Sara Mesa, 2020
Editorial: Anagrama
Que Sara Mesa tenga en la literatura de terror uno de sus principales referentes queda perfectamente claro al terminar la lectura de Un amor. Pero, a diferencia de Lovecraft, que hablaba de lo desconocido como principal semillero de horrores atávicos, Mesa sabe perfectamente que el verdadero miedo se proyecta desde los semejantes. Desde otro ser humano. Y que nada podrá existir más merecedor de nuestros recelos.
En realidad, esta novela no es muy distinta de Cicatriz o de Cara de pan. Aquí la materia prima es la misma y, como en aquéllas, hay un torrente de inquietud que recorre el subterráneo de todo su andamiaje narrativo, de todo lo contado. Hay que congratularse cada vez que nos damos de bruces con una autora que trata al lector así, que lo dignifica huyendo de cualquier recurso prosaico, cualquier palabra de más; cualquier subrayado innecesario: Sara Mesa transita la sordidez sin caer jamás en sus brazos, y esa es la razón por la que, en sus novelas, hay una asfixiante sensación continuada y malévola de que algo terrible va a ocurrir. Una tensión amenazadora capaz de saltar por los aires en cualquier párrafo. Sara te agarra, te hace sudar, y suerte tenemos de que lo haga en no demasiadas páginas, porque pasar más de estas casi doscientas en el pueblo de La Escapa se antoja demasiado. Un espacio con esa aparente apacibilidad que de forma inconsciente otorgamos al mundo rural, pero que rezuma muda hostilidad y rechazo. Puede que haya amor aquí, pero en ese reverso cuyo residuo sólo contiene incomprensión, desamparo.
Escuchando la voz de Nat, no podía parar de recordar aquel físico bajito y enemigo del conflicto que encarnaba Dustin Hoffman en Perros de paja. Como Peckinpah, Sara Mesa se revela como una absoluta conocedora del alma humana y sus rincones, acaso los más oscuros. Tal vez esa no sea la única razón que la convierte en una magnífica escritora. Pero, desde luego, es de las principales.
La conjura de los necios
John Kennedy Toole, 1980
Editorial: Anagrama
Traducción: José Manuel Álvarez, Ángela Pérez
Tengo la sensación de haber conocido a más de un Ignatius J. Reilly durante mi existencia: pedantes personajes de lengua larga y verbo ágil; auténticos cúmulos de taras afectivas, egolatría mal entendida y frustración, grandes ofendidos que proyectaban sus inseguridades a partes iguales sobre la sociedad que les rodea y sobre sí mismos. Sin duda inteligentes. Sin duda, mucho menos de lo que pensaban. Pero hay algo cierto: aunque dignos de cierta piedad, ninguno de aquellos me pareció nunca especialmente gracioso. Reilly, en su delirante verborrea de vodevil tragicómico, arrastra al lector en innumerables ocasiones hasta la carcajada. Es esta una novela descacharrante, a la par que misericorde, triste incluso. A lo largo de ella, nuestro antihéroe se verá acosado por toda una galería de singulares individuos que tienen en el orondo protagonista su vínculo común; intérpretes en una trama elaborada con precisión de relojero y que darán forma a un sorprendente fresco de la clase media norteamericana, con sus filias, fobias e incongruencias varias. Todo un réquiem a los años 70 que Toole elabora con grandes dosis de ironía.
Tras la última página, al final queda esa sensación de haberse reído mucho, aburrido sólo a ratos, y compadecido sin remedio a sus actores.
Madame Bovary
Gustave Flaubert, 1857
Editorial: Siruela
Traducción: Mauro Armiño
Hay una sensación de universalidad en el drama que protagoniza Emma Bovary de una precisión tal, como para hacer al lector hundirse en una profunda sensación de empatía, lástima y desazón.
Es este un libro sobre muchas cosas; una sátira de las pretensiones burguesas de las clases de provincias, una descripción realista de la sociedad normanda... pero, sobre todo, es un libro de amor. O más bien, sobre cómo nos enamoramos de la idea del amor. Tan cerca de Anna Karénina como de Don Quijote, el inconformismo de Emma aparece como el origen de toda fatalidad; la distancia insalvable que separa su realidad con la expectativa de una existencia más elevada, avivada por los bailes de salón, por los folletines románticos que devora. Es precisamente de esos anhelos de romanticismo de los que Flaubert se ríe cruelmente, de su decidido empeño para escapar de esa existencia que cree mediocre: atrapada en una vida que observa cómo se esculpe sobre la piedra de lo mundano, aburrida y servil. Obsesionada con el sentimiento de la sublimación, de la pasión como vehículo para evadir su tedio, Emma acaba mezclando sus deseos con el egoísmo, la fantasía y, finalmente, la profunda decepción ante el género humano. Su condición de madre le es ajena, y el sexo adúltero no resulta un fin, sino el medio para conseguir saciar su idea del amor. Pero ésta no puede materializarse. No existe salvo en su cabeza.
Y Flaubert escribe tan bien, es de una delicadeza tan milimétrica, que nos hace sentir a todos los demás un poco Emma. En algún instante, en un suspiro, veleidad o queja; llanto o risa, veremos algo de Madame Bovary en nosotros mismos, en los demás. Y aún con esa tendencia a lo minucioso, aún con esa parsimonia en la narración, nada puede evitar leer las últimas 100 páginas de una sentada.
Poco hay de moralizante aquí, sólo una perfecta descripción de la triste existencia.



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