Sara Mesa, 2015
Editorial: Anagrama
Qué maravilla, los flechazos. Así, inesperados; nunca dos iguales. Me pasó con Cicatriz, la primera obra que leí de Sara Mesa, y con la que supe que la autora sevillana me iría convirtiendo en un San Sebastián de la vida con cada nuevo libro suyo. De Cicatriz amo hasta su imperfección –el titubeante comienzo, los saltos temporales de un efectismo un tanto prosaico, el final anticlimático– porque no sirven sino para ensalzar un ejercicio de narrativa incisivo; desasosegante en la naturaleza de lo acontecido, deprimente en su descarnada (acertada) descripción de una relación tóxica cuya condición condensa toda la veleidad, indolencia, vanidad, dependencia e inseguridad que atenaza la forma en la que nos queremos. La novela transmite una profunda sensación de desamor, materializado de forma aséptica, bruta; reduciendo éste a una atmósfera análoga al edificio que Mesa describe en las primeras hojas. Tal vez esa era su intención, y esa escena su metáfora primigenia. Al pasar la última página aún no sabía que las materias primas de Mesa son precisamente las aquí presentes y que, para mi suerte, las iría esculpiendo con más perseverancia con cada nueva obra.
Apegos feroces
Vivian Gornick, 1987
Editorial: Sexto Piso
Traducción: Daniel Ramos
Vivian Gornick posee todos aquellos dones que puede desear una persona que se dedica a escribir libros. Y digo todos: Su prosa es elaboradísima; directa sin perder un ápice de elegancia, con una compostura de granito. Es, también, una narradora nata, dominadora del tempo y los espacios intersticiales que habitan entre las palabras; las reflexiones y los silencios resultantes. Y lo más importante, todo en ella emana autenticidad -piedra filosofal de la narrativa contemporánea, siempre tan afectada-. Además, su estilo intachable permite a la autora trazar una firme línea conductora del relato para apartarse de ella cuando le viene en gana con total naturalidad, sin perder coherencia. Y ahí reside el auténtico tesoro de estos Apegos Feroces, las pequeñas historias periféricas que, como fascinantes y misteriosos suburbios, la cicerone Vivian visita para dar un sentido más poderoso si cabe al eje principal.
Reducir esta novela a la relación entre una madre y su hija sería de un simplismo imperdonable. Hay más, mucho más.
Las penas del joven Werther
Johann Wolfgang Goethe, 1774
Editorial: Alba
Traducción: Isabel Hernández
Werther encarna uno de esos arquetipos literarios que han nacido para perdurar en el tiempo y mantenerse vigentes, y que no es otro que el antihéroe romántico. Goethe, a medio camino entre la ficción y la autobiografía, sumerge al desventurado protagonista en ese escenario bucólico que apenas ha sufrido el maltrato del hombre, haciéndole pasear ensimismado entre árboles, ríos y animales plenos de esa dignidad que precisamente echa en falta en las estructuras de poder para las que se supone debe trabajar. Más aún, equipara sus pulsos pasionales con la fuerza descontrolada de la naturaleza, con su libertad y caótica inprevisibilidad.
Llevado por las circunstancias y por su díscolo corazón, llega incluso a hermanarse emocionalmente con locos, vagabundos o presuntos asesinos, en una sublimación de ese espíritu malditista. Tal vez por eso no extraña que el amor imposible de Werther por Lotte, leitmotif de la novela, esa obsesión en apariencia inabarcable, sea también una pasión intransferible y reducida al paroxismo de un alma que, más que amar a otra persona (Lotte además resulta ser un personaje descrito con trazo grueso, plano y figurante), parece enamorada de su propia desgracia. Como un perro de caza que por fin alcanza su presa, no parece que Werther pueda concebir un destino mucho más allá de la improbable consumación amorosa; y así, una serie de símbolos e iconos a modo de mitología particular, (la cinta, los niños, el traje, los nogales...) que comparte con el objeto de sus obsesiones, son los que sostienen en su imaginario el cariño y el deseo, más que la existencia de una relación madura entre dos adultos. Porque sí, este también es un libro de pasión adolescente, para leer como adolescentes. Y quizás no sea mucho más. Pero, en su pretensión romántica elevada hasta el absurdo, es de lo mejor que se ha escrito.



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