrador. Es un motivo tópico y recurrente, pero a mí me sirve. Digo esto porque, seguramente, se trate de una razón íntimamente ligada a la naturaleza de la hermosa obra de Buzzati, una de esas que solemos calificar como especiales o evocadoras. Y es cierto: La atmósfera lisérgica de esos muros levantados en mitad de lejanas montañas, y las vidas monótonas que transcurren entre ellos, invitan a reflexionar sobre el tiempo mismo y la naturaleza de la espera. En cierto modo, la vida que se escapa entre los dedos del protagonista, Giovanni Drogo, es un aviso silencioso al lector: no dejes que la tuya se desvanezca.
Lectura profunda, triste; seguramente, inolvidable.
El infinito en un junco
Irene Vallejo , 2019
Editorial: Siruela
Siento mucha simpatía por Irene Vallejo, vaya por delante, por si acaso este aspecto condiciona mi objetividad al esgrimir una opinión de su libro.
Irene tiene ese carácter –y me detengo en él porque está impreso en cada página– que oscila entre la erudición desenvuelta y una afabilidad sincera. Es de esas profesoras de las que te encariñas porque ama lo que hace. Quizás por eso El infinito en un junco tiene esa pátina divulgativa y accesible, como si quisiera materializar una idea recurrente en muchas de las historias que narra: el conocimiento debe ser un bien democrático. O al menos, el acceso a él.
Lo que tenemos aquí no es exactamente un ensayo, ni un anecdotario, ni una autobiografía sobre la relación de Irene con los libros. Es todo eso a la vez, y ahí está su genialidad. Que lo mejor esté en la primera mitad me parece irrelevante cuando hablamos de un auténtico éxito de ventas en nuestra Españita. ¡Un libro que trata fundamentalmente sobre cultura clásica! A mí me parece un milagro. Que haya generado críticas en ciertos círculos ‘elitistas’ dice también mucho, pero ¿para qué dedicar líneas a un asunto tan mezquino como la envidia?






