22.1.26

Diario XLI



Un que párrafo resume a la perfección el mundo que habita Lucy. Más tarde, un encuentro fortuito dará forma a su ilusión, a su deseo de felicidad. De cambio.

En los pueblos, las vidas de las personas discurren muy cerca las unas de las otras; los odios y los amores palpitan sueltos, como tocándose las alas. En la misma acera por la que pasa todo el mundo, si es que uno ha llegado a marcharse alguna vez, es inevitable pasar algún día a muy pocos centímetros del hombre que te engañó y te traicionó o de la mujer a la que deseas más que nada en el mundo. Su falda pasa a tu lado. Das los buenos días y sigues de largo. Es imposible no rozarse. En el resto del mundo las posibilidades de huir no son tan escasas.

Lo cierto es que con permiso de Balzac, aquí también hay muchas de esas ilusiones perdidas. Willa Carther contaba con 62 años cuando escribió esta pequeñita novela; quizás la sabia perspectiva de su madurez fue la que le permitió dibujar con tanta precisión, delicadeza y claridad esas ilusiones de juventud de una Lucy Gayheart encantadora, y no cambiar de instrumento ni siquiera cuando el trazo debe adentrarse en las zonas más dolorosas: las decepciones, las pérdidas, los embates de la vida; esa imprevisibilidad que tan fácilmente priva de resuello. Cuando nuestra protagonista habla de Chicago como “el lugar donde se concentraban tantos recuerdos y tantas sensaciones, donde una ventana, un portal o una esquina con un significado mágico podían surgir de la niebla en cualquier momento” yo —y cualquiera que haya vivido con honda emoción el descubrimiento de una ciudad nueva— no puede sino sentirse apelado por el talento de Cather. Todo es prístino en esta triste historia. Las inquietudes de sus protagonistas están expuestas con tal claridad, que uno no puede sino rendirse ante su atemporalidad. Sí, algo debe decir de mí (o explicar) mi debilidad por esas historias sobre existencias apesadumbradas. No sé si son tristes o simplemente injustas, si conmueven por lo que muestran o por lo que no pudo ser. Pero cuando pienso en esas historias, pienso en Stoner, en Tess, en Nastenka. Y desde ahora, también en Lucy Gayheart y su apetito de vida, tan frágil como tozudo. Por qué será tan poética y evocadora la fragilidad de esta pianista, por qué es tan fácil intuir que nos hará derramar alguna lágrima sobre las teclas. 


Lucy Gayheart
Willa Cather, 1935
Editorial: Alba
Traducción: Catalina Martínez Muñoz

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