26.1.26

Diario XLIII

Siempre anhelé la belleza. Desde el principio, como manifestación última de la verdad. Esa belleza de la que me sentía carente y, por tanto, contaminado de mentira. Creo que fue esa falta de certeza la que me hizo transitar caminos tan desafortunados tiempo ha, esquivar atajos, deglutir bocados amargos. La belleza jamás se sentía como algo pringoso, no se contagiaba, aunque uno mantuviera siempre una inconsciente fe en que sí podía ocurrir. La belleza del amigo, la belleza del amor platónico. Con el tiempo supe —esta vez sí, cargado de verdad— que uno de mis talentos era el de reconocer una belleza esquiva para la mayoría. La de recovecos y rincones, la tímida. La de andar por casa. Y justo ese hallazgo hizo evidente que nada me faltaba salvo posar la mirada en mí.

Pienso en El gran Gatsby, y también me viene a la cabeza El retrato de Dorian Gray. Ambos protagonistas son desgraciados, como desgraciado es todo aquel que desea lo que no puede ser. Sea la juventud. Sea el amor. La mayoría somos de uno u otro. Muchas veces de ambos. Pero si la edad fuera consuelo, ¿por qué íbamos a escribir? No sé dónde acaban posando sus ojos, pero sin duda no era ahí. 



El gran Gatsby
F. Scott Fitzgerald, 1925
Editorial: Anagrama
Traducción: Justo Navarro 

Hay en Gatsby un anhelo de inmortalidad profundamente triste, una especie de deseo de perpetuidad ante el inevitable final. Jay no desea ningún presente, y menos aún un futuro que asoma en forma de borrasca, sencillamente quiere situar el pasado, aquel pasado, en un lugar delante de sus propios pasos. Él es un héroe trágico en todo su decadente esplendor.

Esa es la gran herida que habita en el protagonista: No el amor perdido, ni la traición, ni siquiera la muerte. Es el deseo inútil de que algo permanezca. La voluntad desesperada de que el tiempo ceda. Gatsby permanece no por lo que pierde, sino por lo que nunca fue.

La prosa de Fitzgerald es sofisticada, el ritmo perfecto; la atmósfera, envolvente. Es una novela nostálgica, crepuscular, delicadamente desengañada. Y esa imagen final, que uno arrastra durante días, no tiene precio.





El retrato de Dorian Gray
Oscar Wilde, 1890
Editorial: Austral
Traducción: Mauro Armiño

Qué paradoja la de Wilde; el torrente de preciosismo constante que hay en la narración, la exquisitez expresiva... y con ella esgrimiendo un agridulce retrato de la clase pudiente victoriana: su seductora decadencia, el hedonismo que subyace en ese pueril amor por la estética, en el arte como estímulo burgués y portador de la definitiva salvación. La mención a Ruskin no es casual: la figura del crítico y del artista aparecen aquí despojadas de su aura redentora. El arte no salva, sólo maquilla.

Y sabiendo todo esto, he disfrutado tanto o más con el corazón gótico de la novela, con ese cuento tenebroso de romanticismo exacerbado e imbuido por la niebla y las húmedas calles empedradas de Londres. Moralizante o todo lo contrario, –pues es poliédrico en sus intenciones y puntos de vista– poco importa si se escribe así.

Por otro lado, ¿Quiso Easton Ellis hacer de su Patrick Bateman un Dorian Gray actual?

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