18.9.24

Diario XXIV

 



Desayuno em Tiffany's 
Truman Capote, 1958
Editorial: Anagrama
Traducción: Enrique Murillo

Nunca he sido un entusiasta de la adaptación de Edwards, ese clásico de 1961, mitologías totalmente justificadas aparte. Sin duda es de esas películas que se ven con agrado, que resultan al final como un cómodo sillón orejero; amable y romántico. Pero tal vez eso es, precisamente, lo que tengo que reprocharle; esa amabilidad impostada que es inexistente en el cuento de Capote, y por lo que seguramente a partir de ahora me guste un poco menos —la película— Y nada que decir de Hepburn, aunque George Peppard sea un pan sin sal.

La cuestión es que en este cuentito cortísimo todo gira casi de forma exclusiva en torno a Holly Golightly. El escritor, que parecía tener un papel relevante en la película, aquí es un mero narrador que apenas pone un poco de sí mismo en esa mirada melancólica hacia la que fue su vecina del piso de arriba. Holly, personaje construido con una maestría sin igual, es de esos seres humanos cuya naturaleza magnética resulta imposible de domar. ‘Viajera’, reza como profesión en su buzón. Itinerante. Desesclavizada de todo lugar, persona, familia. Capaz de dar de sí misma grandes porciones de candor, pero autónoma a cualquier precio. Aunque el término sea insoportable, se trata de lo que se hace llamar ‘un alma libre’. Y en la película queda traicionada esa naturaleza de la forma más pueril. La coherencia interna de un personaje, esa que hace que creas en él y conocerlo, es granítica en el relato de Truman, y lo que hace de la lectura algo bastante inolvidable.

En fin. Mancini y Givenchy es maravilla, pero lean el cuento.




El fin del «Homo sovieticus»
Svetlana Aleksiévich, 2013
Editorial: Acantilado
Traducción: Jorge Ferrer

La historia del S.XX es, en cierto modo, la historia del auge y caída de la Unión Soviética. Así lo ven estudiosos de la talla de Eric Hobsbawm y otros tantos, y no me parece que anden muy equivocados. Ignoro si Svetlana es de esa opinión, pero el hecho de que la premio Nobel haya dedicado tan titánico esfuerzo a registrar y dar voz a semejante cantidad testimonios, me hace pensar que existe un sentido de reparación, de justicia poética tras su grabadora y su pluma.

El fin del «Homo sovieticus» es, por encima de todo, un fresco del dolor como condición humana. Cientos de esos humillados y ofendidos que anticipó Dostoievski hablan aquí (a veces por vez primera) del drama terrible de su existencia en la URSS: el Gulag y los campos de trabajo en Siberia, las purgas estalinistas; pero también la nostalgia por el comunismo y los logros de una nación desaparecida, el desamparo y desarraigo de una ciudadanía que es incapaz de comprender el mundo capitalista y amaba unos valores inmateriales; los conflictos armados de extraordinaria crueldad en Armenia, Chechenia o Tayikistán que destaparon unas diferencias étnico-religiosas que parecían haber desaparecido bajo el martillo y la hoz... un libro durísimo. Y sin embargo, lo mágico de Aleksiévich es que la principal sensación; la más concluyente que se encuentra tras la lectura de sus obras, es el de un profundo amor por la vida.




Los días del abandono
Elena Ferrante, 2002
Editorial: Lumen
Traducción: Nieves Burell López

A Elena Ferrante no parece costarle demasiado escribir bien. Su capacidad de alcanzar sutiles momentos de introspección o impías confesiones; de dejarse arrastrar por barrocos soliloquios y mecerse en el lenguaje, jamás le impide contar una historia. Esa historia puede ser más o menos convencional, como en estos ‘Días del abandono’ que parecen tratar, como tantas otras veces se ha tratado antes en la literatura, del duelo tras la ruptura. Ah, pero qué error fatal cometeríamos al relacionar a Elena Ferrante con nada que pueda ser convencional. Para dejarlo bien claro, en el ecuador de la novela, la autora italiana parece imbuirse del espíritu de toda una Clarice Lispector, y convertir el receptáculo donde transcurre la vida de nuestra protagonista Olga en una despiadada prisión donde cada ángulo parece firme candidato a herir carne y alma. El eco de su sufrimiento retumba en el andamiaje de la propia historia que nos es contada, construyendo verdaderos momentos de tensión marca de la casa, amenazantes como una cuerda de piano a punto de romper. Es esa especie de liturgia del dolor físico lo que la emparenta a ratos con la magnífica ‘La hija oscura’, además del uso de escalpelo para desnudar al ser humano hasta el hueso, y que en el caso de Ferrante es de un filo excelente. A esta mujer hay que leerla siempre.


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