Decía Alejandro Dolina que la gente no quiere leer, sino haber leído. Es una afirmación con mucha sorna, pero la encuentro del todo acertada. O lo era. Supongo que esa pátina de elitismo y altura moral que antes ofrecía la lectura a cualquiera dispuesto a exhibirla, ya no es lo que era. Ya no hay un prestigio intrínseco en aquel que presume de lector.
Yo, que nunca he militado por la lectura, que nunca he despreciado al que no lee, ni he enarbolado cruzadas culturales, ni me he sentido mejor por elegir los libros frente al resto. —cómo he odiado siempre esos pósteres de “los chicos listos leen libros”—, sí que vivo con desazón estos tiempos donde da igual leer (o haber leído). La literatura ocupa una parte importante de mi vida, y la cuota que le he dedicado a lo largo de los años no ha hecho más que aumentar, en detrimento de otras filias tan dignas como el cine, la música o la propia escritura. No soy de los que quieren haber leído; llevo haciéndolo mucho. Pero qué deseo tan profundo de haber releído me invade cuando descubro a destiempo y deshora aquellas páginas que, en otras épocas, en otro yo, habrían insuflado enormes cantidades de maravilla, asombro y perplejidad. Ya se sabe, uno llega a las lecturas sin tener muy claro que haya cumplido con el calendario, igual que pasa con las personas o los lugares: no siempre somos puntuales, para nuestra desgracia. Con Jane Eyre sí lo fui. Con Crónicas Marcianas, no.
Crónicas Marcianas
Ray Bradbury, 1950
Editorial: Minotauro
Traducción: Francisco Abelenda, revisado por Miguel Antón
Ray Bradbury, el gran humanista del medio oeste americano, es el culpable de mi primer encuentro con la poesía. Fui consciente, a través de las páginas de Fahrenheit 451, de que existía una pulsión emocional, evocadora, que subyacía en la palabra escrita, y elevaba el alma del lector, insuflándola de un insaciable anhelo de belleza y verdad. Porque, no cabe duda, la naturaleza de Ray era la del poeta que no puede evitar comportarse como tal. Porque el hecho de que circunscriba su actividad literaria a la fantasía, el terror o, mayormente, a la ciencia ficción es circunstancial, un reduccionismo improcedente. Leer Crónicas marcianas no hace más que subrayar esa afirmación; es imposible contener en el receptáculo de cualquier género esta avalancha de alta literatura. Bradbury practica la fantasía poética, si es que eso significa algo, en el sentido de que las enormes ambiciones psicológicas, antropológicas, emocionales, no se pueden ver colmadas desde la realidad. El despliegue de imaginería fascinante a través de estas 26 historias perfectamente entrelazadas me asombra, me hace pensar en cuánto le debe la cultura popular desde que fueron publicadas en 1950. ¿Nostalgia de un tiempo que no se vivió? Nostalgia de uno que ni siquiera existe, de un mundo imaginado, de unas vidas inventadas en la mente febril de un hombre que usó el descubrimiento y colonización de Marte para explicar todo. Todo sobre nosotros, los seres humanos. Sería más sencillo enumerar de qué no habla, porque toca cualquier aspecto que uno pueda imaginar en relación a nuestra psicología: el miedo a lo desconocido, el odio, el racismo, el afecto perdido, la familia, las ilusiones y decepciones, la contrición, la fe y esperanza, el orgullo y lealtad. La solidaridad. El amor.
En fin. ¿Por qué no llegué antes? Aunque ahora podré volver las veces que quiera.
Jane Eyre
Charlotte Brontë, 1847
Editorial: Alba
Traducción: Carmen Martín Gaite
A Jane Eyre sí la encontré cuando debí hacerlo, y yo me enamoré. No hablo sólo de la novela, sino de ella. De Jane. Un enamoramiento tangible, ardoroso. Soñaba con su presencia, y en mi cabeza era capaz de hablarle, tomar su mano. Recuerdo muy bien rendirme, quedarme desarmado ante la poderosa imagen de una Jane abrazada a la moribunda Helen Burns, esa chica a la que se le había subido “el alma a los labios”, y que pronto sería cadáver. Esta, y tantísimas escenas son inolvidables, entre otras cosas, porque la prosa de la mayor de las Brontë es capaz de todo: depurada, cristalina, pura. Su pulso férreo, contundente. Pero por encima de todo deslumbra su altura moral, materializada en el pequeño cuerpo de la protagonista, en su alegato de dignidad y amor propio. Todo ello presentado en el más gótico molde que Charlotte pudo imaginar. Y eso es decir mucho. Porque la suya era una imaginación sin límites aparentes, prodigiosa, única. Cómo, si no, se explica una obra así. Cuando uno aprende a leer, es por lo que sucede en sus páginas, para poder soñar, o todo lo contrario, no dormir porque uno se pregunta incansablemente qué ocurre en el ático de Thornfield Hall, qué pasa con el dichoso señor Rochester, cómo diablos piensa arreglárselas nuestra protagonista tras exiliarse, dormir al raso, sola. Una imagen que condensa la esencia más salvaje del espíritu romántico. La hondura del alma de Jane es capaz de albergar ese torrente de emociones donde al lector le resulta un placer ahogarse. Y ahí seguimos. No salimos a flote.


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