No sólo he dejado de escribir poesía; tampoco la leo. En la estantería aguardan una docena de poemarios que, estoy seguro, encierran versos que valen la pena. Pero no estoy para ello. Hace ya tres años que me he entregado con naturalidad a la novela, y no parece que esa tendencia que se ha instalado en mi costumbre diaria vaya a remitir. Si esto es algo achacable a mi estado de ánimo o a la decepción que me han supuesto los entresijos del mundo poético, lo desconozco.
Pero, como si de melodías viejas, perfumes o sensaciones perdidas se tratara, a menudo vienen a mi cabeza casi de forma recurrente, versos sueltos, fragmentos, musicalidades poéticas que aprendí de memoria. Es la obra de Idea la que ocupa con más frecuencia esos conatos recitativos, y no es para nada extraño; ha sido la poeta que con más frecuencia he leído, y cuya naturaleza he sentido más afín a mi circunstancia.
Todo es tuyo
por ti
va a tu mano tu oído tu mirada
iba
fue
siempre fue
te busca te buscaba
te buscó antes
siempre
desde la misma noche
en que fui concebida.
Te lloraba al nacer
te aprendía en la escuela
te amaba en los amores de entonces
y en los otros.
Después
todas las cosas
los amigos los libros los fracasos
la angustia los veranos las tareas
enfermedades ocios confidencias
todo estaba marcado
todo iba
encaminado
ciego
rendido
hacia el lugar
donde ibas a pasar
para que lo encontraras
para que lo pisaras.
He vivido tanto tiempo con algunas autoras, que ya no existe asomo de fascinación, de brecha provocada por el impacto de la primera vez. Solo una familiaridad apacible. Por raro que parezca, a menudo me resultan más ajenos mis propios poemas que éstos.
Hoy hace mucho frío en la oficina, y mi hermano vuela de nuevo a través del atlántico.

