23.11.20

Diario III

 No sólo he dejado de escribir poesía; tampoco la leo. En la estantería aguardan una docena de poemarios que, estoy seguro, encierran versos que valen la pena. Pero no estoy para ello. Hace ya tres años que me he entregado con naturalidad a la novela, y no parece que esa tendencia que se ha instalado en mi costumbre diaria vaya a remitir. Si esto es algo achacable a mi estado de ánimo o a la decepción que me han supuesto los entresijos del mundo poético, lo desconozco.


Pero, como si de melodías viejas, perfumes o sensaciones perdidas se tratara, a menudo vienen a mi cabeza casi de forma recurrente, versos sueltos, fragmentos, musicalidades poéticas que aprendí de memoria. Es la obra de Idea la que ocupa con más frecuencia esos conatos recitativos, y no es para nada extraño; ha sido la poeta que con más frecuencia he leído, y cuya naturaleza he sentido más afín a mi circunstancia. 



Todo es tuyo

por ti

va a tu mano tu oído tu mirada

iba

fue

siempre fue

te busca te buscaba

te buscó antes

siempre

desde la misma noche

en que fui concebida.

 

Te lloraba al nacer

te aprendía en la escuela

te amaba en los amores de entonces

y en los otros.

 

Después

todas las cosas

los amigos los libros los fracasos

la angustia los veranos las tareas

enfermedades ocios confidencias

todo estaba marcado

todo iba

encaminado

ciego

rendido

hacia el lugar

donde ibas a pasar

para que lo encontraras

para que lo pisaras.


He vivido tanto tiempo con algunas autoras, que ya no existe asomo de fascinación, de brecha provocada por el impacto de la primera vez. Solo una familiaridad apacible. Por raro que parezca, a menudo me resultan más ajenos mis propios poemas que éstos. 


Hoy hace mucho frío en la oficina, y mi hermano vuela de nuevo a través del atlántico. 

19.11.20

Diario II

 



    Adoro a Mariana Enríquez. Era sencillo que así fuese, por otro lado.


    Fiel a mi carácter obsesivo, nada más acabar ‘Nuestra parte de noche’—puede que incluso faltando algunas páginas—, me empapé de sus entrevistas, ya fuese en radio o televisadas. Yo la veía responder a las preguntas que le formulaba la audiencia con ese semblante taciturno, esa cara de querer estar en cualquier otro lugar antes que promocionando ningún libro, y no hacía más que crecer mi admiración hacia ella. El flechazo definitivo y preciso al centro del corazón se produce cuando, hablando de esas, sus novelas preferidas, menciona a las Brontë. Entonces se arranca con una breve disertación sobre Jane Eyre, sobre lo que supuso para ella y aún supone ese magnífico personaje; ‘esa mujer de recursos que no es linda’, en palabras de la autora porteña. O ese Señor Rochester, consecuente con el perfil que las escritoras de Yorkshire hacían de los protagonistas masculinos; almas en pena destrozadas. Destruidas.

    Quise gritarle a la pantalla en la que estaba Mariana que sí, que yo la entendía y compartía ese amor, y que podemos si así lo desea hablar mucho rato, largo y tendido sobre Jane Eyre, o lo que quisiera. Que ojalá.

    Entonces supe que lo que sentía era también algo de envidia. Esa persona parecía infinitamente fiel a sus pasiones, a aquello que leyó cuando aún no había cumplido ni la mayoría de edad. ‘Aún los leo’, subrayó durante la entrevista.  Ese porte de integridad que alumbraba su discurso me hacía pensar en la ausencia del mío. En una incapacidad comunicadora que tal vez hallaba su origen la falta de costumbre, en la introspección por la que me ha guiado la circunstancia de mi vida. 

    Una de las cosas hermosas de la literatura es que suscita, de algún modo, el autoconocimiento. Sus valores, reflexiones o devenires hallan en el lector una réplica que no siempre creí que resultase intransferible. 

    La voz de Enríquez me quiere decir que estoy equivocado. Que puede no sea esta una sordera permanente.

11.11.20

Diario I



Hace ahora un año, falleció mi abuela. 

La única que en realidad he tenido. Iba a cumplir todo un siglo de vida en unos pocos meses pero, aún con todo, dejó en mí ese imborrable estigma de la pérdida inesperada, sorpresiva. Pasé muchas horas en aquella habitación doble de hospital; no porque se tratase de un deber, sino porque no deseaba estar en ningún otro lugar. Qué unidos estuvimos en esos últimos tiempos, tal vez porque era la única persona cercana que jamás me juzgó, o puede que porque el suyo era el más incondicional de los afectos; ese que sólo puede darse de abuelos a nietos. Mi abuela no dejaba de recordar el verano de 2009, cuando estuvimos solos en el pueblo durante casi un mes, cuando casi nos perdemos en los bosques que separan Cuenca de Valencia. Yo imaginaba, incluso en ese hospital, que aún quedaría espacio para otra de esas excursiones y que, ya que la vida le había permitido vivir lúcida, avispada e inteligente como había sido durante 100 años, por qué no debería permitírselo el cuerpo. No fue así, y lloré mucho por ello. Y aún lloro.

Sin embargo, no escribí. Un torpe poema semanas más tarde no es escribir. 'Nada tengo que decirle a la poesía', pienso a menudo. Y es cierto. Y porque tengo algo de respeto a todo lo que hace años pude reflejar mediante versos más o menos afortunados, considero que no es necesario subyugarse a ninguna imposición creativa. Menos aún con la pornografía emocional por excusa. Esos poemas escritos con cuentagotas durante los últimos años no han sido más que algún tipo de eco, de último estertor. No me preocupa que queden ahí.

Sí que hubiese querido dedicar algo hermoso a mi abuela, algo que reflejara todo el amor que subyacía en las visitas que le dedicaba cada semana, en las horas sentados juntos, hablando de sus recuerdos, adentrándome en su memoria siendo yo. Porque era cómodo ser yo mismo a su lado.

Pero me engaño, porque lo hermoso fueron aquellos gestos. La mano elevando el féretro. Unas flores frescas eclipsando la piedra gris.  

Nos abrazaremos de nuevo, tal vez sólo estemos de paso. 

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