20.1.26

Diario XL


Mi madre adoraba el Concierto de Año Nuevo. Recuerdo bien sus palmas acompañando la Marcha Radetzky, despertándome, sacándome de la cama tras una Nochevieja prolongada. Era la época de la vigilia. La de una renuncia consciente de lo indispensable para abrazar lo superfluo, que al cabo, es la adolescencia y su detritus. En eso pensaba al pasar las páginas de esta novela de título evocador, y que habla de lo perdido. De lo que ha sido, fue. De la desaparición, la extinción de un tiempo que no halla en el futuro su prolongación natural, porque no arraigó la semilla, ni la palabra, ni el afecto a la descendencia de las cosas.

No hay manera de trazar esa línea, de enhebrar el hilo, sin temblor, sin vértigo. El vértigo de la distancia que separa el verbo de madres, padres; hijos, hijas. Y la vida tiene mucho de esto, que es exactamente de lo que habla Roth. O, al menos, de lo más importante. Las generaciones trastabilladas, perdidas en un laberinto propio, de muros demasiado altos como para divisar al otro. La historia de la familia Trotta es consecuencia de su tiempo, pero no exclusiva de él. Y yo siento que vivo en esa pérdida de referentes, de asidero firme. Este ya no es mi tiempo. Mi generación ya no doy forma al mundo, como lo hacía entonces, porque la juventud es hoja de ruta, incluso para los excluidos. Precisamente en esa adolescencia extraña, en el miedo profundo a la incertidumbre, en la impostura, nombrábamos todo lo que existía. A mí me resulta una triste ironía. Qué tarde llega la sinceridad y el amor a las cosas ciertas. Y así se siente, digo yo, Carl Joseph. Y ojalá que también sea el caso de su padre, Franz.

Es curioso cómo una novela escrita en los años treinta sobre la decadencia del Imperio austrohúngaro pueda resonar tan profundamente en alguien que no vivió ni su época ni su geografía. Pero la forma en que las familias y los lazos se disuelven es la misma: no lo hacen con una explosión, sino con una lenta evaporación de sentido, de gestos; de deberes y creencias.

Roth no escribe desde la urgencia. Su narrador observa con distancia, como quien registra una desaparición ya asumida. La historia de Carl Joseph es la de un hombre desplazado, que no entiende su tiempo ni a sí mismo, atrapado en una obediencia vacía. Lo más trágico es que nadie en la novela parece capaz de articular ese fracaso; simplemente lo viven, como se observa el desgaste de un engranaje. La coreografía se quedó sin música. Ya no hay partitura, pero siguen bailando.

Se cierra el libro con la misma sensación que deja una casa deshabitada: las habitaciones aún llenas de muebles, pero sin nadie ya que se siente en ellos. Y, seguido, una búsqueda tristísima de lo que permanece. No de la historia como tal, sino del vértigo al constatar que, tarde o temprano, lo que amamos también dejará de tener nombre.


La Marcha Radetzky
Joseph Roth, 1932
Editorial: Alba
Traducción: Xandru Fernández

Diario XXXIX


Pudo haber sucedido.
Debió suceder.
Sucedió antes. Después.
Más cerca. Más lejos.
Pero no a ti.

Te salvaste por ser el primero.
Te salvaste por ser el último.
Por estar solo. Con gente.
A la izquierda. A la derecha.
Porque llovía. Porque había sombra.
Porque lucía un sol esplendoroso.

Por suerte había un bosque.
Por suerte no había árboles.
Por suerte, un raíl, un gancho, una viga, un freno,
una repisa, una curva, un milímetro, un segundo.
Por suerte había a mano un clavo ardiendo.

A causa de, puesto que, sin embargo, pese a.
A saber qué hubiera ocurrido si la mano, si el pie,
por un pelo, a un paso
de una coincidencia.

¿Estás, pues, aquí? ¿Salido de un instante aún entreabierto?
¿La red sólo tenía una malla, y tú a través de la malla?
No logro salir de mi asombro ni articular palabra.
Escucha
en mí late, desbocado, tu corazón.


Poema "Acaso", de Wisława Szymborska

15.12.25

Diario XXXVIII

Pienso en los rostros de Diane Keaton, de Robert Redford, de Claudia Cardinale, pienso en que nunca olvidaré el año en que desaparecieron, en si en realidad es un homenaje que interpreta mi corazón, un acto de misericordia, de solidaridad que sólo yo puedo percibir, porque este ha sido el año en que ha muerto mi madre.

El rostro de mi madre, el rostro hermosísimo de su juventud, que yo relacionaba con los grandes mitos de Hollywood, que me agarra con fuerza.

La pérdida arrastra consigo una época entera. Se resquebraja no sólo un vínculo, sino el marco en el que ese vínculo tenía sentido: mi juventud, o mi no vejez, esa de futuro incierto y por ello pleno de posibilidades, de continuidad casi despreciable. De pronto, la biografía propia deja de parecer una línea más o menos recta y se vuelve quebrada, con un antes y un después difíciles de confundir. Mi después es la plena aceptación de mi efimeridad. De la tragedia suprema. Repleta de pequeñas tragedias en miniatura, más íntimas, menos visibles: me descubro pleno de todos los silencios, y en ellos muy vivo el duelo irrenunciable. Pleno de la certeza material de lo que queda, todo lo que se deja atrás en forma de objetos. Joyas, los ropajes que han tocado su piel, su caligrafía sobre el papel, fotografías, cuadros: una geografía material inmensa, asfixiante. El sistema de signos que hay que interpretar, ordenar, guardar o soltar. ¿qué se deja ir?, ¿y qué dice de quien ya no puede explicarse? ¿Por qué la inmensa angustia de lo indescifrable?

Leías Cumbres Borrascosas, el último de los libros que me pediste. Mi mirada se agota mirando el punto de lectura ahí donde se ha quedado. Busco una explicación a todo esto. A su vida.  Sabiendo que yo mismo no me explico sin ella. 

Será tiempo y vacío. Y la tarea de reescribir quién es uno cuando la voz que lo nombraba ya no está.


5.8.25

Diario XXXVII





Pese a que no ha pasado tanto tiempo, me sorprende la relación que he establecido con el recuerdo de nuestro viaje a Japón. Pocas veces antes me había asaltado un sentimiento de añoranza tan agudo, tan cierto: la sensación abrumadora de haber dejado atrás un lugar al que, de algún modo, pertenece un fragmento de tu alma, por pequeño e irrisorio que sea. Y, como ocurre con todo sentimiento compartido, su verdad se intensifica hasta alcanzar una condición casi sagrada. Sí, mi mujer y yo descansábamos de igual modo nuestro espíritu sobre esa experiencia en el archipiélago, no solo porque fuera nuestra honeymoon. Lo hacíamos porque allí aprendimos y saboreamos aquello que, ahora lo entendemos, necesitábamos para existir y que ahora nos falta: el silencio, la amabilidad, el gesto pleno de significado. La convivencia. La Paz. Esta última, quizá nunca antes experimentada con tanta claridad. Tal vez una de las pruebas más sugestivas de esa ligereza del espíritu se reflejó en el ritmo lector que nos acompañó allí: es cierto que los largos trayectos en tren bala daban para mucho, pero la calma absoluta, la ausencia de distracciones más allá de la magnificencia del paisaje que asomaba por las pequeñas ventanas del Shinkansen, nos hizo devorar a los Mishima, Sōseki y Kawabata que llevábamos en las mochilas.



Lo cierto es que durante bastante tiempo evité esa sensibilidad literaria nipona que asociamos a la pausa, al talante contenido, a la contemplación. Y así ocurrió hasta que Yukio llegó a mi vida con El rumor del oleaje. No sé si era Mishima quien me hablaba con una voz a la que yo, erróneamente, asignaba una occidentalización, o si, al contrario, sus valores encontraron eco en un lector que había cambiado mucho, que sentía sus inquietudes renovadas por una serie de temas y principios que, ahora sí, le apelaban. No puedo desentrañar esta cuestión sin analizar los cambios que, desde 2017, se han operado en mí y que, entre otras cosas, han espoleado mi ritmo lector de una manera extraordinaria. Apartar el foco de todo aquello que me había distraído; de lo superfluo, de esa autocompasión que entendía que me debía a mí mismo, me permitió ahondar en aquello que merece el tiempo invertido y que, a la postre, no es un menú demasiado copioso: la integridad, la lealtad (los demás), el sentido de justicia. Es difícil construir principios morales de cierta altura sin la consecuente autoestima, el conocimiento y la pausa. Las vidas extra que concede la literatura hacen mucho por eso, y creo que era un entusiasmo de lo más placentero pasar las páginas de El pabellón de oro al tiempo que observaba su reflejo desde el otro lado del estanque, allí en Kioto. Mishima habla de un puñado de cosas que siempre son las mismas y que, por mucho que su sesgo ideológico sea peliagudo, no nos parece demasiado arriesgado coincidir en su nostalgia por ciertos valores olvidados, y que querríamos tener de vuelta. Comparto con él mi desprecio por la cobardía, por esa banalidad que nos empapa en este día a día. Y comparto, también, su obsesión por la culpa y la vergüenza, lo que me lleva a la lectura que más disfruté en mientras recorríamos el país del sol naciente: Kokoro, de Natsume Sōseki.



Kokoro 
Natsume Sōseki, 1914  
Editorial: Satori  
Traducción: Carlos Rubio

A menudo pienso en lo mucho que miramos hacia dentro, hacia ese yo que todo lo mancha y que, si tuviésemos siquiera una vaga idea, un mínimo conocimiento útil de lo que somos y cómo encajamos, seríamos mucho más felices interesándonos más por el modo en que nos relacionamos con el mundo, con el prójimo. Es uno de los temas que más frecuento en los últimos tiempos: el ego, la construcción del carácter, la forma del amor propio, la generosidad de quien ofrece su tiempo. Tiempo y dinero, que es casi lo mismo. Así es. Y en ese ofrecimiento desinteresado he situado las coordenadas de mi comportamiento. En Kokoro, esa tensión entre el yo y el otro, entre lo que damos y lo que ocultamos, se convierte en el eje de una historia que, bajo su apariencia contenida, vibra con una fuerza emocional difícil de olvidar.

No imagino una correcta existencia sin la culpa y vergüenza antes mencionadas: es difícil concebir cierto código sin ellas. Del perdón entiendo menos; es un constructo con el que me cuesta empatizar. Quizá el perdón sea, como podría pensar el sensei protagonista de Kokoro, una bagatela útil para los débiles de espíritu. O para quienes buscan olvidar sin comprender. También Jim, el héroe trágico de mi lectura más reciente, parece habitar esa misma frontera donde el perdón se vuelve imposible. Por eso siento que debo establecer algún tipo de conexión entre ambas lecturas.

Sensei vive bajo el peso de un pasado que condiciona cada gesto de su existencia. Sōseki lo presenta como un hombre marcado, alguien que ha elegido una vida retirada, con una desconfianza hacia los vínculos que parece imposible de reconducir. Su relación con el joven discípulo, narrador de buena parte de la historia, es casi un espejismo: parece tender un puente, pero en realidad prepara el escenario de su confesión final. Pese a todo, no es un acto de liberación, sino una sentencia. Al compartir su verdad, Sensei se destruye, porque en el universo moral que habita no hay perdón posible. Esa incapacidad de aceptarse, esa lealtad feroz a una culpa que se ha vuelto identidad, es lo que hace de Kokoro la lectura dolorosa que es. Por otro lado, con un estilo mucho más occidentalizado de lo que se pudiese pensar, y que la hermana con algunos clásicos europeos del S.XIX. Sensei, a través de su autor, me hace vislumbrar de manera clara el porqué de mi dificultad al lidiar con el yo de mi pasado, mi imposibilidad de tolerarlo. Y eso, entre otras tantas cosas, es lo que hizo la lectura de Lord Jim tan emocionante para mí: esa dificultad para reconciliarse con el error, con el defecto. Si en Kokoro el escenario es la intimidad contenida de un Japón en histórica transición, en Conrad el drama se despliega en océanos lejanos, en colonias remotas, en un mundo exótico que rezuma aventura, pero donde la oscuridad es poderosa y el ser humano, en el fondo, poco bienvenido. Jim, como Sensei, es un hombre marcado: su vida queda definida por un solo acto de cobardía, el abandono del Patna, y todo lo que viene después no es más que un intento de redimirse. Conrad construye una narración compleja, de múltiples voces, con ese Marlow que ya conocemos de El corazón de las tinieblas, y donde la figura de Jim se va tejiendo a partir de recuerdos, testimonios y silencios —tantos silencios—. En ambas novelas rebosa la misma pregunta: ¿puede un hombre perdonarse a sí mismo (y por tanto, construirse de nuevo) cuando ha fallado a aquello que consideraba sagrado? 





Lord Jim
Joseph Conrad
, 1900  
Editorial: Pre-textos 
Traducción: José Manuel Benítez Ariza

Quizá lo que une a Sensei y a Jim, más allá de los océanos y las épocas, es que ambos se asoman demasiado hacia el abismo de sus almas. Sus vidas están dominadas por una conciencia que no les concede respiro, por un yo que se convierte en cárcel. Me pregunto si esa mirada tan interior, tan cerrada sobre sí, no es en realidad lo que nos aparta de lo esencial: del otro. Y en ambas novelas tenemos muchos de esos otros, que se quedarán.

En fin, que no sé si uno debe buscar la paz a cualquier precio. Habría que preguntarle a los habitantes de ese país ficticio que es Patusan, donde Tuan Jim decide redimirse, de un modo u otro. En cualquier caso, qué dos libros. Qué obras maravillosas. Qué perfecto viaje.





 

29.7.25

Diario XXXVI

Si algo me sorprende al mirar atrás es comprobar que, de un tiempo a esta parte, las cosas me han ido bien. Más que bien, incluso. No lo contaba como posible: durante muchos años se impuso en mí la visión de un fracaso personal, la sensación de que la vida sería siempre esa mala racha. Hubo pequeños triunfos, sí, pero parecían aislados, casi anecdóticos. No lo sabía entonces, por supuesto, pero lo que hacían es dibujar un mapa. Pienso en este poema de Peri Rossi:

Las pocas veces
que he sido feliz
he tenido profundo miedo
      ¿cómo iba a pagar la factura?

     Solo los insensatos
—o los no nacidos—
    son felices sin temor.

Hoy, escasamente insensato, y si acaso temeroso de perder lo muchísimo que tengo. Supongo que es inevitable. Esta época ha estado repleta de la más profunda dicha y, de alguna manera, las circunstancias me empujan a analizar qué ha ocurrido. Acostumbrado como estoy a estratificar la vida, segmentarla, nombrarla para hacerla existir, me veo en el ya lejano 2012 como en una construcción que no sabía bien hacia dónde se dirigía, con qué materiales se sostenía, ni si resistiría el probable desmoronamiento. No fue así.

Sin saberlo, fui colocando cada piedra con torpeza y una determinación que entonces no reconocía. Los años difíciles se diluyeron en pasos que no parecían tener destino, pero me alejaban de aquel yo a lo Lord Jim de Conrad. Vuelvo a verlos de lejos: viajes, ciudades, encuentros, y también la certeza que vino después, cuando aprobé la oposición y descubrí, casi con asombro, que era funcionario de carrera. Ese suelo firme, silencioso pero crucial, me permitió construir todo lo demás. O, quizás, ese éxito fue el resultado de una inesperada resiliencia. Y ocurrió lo improbable: el trabajo dejó de ser solo trabajo, la docencia se volvió lugar de crecimiento. Que yo diseñara un máster oficial y acabara coordinándolo en la misma EASD donde años atrás fui estudiante sigue pareciéndome un pequeño milagro. Más aún sentir el respeto y el afecto de quienes han me han acompañado; alumnado, profesorado… como si en esas aulas se hubiera tejido una red invisible que sostiene también a quien la lanzó.



Ahora, al cerrar esta etapa y prepararme para abrir otra en EASD Alcoi, siento una mezcla de vértigo y gratitud. Vuelvo a estar en tránsito, como entonces, pero ahora con certezas. Allí no tendré que montar un Club de Lectura: ya lo hay.  

Todo esto para mencionar que este curso he tenido una alumna chilena que me conmovió. Hay personas que, sin proponérselo, te recuerdan por qué haces lo que haces. Le recomendé a Nona Fernández, también chilena, y verla iluminarse con esos libros fue como devolver algo de todo lo que yo recibí en mi propio camino: Recordar la sed habla de los fantasmas de una dictadura que siguen bebiendo del presente, como heridas que nunca cierran. Space Invaders reconstruye la memoria desde voces adolescentes, con la fragilidad y el espanto de lo que se recuerda a medias. Chilean Electric rescata una historia mínima, casi una anécdota, para convertirla en la radiografía poética de un país entero. Nona es de mis autoras latinoamericanas favoritas, y eso es mucho decir por la cantidad y calidad de lo que se escribe allí últimamente. Tiene un estilo que rezuma inteligencia, contención y poesía, algo que la vuelve única. Su obsesión por la memoria me apela, me hace vibrar.



En breve comenzaremos la mudanza. Una más, sí. Pero siempre con el gusto sereno que proporcionan la verdad y el sosiego. La paz, en resumidas cuentas.

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