29.7.25

Diario XXXVI

Si algo me sorprende al mirar atrás es comprobar que, de un tiempo a esta parte, las cosas me han ido bien. Más que bien, incluso. No lo contaba como posible: durante muchos años se impuso en mí la visión de un fracaso personal, la sensación de que la vida sería siempre esa mala racha. Hubo pequeños triunfos, sí, pero parecían aislados, casi anecdóticos. No lo sabía entonces, por supuesto, pero lo que hacían es dibujar un mapa. Pienso en este poema de Peri Rossi:

Las pocas veces
que he sido feliz
he tenido profundo miedo
      ¿cómo iba a pagar la factura?

     Solo los insensatos
—o los no nacidos—
    son felices sin temor.

Hoy, escasamente insensato, y si acaso temeroso de perder lo muchísimo que tengo. Supongo que es inevitable. Esta época ha estado repleta de la más profunda dicha y, de alguna manera, las circunstancias me empujan a analizar qué ha ocurrido. Acostumbrado como estoy a estratificar la vida, segmentarla, nombrarla para hacerla existir, me veo en el ya lejano 2012 como en una construcción que no sabía bien hacia dónde se dirigía, con qué materiales se sostenía, ni si resistiría el probable desmoronamiento. No fue así.

Sin saberlo, fui colocando cada piedra con torpeza y una determinación que entonces no reconocía. Los años difíciles se diluyeron en pasos que no parecían tener destino, pero me alejaban de aquel yo a lo Lord Jim de Conrad. Vuelvo a verlos de lejos: viajes, ciudades, encuentros, y también la certeza que vino después, cuando aprobé la oposición y descubrí, casi con asombro, que era funcionario de carrera. Ese suelo firme, silencioso pero crucial, me permitió construir todo lo demás. O, quizás, ese éxito fue el resultado de una inesperada resiliencia. Y ocurrió lo improbable: el trabajo dejó de ser solo trabajo, la docencia se volvió lugar de crecimiento. Que yo diseñara un máster oficial y acabara coordinándolo en la misma EASD donde años atrás fui estudiante sigue pareciéndome un pequeño milagro. Más aún sentir el respeto y el afecto de quienes han me han acompañado; alumnado, profesorado… como si en esas aulas se hubiera tejido una red invisible que sostiene también a quien la lanzó.



Ahora, al cerrar esta etapa y prepararme para abrir otra en EASD Alcoi, siento una mezcla de vértigo y gratitud. Vuelvo a estar en tránsito, como entonces, pero ahora con certezas. Allí no tendré que montar un Club de Lectura: ya lo hay.  

Todo esto para mencionar que este curso he tenido una alumna chilena que me conmovió. Hay personas que, sin proponérselo, te recuerdan por qué haces lo que haces. Le recomendé a Nona Fernández, también chilena, y verla iluminarse con esos libros fue como devolver algo de todo lo que yo recibí en mi propio camino: Recordar la sed habla de los fantasmas de una dictadura que siguen bebiendo del presente, como heridas que nunca cierran. Space Invaders reconstruye la memoria desde voces adolescentes, con la fragilidad y el espanto de lo que se recuerda a medias. Chilean Electric rescata una historia mínima, casi una anécdota, para convertirla en la radiografía poética de un país entero. Nona es de mis autoras latinoamericanas favoritas, y eso es mucho decir por la cantidad y calidad de lo que se escribe allí últimamente. Tiene un estilo que rezuma inteligencia, contención y poesía, algo que la vuelve única. Su obsesión por la memoria me apela, me hace vibrar.



En breve comenzaremos la mudanza. Una más, sí. Pero siempre con el gusto sereno que proporcionan la verdad y el sosiego. La paz, en resumidas cuentas.

27.7.25

Diario XXXV




Noches blancas  

Fiódor Dostoievski, 1848  
Editorial: Nórdica  
Traducción: Marta Sánchez-Nieves

Si emprendo un ejercicio de nostalgia —algo que, de un tiempo a esta parte, encuentro poco estimulante— y trato de señalar la lectura que considero fundacional en mi imaginario, una de las candidatas indiscutibles sería Noches Blancas, de Dostoyevski. Leída en varias ocasiones desde la adolescencia, degustadas diversas traducciones y ediciones, regalada otras tantas, conforma para mí un microcosmos literario que, en distintos momentos de mi vida, fue necesario preservar para dar a luz otras filias que me han acompañado: los autores rusos en general, y especialmente los tótems del XIX; la novela confesional, la tendencia al drama y la tragedia de baja intensidad, el autoexamen, el autoanálisis, el auto-lo-que-sea… y, por fortuna, el crecimiento personal.

Era inevitable, por todo ello, que en su momento me hiciese con la hermosa edición de Nórdica: bellamente ilustrada, traducida con rigor directamente del ruso. Me provocaba cierto sentimiento de infidelidad hacia las ediciones que siempre fueron “las mías”, las de Alianza y Bruguera. Pero no lo viví como una deslealtad, sino como la consecuencia lógica de mi espíritu completista. Sin embargo, a la feliz emoción de descubrir, por fin, esta reivindicación cumplida, se suma ahora un fastidio inesperado y reciente. Hace unas semanas, observé en la portada de la edición de Nórdica uno de esos inefables sellos que anuncian el éxito en ventas: 16ª edición. Bien. Pero, en los tiempos que corren, el éxito no se mide solo en ejemplares despachados. Hay, tras ese éxito, un ingente número de booktubers que la exhiben como el rescate literario del siglo. No es difícil imaginar mi incomodidad: la que se siente cuando manosean tu vaca sagrada, antaño reservada a los creyentes y elegidos. Reconozco que soy víctima de mis propios prejuicios —los admito, aunque no los subsano—, pero ahí están.

Es fácil comprender por qué Noches Blancas encaja en el constructo de las redes sociales: es un relato corto, clásico pero asequible, hermoso, actual a su manera, con ese punto de tragedia, paroxismo y afectación que lo vuelve inolvidable. Así me lo pareció en la relectura que le dediqué hace un par de años. Por fortuna, yo ya no soy el mismo que entonces. Por fortuna también, Noches Blancas sí lo es.  
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