10.9.24

Diario XXI



Moby Dick 
Herman Melville, 1851 
Editorial: Sexto Piso 
Traducción: Andrés Barba

Esta edición de Sexto Piso, al margen de contar con una magnífica traducción por parte de Andrés Barba, presume a su vez de una acertadísima sinopsis en su contraportada; puede ser un detalle carente de importancia, pero nunca resulta sencillo tratar de sintetizar en unas pocas líneas un clásico entre los clásicos de la literatura como es Moby Dick.

Porque sí, esta es una obra intensa, desmesurada, polifónica, fascinante... una novela que por sus pretensiones y alcance aglutina no una, sino muchas otras novelas dentro de ella. En mi primera lectura de hace años recuerdo disfrutar esa parte que evoca su calidad de ensayo marítimo, un torrente de erudición que explora con minuciosidad la cetología, la vida a bordo de un navío del siglo XIX y la intrincada naturaleza de la industria ballenera. Para aquellos lectores que, como yo, se sienten atraídos por el océano y todo lo que lo rodea, es fácil sumergirse en su léxico técnico: gavias, estachas, cangrejas, botavaras y calafateados forman parte de ese universo. Sin embargo, en esta segunda lectura he descubierto con mayor profundidad el drama humano que vertebra la historia. Porque Moby Dick es, ante todo, una novela sacrílega y, por lo tanto, profundamente humanista. Ahab y su tripulación se embarcan en una odisea de proporciones míticas, que además funciona como un reflejo del nacimiento de una identidad cultural, o incluso nacional. No cabe duda de que esta es también una de las grandes novelas estadounidenses.

No es casual que el tema central —ese gran tema sin el cual, según Melville, no puede existir una gran obra— sea la industria ballenera. Esta fue una de las primeras actividades en las que Estados Unidos no solo destacó, sino que llegó a dominar a nivel mundial. Así, Moby Dick se convierte en un testimonio de su tiempo y lugar, pero su extraordinaria calidad literaria trasciende cualquier limitación geográfica o temporal, haciéndola universal. Hay pasajes de una belleza deslumbrante, numerosos momentos donde Melville alcanza una poesía inapelable. Y, por supuesto, nos regala uno de los comienzos más icónicos de la literatura: “Llamadme Ismael”.

Se ha escrito mucho sobre la poderosa simbología de Moby Dick, y no faltan las interpretaciones que la vinculan al mito de Prometeo o la conciben como un desafío del hombre hacia Dios. Sin embargo, la Ballena Blanca, en su materialidad imponente y majestuosa, contiene por sí misma una idea magnética y un poder fascinante, que se alza por encima de cualquier simbolismo teórico. Es la pura esencia de lo sublime: inabarcable, irresistible, y al mismo tiempo, terriblemente humana.



Levantad, carpinteros, la viga sobre el tejado y Seymour: una introducción
J.D. Salinger, 1963
Editorial: Alianza 
Traducción: Carmen Criado Fernández

“Tengo heridas en las manos de tocar a ciertas personas”

Por muy trillada que pueda parecer esta observación, resulta inevitable recalcarlo: los personajes que habitan los cuentos y novelas de Salinger no dejan a nadie indiferente; o los amas, o los odias.

Si los odias, no hay problema, puedes pasar página y seguir con otra lectura. Lo verdaderamente doloroso es amarlos y comprender, con el tiempo, que se trata de un amor condenado al fracaso, un amor no correspondido, porque Franny, Seymour y compañía son personas que siempre sentirás inalcanzables. Son figuras de una luminosidad casi insoportable, personajes cuya brillantez, tanto intelectual como emocional, acaba cegando a aquellos que se atrevan a acercarse demasiado.

En esta obra, compuesta por dos relatos, encontramos al Salinger más puro. El primero, Levantad, carpinteros, la viga del tejado, es una pieza de lucidez, lirismo y humor que fluye con una soltura que solo Jerome sabe manejar. ¿Es posible no imaginar a un resucitado Billy Wilder llevando esta historia a la pantalla? Su capacidad para entrelazar lo mundano con lo trascendental es simplemente magistral. En cambio, el segundo relato, Seymour: una introducción, es otro tipo de experiencia: exasperante, hermético, casi pedante de tal exceso de perspicacia. Pero lo curioso es que sigue siendo Salinger. Quizás, en este relato, simplemente decidió serlo en su forma más pura y deliberada.

Bueno, él que podía.




El corazón es un cazador solitario
Carson McCullers 1940
Editorial: Seix Barral
Traducción: Rosa María Bassols Camarasa

En 1940, una McCullers de 23 años publicaba El corazón es un cazador solitario; y yo no recordaba asistir a tamaño despliegue de candor humano y de dignidad desde Los Miserables de Victor Hugo, cuando la leía por primera vez en el 2018. 

La voz de McCullers es nítida, elevada; un relámpago silencioso de honestidad que ilumina con precisión la oscuridad que rodea a todas esas almas heridas por la vida misma. Su prosa tiene la capacidad de arrojar luz sobre el sufrimiento humano de una manera que resulta tanto conmovedora como universal.

A lo largo de estas maravillosas páginas, Carson nos presenta un amplio abanico de personajes, arrastrados no solo por la miseria y las pasiones, sino también por la fe y la esperanza. El genio narrativo de esta escritora estadounidense nos transporta a una pequeña ciudad industrial del sur de Estados Unidos, justo antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Es aquí donde convergen temas tan diversos como el germen de la lucha por los derechos civiles, el despertar de la adolescencia, la homosexualidad y el implacable estigma de la soledad. McCullers aborda estos temas con una brillantez discreta, sin estridencias, dejando que sus personajes respiren y hablen por sí mismos.

La pluma de McCullers es una de esas raras que logran inmortalizar no solo un lugar y un tiempo, sino también el espíritu de una época. Su escritura destila una nostalgia tan poderosa que permanece en el lector mucho después de haber cerrado el libro. Un sentimiento colectivo que, imbuido en la nostalgia, anidará en el lector para no abandonarle. Sublime.




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