29.1.26

Diario XLIV

Hace unos seis o siete años decidí que las impresiones que me causaban mis lecturas no tenían por qué quedarse encerradas en mi cabecita. Y como escribir sobre literatura es, en realidad, escribir sobre cualquier cosa, mi voluntad acabó convirtiendo este blog en un verdadero diario, alejado de cualquier impostura. Su carácter introspectivo y terapéutico se hizo evidente con el paso del tiempo, al comprobar cómo la poesía que facturaba por entonces no era capaz de contener el dolor que me atravesaba: el dolor por la muerte de mi abuela. Esa gran verdad —la inutilidad del verso— evidenciaba mi necesidad de otro andamiaje, de otro código capaz de traducir y sostener mis derivas emocionales.

Desde entonces, algunos libros me han ofrecido esa estructura emocional alternativa, ese nuevo modo de acompañarme. Nuestra parte de noche fue uno de ellos. Se convirtió en un hito vertebrador de mi vida como lector. Insufló nuevos empeños, despejó horizontes, recargó mi depósito de ilusiones. No en vano, es una novela fundacional en el imaginario que compartimos mi mujer y yo. Siento que le debo mucho a Enríquez, y no tardé en convertirla en una de mis autoras fetiche. Por supuesto, esto vino a significar que, de un modo u otro, iría devorando toda su producción, como me había ocurrido antes con Gornick, Mesa o Ferrante.



Nuestra parte de noche encierra tal cantidad de logros que bien merece todos los halagos que ha cosechado desde su publicación. Yo mismo no sabría muy bien con qué quedarme, y acaso eso ni siquiera importe demasiado. Lo que me fascina es comprobar cómo Mariana es capaz de concentrar en su puño una retahíla de referencias con nombre y apellido —pilares básicos de la cultura popular con los que se han edificado imaginerías durante generaciones— y sintetizarlas hasta moldear un discurso propio, original, legítimo.

Disfruto al comprobar cómo homenajea a Stephen King. Saber que Mariana ama a Bowie, a Lovecraft, los mundos de Clive Barker o el cine de Dario Argento. Y lo que impresiona no es que subraye esas influencias con fortuna, sino su capacidad para mimetizar la novela de género —el terror, con toda su carga fantástica— con el telón de fondo de la dictadura de Videla en Argentina. Siempre pensé que para dignificar la literatura del miedo no es necesaria la denuncia o el contenido social, en el sentido de elevar sus pretensiones más allá de lo puramente recreativo. Sin embargo, Nuestra parte de noche alcanza grandes cotas de autenticidad en parte gracias a esa denuncia velada, a ese discurso que late en sordina. La atmósfera creada aquí transita continuamente entre ambas realidades, distintas y complementarias al tiempo. Y no por ello la novela acongoja menos. Ni de lejos. Porque es aterradora en muchos pasajes. La autora se recrea con gozo en una mitología que conoce bien, y que reelabora con ingenio para provocar una y otra vez el escalofrío: body horror, folk horror, primigenios voraces, sectas malvadas, casas malditas… Mariana se atreve con todo, incluso con la idea de pervertir su propio estilo y género narrativo capítulo a capítulo. Y por qué no: puede hacerlo. Ella puede. Y yo quería más.

Comprobé, no mucho después, que también era culpable de algo más: de haber renovado mi afición por el relato corto, un género por el que nunca había sentido un verdadero entusiasmo. Uno por uno, sus tres volúmenes de cuentos publicados hasta la fecha fueron cayendo en mis manos. Ha pasado tiempo desde que los leí —sobre todo siento ya lejana la impresión que me dejó Las cosas que perdimos en el fuego, a la postre mi favorito—, pero me gusta esa sensación difusa que deja el paso de los años en la remembranza lectora.





Recuerdo la angustia pegajosa, nocturna, de El chico sucio, o el miedo primitivo en La hostería. En mi cabeza, quizás, se mezclan los cuentos, y todo adquiere el aspecto de una masa monolítica pero heterogénea. La sensación de frío en Los himnos de las hienas, la materialidad tenebrosa del cuerpo —de este cuerpo nuestro— en La desgracia en la cara o en Diferentes colores hechos de lágrimas. Y, al final, casi siempre, el puro terror. Como el de Un artista local o Chicos que vuelven

Y yo, que volveré a Mariana. 


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