26.12.24

Diario XXXI



Triste tigre 
Neige Sinno, 2023 
Editorial: Anagrama 
Traducción: Neige Sinno

A lo largo del tiempo, impulsado quizá por una inclinación consciente hacia la categorización y la clasificación, he desarrollado una suerte de cartografía personal que organiza mis lecturas en función del impacto que ejercen sobre mí. Esta taxonomía literaria ha ido tomando forma con el transcurrir de los años, enraizada tanto en el ejercicio persistente de la lectura, como en periodos de aridez e introspección en los que apenas leo. De esta sistematización han emergido tres categorías fundamentales, ni excluyentes ni rígidas, que definen el modo en que ciertas obras logran acomodarse en mi fuero interno.

Triste tigre, de Neige Sinno, se inscribe en la tercera de estas categorías, aquella reservada a las obras que avivan en mí el deseo de escribir, que despiertan la necesidad de articular en palabras pensamientos íntimos, reflexiones difusas o relatos personales. La habilidad de Sinno para navegar entre la biografía confesional y el ensayo, tejiendo ambos géneros con una precisión notable, convierte su obra en un detonante inevitable de la empatía, interpelando al lector desde una honestidad desnuda que desarma y conmueve.

La autora reconstruye, desde la adultez y con una lucidez implacable, los abusos sexuales que sufrió durante casi una década a manos de su padrastro. Este relato se despliega desde la perspectiva de una Neige ahora madre, capaz de diseccionar las múltiples capas de su experiencia traumática, revelando las huellas indelebles que este abuso ha inscrito en su vida. Sinno aborda este proceso con el afán de desentrañar, a través del lenguaje, la manera en que se aprende a coexistir con el peso de una tragedia que se resiste a ser silenciada o superada, terminología que la propia autora no duda en despreciar.

Uno de los rasgos más notables de Triste tigre es su rechazo absoluto a la pornografía emocional o a los relatos de victimización exacerbada. Sinno rehúye tanto la autocomplacencia del sufrimiento como las narrativas de resiliencia que, en ocasiones, derivan hacia el pantanoso terreno de la autoayuda. Su prosa, despojada de sentimentalismos, resulta cruda e inteligente, transitando esa rara economía del lenguaje en la que aflora una cualidad poética sutil, deliciosa entre la amargura reinante. 

El texto, como les pasa a lo grandes textos, despliega interrogantes en lugar de ofrecer respuestas cerradas. Esta riqueza reflexiva se ve reforzada por la propia revisión continua que la autora hace de su testimonio, un ejercicio que revela tanto la fragilidad como la fortaleza inherentes al acto de recordar y narrar: no hay aquí certezas inamovibles. En su lugar, Sinno presenta una exploración sin concesiones de la monstruosidad humana, de esa dimensión oscura que rara vez se desvanece por completo. Puede que, en última instancia, es lo que pretenda la magnífica puesta en escena de la lucha entre subjetividad y objetividad de una escritora con semejante carga.




El desierto de los tártaros
Dino Buzzati , 1940
Editorial: Alianza
Traducción: Esther Benítez

A menudo, cuando reflexiono sobre lo que me aporta la lectura, concluyo que me permite vivir muchas vidas, más allá de esta que tengo: física, limitada y temporal; apenas un borrador. Es un motivo tópico y recurrente, pero a mí me sirve. Digo esto porque, seguramente, se trate de una razón íntimamente ligada a la naturaleza de la hermosa obra de Buzzati, una de esas que solemos calificar como especiales o evocadoras. Y es cierto: La atmósfera lisérgica de esos muros levantados en mitad de lejanas montañas, y las vidas monótonas que transcurren entre ellos, invitan a reflexionar sobre el tiempo mismo y la naturaleza de la espera. En cierto modo, la vida que se escapa entre los dedos del protagonista, Giovanni Drogo, es un aviso silencioso al lector: no dejes que la tuya se desvanezca.

Lectura profunda, triste; seguramente, inolvidable.




El infinito en un junco
Irene Vallejo , 2019
Editorial: Siruela

Siento mucha simpatía por Irene Vallejo, vaya por delante, por si acaso este aspecto condiciona mi objetividad al esgrimir una opinión de su libro.

Irene tiene ese carácter –y me detengo en él porque está impreso en cada página– que oscila entre la erudición desenvuelta y una afabilidad sincera. Es de esas profesoras de las que te encariñas porque ama lo que hace. Quizás por eso El infinito en un junco tiene esa pátina divulgativa y accesible, como si quisiera materializar una idea recurrente en muchas de las historias que narra: el conocimiento debe ser un bien democrático. O al menos, el acceso a él.

Lo que tenemos aquí no es exactamente un ensayo, ni un anecdotario, ni una autobiografía sobre la relación de Irene con los libros. Es todo eso a la vez, y ahí está su genialidad. Que lo mejor esté en la primera mitad me parece irrelevante cuando hablamos de un auténtico éxito de ventas en nuestra Españita. ¡Un libro que trata fundamentalmente sobre cultura clásica! A mí me parece un milagro. Que haya generado críticas en ciertos círculos ‘elitistas’ dice también mucho, pero ¿para qué dedicar líneas a un asunto tan mezquino como la envidia?

17.12.24

Diario XXX



Tetralogía Dos amigas 
La amiga estupenda
Un mal nombre
Las deudas del cuerpo
La niña perdida
Elena Ferrante, 2011, 2012, 2013, 2014
Editorial: Lumen
Traducción: Celia Filipetto Isicato

Siempre he considerado un pequeño logro acercarme a ciertos libros sin saber prácticamente nada de ellos. Ha sido el caso de La amiga estupenda, primera parte de esta tetralogía, y de la que intuía poco más que el relato de una amistad entre dos chicas. Pero, ¿en qué puede convertir eso la pluma de Ferrante? Una autora que ya me había ganado para su causa irremediablemente con Los días del abandono y, sobre todo, con La hija oscura. Aquí, además, se coloca en un tono neorrealista, como si antes de acometer las tribulaciones de Lenù y Lila se hubiese empapado del cine de Visconti y De Sica. Ferrante traza con detallismo el pequeño cosmos de un barrio napolitano de posguerra, un escenario sórdido y brutal, donde la violencia –directa, estructural y cultural– es omnipresente y apenas deja resquicio a la esperanza. Son precisamente los anhelos de las dos protagonistas, sus esfuerzos por sobreponerse a un entorno que las maniata, lo que dota de sentido a sus decisiones y a su amor propio. La escritora italiana no duda en deslizar un mensaje poderoso: el acceso a la educación y la cultura es una vía hacia la libertad individual.




Con Un mal nombre, el segundo volumen, la historia no solo mantiene su coherencia, sino que sus ambiciones se expanden sin aparente límite. Como ondas que crecen tras arrojar una piedra en el agua, la historia de Lenù y Lila reverbera en el lector, conquistándolo en cuerpo y alma. Este es, sin duda, el libro que más me ha emocionado de la tetralogía y quizá uno de los mejores que he leído en los últimos años. Bastante con esta subjetivísima opinión tiene que ver la profunda identificación que siento con su narradora; no precisamente en sus logros y triunfos, pues carezco del tesón del que hace gala. Más bien en sus fobias, inseguridades y oscuras reflexiones sobre la culpa, la valía de lo propio o la pérdida.. Hay libros de los que no se sale igual que como se entra; este es uno de ellos. Para empezar, porque sales llorando.




El tercer volumen, Las deudas del cuerpo, resulta al mismo tiempo el más político y el más melodramático de la serie. De repente la voz de Lenù adquiere de forma definitiva una autonomía respecto a todo lo que le rodea, y le sirve a Ferrante para sumergirse en todos aquellos temas que le interesan y que, de hecho, están presentes de una forma u otra en toda su obra; entre los que destacan principalmente la naturaleza de la maternidad y de las construcciones sociales. Por supuesto hay mucho más, pero tal vez mencionarlas significaría destripar la trama. Quizá no deslumbra tanto como la entrega anterior, pero sigue siendo sobresaliente. Ferrante te obliga a reflexionar, a emocionarte y a sostener el vértigo de una ficción que, a estas alturas, ya parece estar viva.

Y así llegamos al final, con La niña perdida; uno de esos libros que parecen saber todo sobre su lector. Leer no es vivir lo leído, pero se parece mucho. Llegar al último capítulo deja un cúmulo de sensaciones encontradas: plenitud, tristeza, un vacío que se instala en el pecho. Paladeé con placer el cierre de esta narración, aunque sentía la necesidad de que todo terminara, de que Lenù, Lila y el mundo que habitan encontraran algo parecido a la paz. Las doscientas últimas páginas son pólvora. Y cuando todo acaba, ¿qué queda? El deseo de olvidar para poder volver al principio. Y eso es lo mejor que puedo decir. Que se puede decir.






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