13.9.24

Diario XXII



El último encuentro 
Sándor Márai, 1942 
Editorial: Salamandra 
Traducción: Judit Xantus Szarvas

No es raro que me dé por asignar a cada libro que leo su propio recorrido, una suerte de relato paralelo que queda adscrito a su materialidad. A veces, esos recorridos llevan el nombre de los lugares que habito mientras los leo, pero en muchas ocasiones están protagonizados por personas, épocas, o incluso por las dolencias del cuerpo y el alma que atraviesan esos momentos.

En este caso particular, el maltrato evidente de las cubiertas y el ondulado de sus hojas recuerdan una granizada importante que cayó sobre las Montañas Rocosas, allá por Colorado en 2018. Fue un día en que aprendí que las mochilas Kanken, aunque preciosas, no son tan estancas como cabría esperar. Así que este libro, además de lo que cuenta en sus páginas, lleva consigo la memoria de ese viaje por Estados Unidos. Me recuerda también a dos personas: mi hermano, quien me acompañaba en esa aventura, y Marina, que fue quien me lo regaló. Tal es la historia que acompaña a este ejemplar; uno ya no puede separarlo de esas experiencias. El libro, el viaje, las personas, todo está enredado en la misma telaraña de recuerdos.

Y bueno, ahora sí, en cuanto al contenido... Diré que quizá, con solo un poquito más de contención, habría sido una obra maestra absoluta. Pero, ¿acaso importa? Con todas sus pequeñas imperfecciones, sigue siendo maravilloso. La prosa de Sándor Márai, tan elegante, es el vehículo perfecto para una reflexión profunda y delicada sobre la naturaleza de la amistad (o quizá el amor, si es que hay alguna diferencia sustancial entre ambos). Las pasiones que enlazan de manera irremediable a los seres humanos, para bien o para mal, encuentran en estas páginas su forma más pura, como si al leerlo uno desentrañara esos lazos invisibles que nos atan para siempre.

"Uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes."

Así es. Y ese es el tipo de verdad que te sacude sin previo aviso. Porque al final, leer no solo se trata de descifrar palabras, sino de confrontar las preguntas más grandes, esas que no te dejan intacto.

Toma ya.




Departamento de especulaciones
Jenny Offill, 2016
Editorial: Libros del Asteroide
Traducción: Eduardo Jordá

Jenny Offill tiene verdadero talento; no hay otra explicación para que esta novela tremendamente fragmentada, repleta de intertextualidad y teorías científicas, no caiga de lleno en la impostura, en el achaque de modernez. Porque resulta todo lo contrario; es una prosa llena de vigor, llena de inteligencia, en la que ni una frase es gratuita. No le sobra nada, te llega todo.

Ninguno de esos kilos y kilos de sofisticación empañan la profunda humanidad de su autora: Esos destellos de vulnerabilidad, de dudas, de las pequeñas victorias y miedos cotidianos contenidos en frases brevísimas. Offill demuestra que no se necesitan ambiciosos despliegues léxicos para llegar al corazoncito. La economía de su lenguaje es lo que hace de esta obra algo tan precioso, tan lleno de vida.

Preciosa.




Stoner
John Williams, 1965
Editorial: Baile del sol
Traducción: Antonio Díez

Stoner resulta de tal modo fascinante, que al terminar su lectura uno no puede evitar pensar que escribir bien es, y sólo es, lo que hace John Williams aquí, y que realmente no hay otra manera de hacerlo tan perfectamente. Es, evidentemente, una sensación errónea, pero representativa del profundo impacto que provoca su lectura. Esta novela es algo así como la sublimación de lo minúsculo: el relato de una vida; una más en el inmenso mapa de almas de la existencia, con su contenido de dramas, anhelos, pequeñas victorias e ilusiones de felicidad (o tal vez la felicidad misma) y todo ello contado de forma magnífica, pasando del lirismo a la sobriedad con una facilidad pasmosa.

Al lector le inunda una especie de pesadumbre al pasar la última página, y la razón es muy clara: Stoner es una novela en la que subyace una enorme amargura, y el hecho de ésta se exponga de forma tan absolutamente natural, de que no parezca ni pretendida ni impostada, es aún más desalentador.

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