Las letras de Alejandra Pizarnik quedan muy lejos de casi todo lo que había leído. La contraportada de su antología habla de una autora que se internó en los infiernos, supongo que para llegar a lo más profundo, no sólo en el espíritu, también en la carne. Apenas se pueden engullir sus poesías sin escudriñar algo de su malograda, angustiosa y breve vida, a la que puso punto y final a los 36 años. No es el amor el eje que se deja entrever en sus líneas, es la angustia, el fecundo, maldito ego. Un yo que libra una lucha titánica por mantenerse a flote. No es decadencia, ni tragedia. Es socorro, es duda.
Buscar.
No es un verbo sino un vértigo.
No indica acción.
No quiere decir ir al encuentro de alguien sino yacer porque alguien no viene.
Yo soy...
mis alas?
dos pétalos podridos
mi razón?
copitas de vino agrio
mi vida?
vacío bien pensado
mi cuerpo?
un tajo en la silla
mi vaivén?
un gong infantil
mi rostro?
un cero disimulado
mis ojos?
ah! trozos de infinito...





















